EL TRONCO SAGRADO DE NAVIDAD: UNA TRADICIÓN PAGANA PARA EL SOLSTICIO DE INVIERNO

Durante el solsticio de invierno, en la noche previa a la Navidad, era costumbre colocar un gran tronco de madera en el hogar familiar para que ardiese durante varios días. No se dejaba que se consumiera del todo y se le cubría de cenizas hasta el día siguiente que volvía a ser encendido, llegando a estar presente hasta el Año Nuevo o Reyes.  
Con este ritual doméstico de fuego se celebraba la fiesta solsticial, que junto con la recolección de plantas mágicas como el muérdago y los festejos bulliciosos con mascaradas, rondas de mozos o aguinaldos, vienen a mostrarnos toda una serie de tradiciones comunes y diseminadas a lo largo y ancho de la vieja Europa.
Estas noches giraban en torno a este pesado tronco previamente seleccionado para la ocasión entre los ejemplares más dignos que se encontraran en el bosque, que  aparte de calentar la casa para la reunión de toda la familia en fechas tan señaladas, servía como acto litúrgico, cuyo origen se remontaría a épocas precristianas, donde la concepción mágica del mundo estaba muy presente.
Es así que el Sol sería el primer dios universal, que como tal moría y resucitaba diariamente, siendo ahora el momento en el que nuestros antepasados observaran su posición más baja, necesitando del empuje y la ayuda de ciertos rituales que le ayudaran a que remontase en su recorrido celeste para hacer llegar, meses después, una nueva y próspera primavera. 
En estos días tan entrañables seguimos sintiendo la necesidad de realizar la magia del rito, así como el guardar sus cenizas para posteriormente esparcirlas bien en los tejados de las casas, como protección de rayos o granizos, bien en los campos y establos para propiciar la fecundidad. De la misma manera el tizón medio carbonizado sobrante sería empleado como talismán y para encender al año siguiente un nuevo “Nochebueno”.

Tengan los ojos bien abiertos, pues seguro que todos conoceréis muchas más tradiciones vinculadas con el solsticio  de invierno que seguramente deban reivindicarse para su puesta en valor, a la par de iniciar su recuperación en el caso de que desgraciadamente se hayan perdido en el olvido de nuestros pueblos. 

Paralelos etnográficos
Hasta el declive definitivo del mundo rural, a mediados del siglo XX, la costumbre del tronco de navidad en sus diferentes manifestaciones estuvo muy extendida.
Así lo podemos ver por zonas de Alemania bajo la denominación de Christbrand; en las islas británicas como Yule log; en la Provenza francesa como Tréfoir, lou cahofio y Cachafuac, mientras que en otras regiones es conocido como Tronche (Alpes), Carigure y Bûche de Nöel, así como Kef de Nedelek (Bretaña) y Souche (Normandía);   el Ceppo en Italia; o el tronco de navidad que honran los búlgaros y que denominan Badnjak.
Y por supuesto en los países nórdicos, donde la Navidad fuera conocida como la fiesta del Jul, Yul o Yule, momento en el que se plantaba el árbol sagrado que era decorado con velas, recibiendo durante 12 días todo tipo de libaciones y ofrendas, para acabar finalmente siendo quemado, propiciando a través de sus cenizas la suerte y salud de la familia.  
Esta festividad, además, estuvo vinculada a la honra de los fallecidos, de ahí que se convocara a la Cacería Salvaje presidida por Wotan/Odin para luchar contra aquellos espíritus que amenazaban con destruir los bienes de la comunidad, creencias de las que quizás deriven muchas de las mascaradas de invierno europeas, las cuales, como veremos, fueron prohibidas o camufladas con el paso del tiempo por el cristianismo.  
Del mismo modo, son comunes las leyendas navideñas de origen pagano en las que se nombran a seres míticos que son usados para asustar a los niños cuyo comportamiento no es el adecuado, como los islandeses Grýla y el gato de Yule o el Jólakötturinn, el Knecht Ruprecht, la bruja Perchta, el Krampus o el Belsnickel de Centroeuropa.  
En la Península Ibérica el tronco de navidad recibe infinidad de nombres como tronca, tizón, tió, troncada, toza, tronc, choca, zoca, pullizo, rabasa, corniza, cabirón, nochebueno, etc. Veamos algunos de ellos.
Entre los mejor documentados están los del País Vasco, donde son denominados de diferentes formas, como subileo, sukilero u olentzero. Este último está asociado a un personaje mitológico, derivado posiblemente del Basajaun, que suele adoptar diversos aspectos como el de un hombre verde, un carbonero, un santo o un ser monstruoso de grandes proporciones que sale del bosque durante la Nochebuena para castigar a los niños malos y premiar a los buenos con regalos que deposita junto al fuego del hogar.
Es así que la tronca de navidad en Euskadi tiene la misma denominación que este personaje que en forma de muñeco suele pasearse y quemarse al finalizar la fiesta, como también se documenta en algunas localidades navarras (donde es común llamarlo battairrekos de Nochebuena y Pullizo).
También, en Asturias tenemos el Nataliegu, cuyo leño de roble se usaban para protegerse de la tormenta. Además, este rito doméstico solía también ir acompañado en el exterior de mascaradas de invierno o “Aguinaldos”, donde los mozos solteros vestidos con pieles y cencerros pedían comida y bebida simbolizando así a personajes oscuros de la naturaleza (El Guirria de San Juan de Beleño (Ponga) o Os Reises de Tormaleo y El Valledor en Ibias y Allande, o los aguinaldos a caballo de Amieva y Ponga).
Igualmente contamos con este tipo de mascaradas en Cantabria, destacando la Vijanera que se festejaba el primer domingo del año en los valles de Iguña, Toranzo, Trasmiera, Campoo y Poblaciones, aunque actualmente solo se ha conservado en la localidad de Silió, así como los Entroidos gallegos, en su mayoría relegados al carnaval.
Es en Galicia donde al tronco de navidad además se relaciona con las almas de los muertos de la familia. Al respecto, Manuel Murguía comentaría a finales del siglo XIX lo siguiente:

“ (…) Era costumbre general en Galicia que, con motivo de la renovación del fuego el primero de año, ardiese en el hogar el gran leño al que daban el nombre de Tizón de Navidad. [Con esta costumbre] se continuaba el culto a los antepasados y asimismo el druídico a la encina (…), al igual que en Normandía”.

Recogida de los canhotos en Ousilhao, Tras os Montes, Portugal
Del mismo modo en Los Ancares, según recogiera Jesús Rodríguez López (Supersticiones de Galicia, 1895)  “el Lume novo” era igualmente encendido la víspera de Navidad para traer la suerte para la hacienda y para sus dueños, hasta que una vez prácticamente consumido se conserva el cepo de Navidad, que volvería a ser encendido si se requiriese en alguna ocasión para ayudar a solventar alguna desgracia.
En nuestra vecina e ibérica Portugal se quema el Madeiro de Natal en los hogares al mismo tiempo que se suelen encender hogueras nocturnas en el exterior, siendo frecuente en la zona de Tras os Montes que fueran acompañadas a su vez por la celebración de mascaradas de invierno (Baçal. Ousilhao, Vilaboa, Salsas, etc.). Asimismo, a este tronco también se le suele denominar canhoto, un árbol cortado y seleccionado por los mozos de algunas aldeas trasmontanas en la misma Noche de Difuntos, como así continúa ocurriendo en Ousilhao, donde se subasta al mismo tiempo que se celebra el Magosto. Especialmente llamativa es la festividad de recogida del canhoto que se celebra la noche del 31 de octubre en la localidad de Cidoes (Festa da Cabra e do Canhoto), donde en resumidas cuentas, un viejo carro tirado por varios mozos ascienden a uno de los montes de la aldea a cortarlo, para posteriormente, mientas se celebra una gran cena comunal en la que se guisa una cabra, hacer aparición con el carro cargado del canhoto que hace las veces de trono a una figura enigmática, trascendente y profética ataviada de una máscara demoníaca con cuernos hecha de madera. Este mismo diablo irá gesticulando y agitando su tridente amenazante, incitando a sus secuaces a proseguir la marcha del carro, provocando a su hueste para que instaurasen el caos en la aldea. De tal modo, este mismo tronco sagrado es el que se reparte entre sus pobladores para ser quemado en sus hogares durante la celebración solsticial.
En la zona del Pirineo aragonés y catalán estarán también, siendo en el monasterio de Casbas (Huesca) donde encontramos su registro más antiguo, datado en el siglo XVII. Allí se le denomina “Tronca de Navidad”, “Tizón de Nadal”, “Tió” al árbol cortado expresamente para la cena de navidad, siendo usual que fuese acompañado de hogueras exteriores en algún lugar significativo del pueblo. Además, en dicha tronca se solía realizar un hueco por el que se introducían aguinaldos y dulces para los más pequeños, quienes tenían que propinarle golpes para “hacerla cagar”. Una vez obtenidos los presentes se dejaba quemar lentamente día tras día hasta Reyes, recogiendo debidamente sus cenizas y el tizón sobrante para emplearlos como talismanes mágicos (colgado de la cocina, puerta de la vivienda o establo) y para propiciar la fertilidad de la tierra y del ganado. 
Por otro lado, este tronco sagrado también está presente en Extremadura (“Leño de Navidad”), Córdoba, Sierra Mágina en Jaén, algunas localidades del litoral levantino y Baleares.
En el ámbito del antiguo Reino de León, la tradición hogareña del tronco de navidad suele ir también acompañada en el exterior de botargas o mascaradas de invierno, muy extendidas en comarcas zamoranas de Aliste, Tábara, Tierra del Pan, Sanabria, Tierra del Vino, o Sayago. Entre todas ellas, mencionar la Visparra de San Martín de Castañeda, la Obisparra de Pobladura de Aliste y Pereruela, el Zangarrón de Sanzoles del Vino y Montamarta, los Carochos de Rio Frío de Aliste, la Vaca Bayona de Almeida de Sayago, las Candelas de Samir de los Caños, Moraleja del Vino, etc.
Por último, no podemos dejar de lado a Castilla, donde contamos con referencias del Nochebueno en zonas montañosas de Segovia, en la Manchuela conquense, Montes de Toledo, Ciudad Real, Ávila, Albacete, Madrid, Huerta del Rey (Burgos), localidades de la comarca de Pinares, Tajahuerce y Barca en Soria o en Tendilla (Guadalajara). No obstante, el “Nochebueno” en Soria también aparece como una torta grande de frutos secos que los ganaderos ofrecían a sus animales de labor (Tradición recogida por la maestra María Loreto Carnicero Díez en el año 1953, Archivo Histórico Provincial de Soria).
Del mismo modo, son muchas las poblaciones castellanas que realizan hogueras o luminarias en mitad del pueblo esa misma noche, acompañadas a su vez de rondas de mozos, como los de la localidad de Barca en Soria, donde antaño se confeccionaba un muñeco o “pericopajas” con el que bailaban sinuosamente las mujeres (hoy prohibido por la Iglesia). No faltarán tampoco las cuestaciones o gallofas en las que se pasaba casa por casa para conseguir alimentos para la merienda, acompañados en algunos casos de zarragones, figuras grotescas con elementos animalescos que asustaban o ejercían de bufones de forma similar al de otras mascaradas invernales. Estas últimas, en la zona de Ávila, aparecen en fechas carnavalescas, como los Zarramaches de Casavieja, los Harramachos de Navalacruz, los Cucurrumachos de Navalosa o los Machurreros de Pedro Bernardo.
A su vez, eran habituales durante estos días de navidad los reinados de mozos, en los que las gallofas, cantar de rondallas y comidas comunales eran presididas por un alguacil, el mozo de menor edad, y un rey o alcalde, el de mayor edad, a quien correspondía mandar durante los 12 días que duraban las fiestas, multando a los desobedientes con dinero en efectivo para las meriendas o con algún que otro latigazo o azote en el culo. Incluso, en el norte de la provincia de Soria fueron habituales también los sorteos de novios donde se juntaba a los solteros para diversión de esos días (Yangüas, Santa Cruz de Yangüas, Arenillas y Matasejún).

Orígenes y significado
Como hemos visto, el solsticio de invierno es el momento en el que se produce el nacimiento del sol y el comienzo de un nuevo ciclo que nos va devolviendo paulatinamente la luz.
Por tanto, la primera connotación que tendrían este tipo de ritos es solar. Es así que en el ámbito indoeuropeo, aunque no exclusivamente, se insiste particularmente en la renovación del mundo por la reanimación del fuego, que a su vez ayudaría a la eliminación individual (“nochebueno”) o colectiva (fogatas exteriores o luminarias) de los males y pecados que quedarían purificados.
Al respecto, mencionar la tantas veces traída a cuenta divinidad irania del cielo y de la luz Mitra, quien tuviera gran devoción entre las legiones romanas que extendieron su culto. Esta deidad cobraría especial auge a partir del siglo III bajo el emperador Aureliano, acabando imponiéndose con el tiempo a las demás divinidades, para desembocar por sincretismo, en una religión monoteísta que a punto estuvo de ser la elegida por el Imperio Romano en lugar del cristianismo.
No obstante el culto al Sol puede rastrearse desde muchos siglos antes en buena parte del mundo, habiendo generando todo una suerte de magias propiciatorias que estarían encaminadas a ayudarle para que volviese a crecer de nuevo a lo más alto.
Este cambio de ciclo, implicaría a su vez, el cese de un intervalo temporal, la abolición del año pasado y del tiempo transcurrido, previo a la inauguración de una era, el Año Nuevo, lo que supone un nuevo nacimiento. Durante dicha interrupción, que vendría a abarcar los 12 días que separan Nochebuena de Epifanía, se permitiría el retorno de los muertos a la vida para visitar a las familias, y en definitiva, la vuelta al caos primordial que antecede simbólicamente a la creación que está por venir.
Vemos como durante este periodo los fuegos se apagan y vuelven a encenderse, se determinan los presagios para cada uno de los meses del año, son tolerados los excesos, se propician casamientos y la iniciación de los más jóvenes, son comunes las inmersiones sociales del orden, etc.
Estamos por tanto, ante un tiempo en el que la fuerza del símbolo y el ritual resultan estrictamente necesarios para propiciar la fertilidad y la abundancia venidera, cuyo reflejo bien pudiera haber quedado impregnado en las mascaradas, gallofas, aguinaldos, rondas, entronizaciones de reyes, etc., que se abren paso en estos momentos en los que no parece haber límites entre lo natural y lo sobrenatural.
Esta renovación equivaldría a recordar una y otra vez diferentes momentos del acto de la creación y para ello se haría necesaria la expulsión de ciertas fuerzas extrañas y difusas por medio de ruidos, gritos o golpes. Es por ello que tanto el Olentzero, como los reyes locos o el “pericopajas”, suelen morir al final de su reinado, al igual que la tronca aragonesa y catalana que como vimos, era y es golpeada por los más pequeños.
En cuanto al simbolismo de los árboles, éstos fueron concebidos desde la prehistoria como arquetipos generalizados que representaban el centro del mundo y la conexión entre la tierra y el cielo (axis mundi). Así, alcanzaron en muchas culturas un carácter sacro, como árbol de la vida y de la renovación cíclica, al que se le trasmite los deseos de prosperidad y abundancia, tal y como lo es el roble de los celtas (del que se apuntara que procediese la palabra “druida”); el tilo de los alemanes; el fresno de los escandinavos, el olivo de los árabes, el banano de los hindúes, el abedul de los siberianos, etc.
Muchos antropólogos vinculan al árbol con un antepasado mítico de la comunidad, cuyo espíritu bajaba a la tierra en momentos concretos como éste, al mismo tiempo que simboliza el crecimiento de una familia y de una comunidad. Tampoco dejamos de lado su enorme fuerza mitológica, tal y como nos lo trasmiten algunos escritos tardíos de tradición céltica, como el atribuido al bardo galés Taliesín, quien nos narra cómo Gwyddyon salvó la vida de un grupo de valientes bretones al transformarlos en árboles, sin impedirles que bajo esta forma pudieran pelear contra sus enemigos.

No obstante y siguiendo a Mircea Eliade, todo símbolo es polisémico, de ahí que nunca acabemos de abordar todos sus sentidos posibles, aunque como símbolo le basta con medios simples y primordiales, que no son otros como el imitar a la naturaleza en su forma de actuar, pues en ella se encuentra ligado el macrocosmos y el microcosmos, sin distinción posible.
Finalizando, sólo nos queda añadir que tales costumbres beben de un origen muy remoto, anterior al cristianismo, quien a través de su Iglesia lucharía incansablemente por erradicarlos o darles un matiz acorde a su sistema de creencias.
Desde el siglo IV ya encontramos múltiples declaraciones en contra de estas prácticas festivo rituales por parte de la Iglesia, desde San Juan Crisóstomo, quien denunciaba las mascaradas, comedias y coros de los primeros días del año, pasando por San Ambrosio, San Agustín, Cesáreo de Arlés, Audoeno de Rúan, San Martín de Dumio o San Máximo de Turín, que llegó a censurar que el pueblo se disfrazara de mujer, animal o seres fantásticos.
Significativos son también los acontecimientos acaecidos en el Segundo Concilio de Braga, celebrado en el año 572, donde fueron denunciados en el Sermón contra las supersticiones rurales, los “inventos del demonio” que mantenían los campesinos de Galicia.
Mascarada de invierno y reinado de mozos, Ousilhao (Foto Mario Díaz)
Del mismo modo son conocidos algunos ejemplos de cómo los obispos, en su afán de frenar los excesos de estas festividades, obligaban a sus feligreses a acudir a las iglesias durante el tiempo que transcurría entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, con el fin de evitar que se ocultasen en casas y haciendas, lugares considerados ideales para la práctica de ritos que poco tenían que ver con el dogma católico que se estaba consolidando en la Península.
Pero los intentos de acabar con estas creencias y tradiciones, o bien de asimilar algunos ritos que habían perdurado y que buena parte de la Iglesia consideraba paganos, fueron habituales en toda la Europa cristiana, como por ejemplo en el Burcado de Worms, donde su obispo en el año 960 se lamenta de estas costumbres de fin de año heredadas de los romanos, o el caso del obispo de Auxerre en 1220, quien tilda de paganas diversiones como la festa stultorum o fattuorum (fiesta de los locos). Un proceso similar viven los fili, druidas cristianizados de Irlanda y Gales, a quienes se acusaría de practicar la brujería, el exhibicionismo y toda una serie de ritos orgiásticos.

En cuanto a la tradición de la quema del tronco de Navidad, encontramos en las Constituciones Synodales del Obispo Guevara del año 1541, las siguientes palabras:


“Item nos contó que la Noche de Navidad echan un gran leño en el fuego que dura hasta el año nuevo que llaman “tizón de Navidad” y dan después para quitar las calenturas y como esto es rito diabólico y gentilicio anatemizamos y descomulgamos y maldecimos (...)”.

En definitiva, en todas estas tradiciones parecen existir elementos de comportamiento que nos remiten a un pasado muy antiguo de origen indoeuropeo que vendría a coincidir con la finalización de los trabajos del campo, tras la siembra, momento en el que la familia campesina podía descansar del esfuerzo cotidiano.

A todo esto se le sumaría el recuerdo de las celebraciones romanas del ciclo de invierno, cuyas similitudes, en muchos de los aspectos anteriormente descritos, resultan notables. Tal sería el caso del desenfreno y la inmersión social del orden que se producía en las Saturnales, justo antes del nacimiento del Sol Invictus; de los festejos de tipo burlesco protagonizados por mujeres en la fiesta de Háloa (26 de diciembre), dedicada a la diosa Ceres; o de las Dionisíacas, que servían para romper con la rigidez de los modales mantenidos durante todo el año.
Para el Año Nuevo, en las Kalendas de Ianuarius, los romanos adornaban las mesas con manjares especiales, ramos y luces, brindaban sacrificios a sus antepasados y ofrecían a Jano una torta hecha de harina de trigo amasada con sal y vino, además de intercambiar obsequios y presentes, y de disfrazarse de figuras monstruosas.
Valga recordar que el origen de que el año empezara en enero se debe a la necesidad de los romanos de llegar a tiempo a su conquista del interior de Celtiberia, cuando los habitantes de Segeda (Mara, comarca de Calatayud, Zaragoza) marcharon a pedir ayuda a los numantinos en el 153 a.C. Fue entonces cuando se adelantaría el nombramiento del cónsul que dirigiría la guerra a las Kalendas de enero, en vez del 15 de marzo (idus de marzo) como era costumbre.
Estamos, por tanto, ante todo un cúmulo de tradiciones atávicas que tienen que ver con el ritual doméstico y comunitario de renovación del mundo por la reanimación del fuego en el momento del solsticio de invierno, lo que dará lugar a un nuevo ciclo que en la actualidad coincide con nuestro Año Nuevo.

Sean felices durante estas festividades y recuerden, si ven, escuchan o tienen ocasión de presenciar alguna tradición ancestral que aún perviva en estas tierras, cada vez más homogéneas y ajenas a sus raíces, no duden en darle el valor que tienen e intenten recuperarlas, si es que ya cayeron en el olvido.
Que el calor del viejo tronco navideño nos ayude a reconciliarnos con nuestros orígenes para inspirarnos en busca de un futuro donde brille la luz de este nuestro Sol renaciente e invicto.

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TIEMPO DE PONERSE EL SAYO

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea cónica. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban antiguas historias y leyendas mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular ...

A las puertas del invierno y a medida que la noche va ganando terreno al día, el frío se manifiesta a través del soplido de los vientos del norte y de la escarcha que tiñe de canas nuestros viejos campos. Es tiempo de combatir su helada mirada y de recordar los antiguos mantos que lustrosamente vistieron nuestros antepasados.   
Durante milenios nuestras mujeres han tejido la lana que les proporcionaban los hatajos de ovejas estantes que cada familia podía atender, ofreciendo a la comunidad gran variedad de productos elaborados como pedugas (calcetines de lana fuerte y burda), colchas tradicionales que solían combinar los colores blanco y negro y que se trasmitían tradicionalmente de madres a hijas,  y sobre todo nuestra capa, que centrará la atención de esta historia.
La materia prima en su mayoría se obtenía del ganado churro, ofreciendo una tonalidad u otra en función de las razas existentes en cada momento, destacando aquellas descendientes de las antiguas ovejas celtas, de tamaño más reducido que las actuales y productoras de lanas bastas, negras y largas, lo que las hacía más resistentes al frío y a la nieve, a la escasez de pastos invernales y a los pequeños desplazamientos que algunas de ellas llevaban a cabo por los vecinos reinos de Navarra y Aragón, como era el caso de las de Ágreda y Tierra de Soria.
Actualmente, esta raza original europea se encuentra prácticamente extinguida en España, aunque son las precursoras de las modernas razas celtibéricas que surgen en el entorno montañoso del Sistema Ibérico, fruto de siglos de mezcla y selección con ejemplares de otras razas blancas que llegaron a ser predominantes en zonas más bajas. De hecho, hasta la llegada de la modernización del campo aún podían diferenciarse cuatro grandes razas celtibéricas como:

  • La raza Chamarita, localizada en la mitad meridional de la Soria tributaria del Ebro, entre La Rioja, Valle del Tera, Tierras Altas y San Pedro Manrique (Sampedrana)
  • La raza roya Bilbilitana, extendida por la zona de confluencia de las provincias de Zaragoza, Guadalajara y Soria, especialmente en el entorno del Moncayo.
  • La agrupación ovina Negra Soriana, cuyo territorio histórico iría desde las parameras de Villaciervos hasta Ágreda.
  • Por último, la raza negra Tudelana, que como su nombre indica era propia del sur de Navarra.


Por otra parte, en el entorno de Oncala, muchos de los dueños de ovino negro estante lo eran también simultáneamente de ganado merino trashumante, cuya lana en su mayoría era exportada, conviviendo durante la etapa estival en un mismo rebaño, lo que sin duda debió favorecer también la mezcla racial. Además, en territorios muy cercanos entre sí, se dieron presencia otras razas ovinas ibéricas de lanas blancas de procedencia meridional, como la Ojalada (o churra soriana), que lindaba con el área de expansión de la roya Bilbilitana, o en Pinares, tierra de predominio de la Churra Castellana, siendo más habitual la representación de las de tipo Ojinegro a medida que se descendía hacia el Valle del Jalón.
La capa soriana
Entrando de lleno en lo que fue la prenda habitual del soriano desde tiempo inmemorial, hasta no hace mucho aún podían verse en el área que abarca los pueblos de Rejas, Santa Hervás, Fuentearmegil y Fuencaliente del Burgo algunas capas que se caracterizaban por ser una prenda cerrada que llegaba hasta las rodillas de color pardo marrón, escote redondo para meter la cabeza y capucha, y mangas formadas por simples aberturas sujetas en los hombros.
También en la zona del páramo de Villaciervos, entre la Sierra de Cabrejas y de Frentes, se empleaba la capa, aunque ésta era diferente a la anterior, siendo de color blanco, con esclavina y capucha, dándose una forma que se asemejaba más a la conocida capa castellana, es decir, era más estrecha por el cuello y por debajo más larga y ancha, además de quedar abierta por delante. Para ilustrar el inicio de la pérdida del uso de este tipo de prenda tan característica, los hermanos Baroja a en su viaje por Soria en 1901 dejarían escrito lo siguiente:

"A nuestro lado se sienta un viejo con una capa parda y un ganadero de Villaciervos, que nos da la noticia desagradable de que los pastores de su tierra ya no usan capas blancas con capucha ennegrecidas en los capiteles de San Juan de Duero"


Entre estos dos tipos se ha documentado además el capote de Fuencaliente, capa de abrigo hecha con mangas y con menor vuelo que la capa común y gran sobrecuello.
No podemos dejar de mencionar también la tradicional manta rectangular de cuadros en tonos beiges y marrones con flecos en los lados estrechos, que junto a las anteriormente descritas podrían ser el recuerdo de lo que un día fueron los saga celtibéricos.
"Pastor soriano" de Rafael Peñuelas
El sagum celtibérico
De la importancia de este tipo de prendas vemos cómo la lana, desde la plenitud celtibérica, debió jugar un papel primordial, tal y como se desprende de la lectura que nos proporciona Diodoro de Sicilia (5,33,16) en relación al suministro de 9.000 saga como pago al general Pompeyo por parte de los habitantes de Numancia y Termancia en el 140 a.C.
Estos saga que vestían los celtíberos y que hasta el mismísimo Escipión portó mientras durara la campaña de Numancia, aparecen descritos por el sículo como abrigos negros muy rudos de una lana parecida al pelo de la cabra”, prendas sin duda, que parecen similares a las usadas por nuestros pastores hasta momentos relativamente recientes tal y como acabamos de ver líneas arriba.
Poco más sabemos de la vestimenta de los antiguos pobladores de la región antes de la llegada de Roma, puesto que este tipo de materiales orgánicos no dejan vestigios arqueológicos. Es así que únicamente a través de la etnografía y del estudio comparado de la iconografía representada en las cerámicas pintadas de Numancia podemos vislumbrar superficialmente el aspecto de sus ropajes.
En este sentido, junto a los saga, parece que las mujeres cubrían su cuerpo con largas túnicas de tonalidades claras, sobre el que se disponía una especie de faldellín decorado con motivos geométricos.

Museo Provincial del Traje Popular Soriano (Morón de Almazán)
Mientras, los hombres generalmente portaban cortas túnicas sin mangas de lana que se ceñían a la cintura a través de un cinturón, sobre calzón corto atado con cintas colgantes y unas polainas de piel de cordero enrolladas en las piernas. Además se han documentado distintos calzados, como abarcas de suela de esparto, botines de tacón alto y botas de cuero.
No obstante, obviamente la vestimenta dependería del estatus social de sus portadores, así como de la funcionalidad sagrada o profana que se requiriese en cada ocasión.
Por otra parte, si se conocen los adornos que vendrían a complementar sus ropajes, los cuales en su mayoría fueron documentados en las tumbas de aquellos celtiberos de estatus elevado, tales como gruesas fíbulas que servían para sujetar las pesadas capas, así como broches de cinturón, pectorales, cuentas de collar, etc.
Museo Provincial del Traje Popular Soriano (Morón de Almazán)
Del mismo modo contamos con algunas evidencias arqueológicas que nos acercan a la confección de sus prendas, como los hallazgos de fusayolas de cerámica y hueso del castro de Castilfrío de la Sierra o las depositadas en las tumbas de la necrópolis celtibérica de Carratiermes. Estas piezas se colocaban en un huso de tipo vertical para mantener la inercia del giro, como contrapeso y como tope inferior impidiendo que el hilo se bobinase más allá de éste.
Añadir las pesas de telar cerámicas documentadas en contextos domésticos de Numancia, Langa de Duero y Castilmontán, aunque tal y como nos muestra la etnografía preferentemente se emplearon instrumentos confeccionados con materiales orgánicos, ya fuesen cardos naturales o usos de madera.
Dicho esto, hagamos de nuestra capa un sayo, puesto que vayamos o no a la moda, lo cierto es que el envoltorio que nos pongamos para calentarnos siempre será efímero, al contrario de lo que subyace de todas estas viejas historias que surgen al calor de los hogares en una estación que se muestra propicia para iniciar la búsqueda de uno mismo y de sus propias raíces.

Referencias bibliográficas:
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EL TORO COMO ANIMAL SAGRADO EN LA CELTIBERIA SORIANA: A PROPÓSITO DEL TORO JUBILO DE MEDINACELI

El Toro Jubilo de Medinaceli es sin duda uno de los ritos más ancestrales que aún pueden presenciarse en nuestra Península. Tiene lugar durante una noche de otoño en el mes de noviembre, coincidiendo siempre con el día anterior a la festividad religiosa en honor de San Arcadio, Eutiquiano, Pascasio, Paulino y Probo, mártires, cuyas reliquias, tal y como cuenta la tradición, fueron llevadas desde África a la villa sobre un toro que portaba teas encendidas en sus cuernos.
La preparación del ritual requiere la elección previa de un astado que reúna las condiciones idóneas para tal fin, como sería su buena casta, tamaño y perfecta estampa, es decir no uno cualquiera, sino que se elige el mejor y más digno.
Es así que una vez preparado el ruedo en la Plaza Mayor de la villa, se procede a su atado en un poste donde se le embadurna de barro para evitar que sufra quemaduras. Allí se le coloca en sus cuernos un asta metálica (gamella), en cuyos extremos van bolas de pez y otras sustancias inflamables que serán encendidas antes de liberar al animal. Además, entre la gamella y las astas del toro se coloca una pieza de madera, la “astilla”, que sirve para impedir que el fuego le llegue a la cara.
Una vez listo, se procede a su suelta, donde es lidiado por los mozos más valientes ante las embestidas del animal cegado, enfurecido y nervioso, buscando refugio tras cada una de las cinco hogueras que se encienden en honor de los cinco Santos Mártires patronos de Medinaceli, iluminando y calentando un recinto que nos brinda una escena atávica y llena de sacralidad.
Una vez apagadas las bolas el toro vuelve al toril, siendo en la actualidad indultado, aunque antaño era sacrificado para la celebración de una caldereta una semana después, culminando así el rito pagano tras haber comulgado con la carne de la divinidad.

1. PARALELOS ETNOGRÁFICOS DE LA FIESTA
El rito del toro y el fuego aparece en innumerables poblaciones peninsulares, desde los bous embolats de Cataluña y el levante ´valenciano, pasando por Aragón y en el País Vasco y Navarra, estos últimos conocidos como zezensuzkos y zezengorris, en la actualidad relegados a un armazón con forma de toro y dotado de fuegos artificiales que porta un hombre  que arremete a todo aquel que se pone a su paso. De hecho el Zezengorri según la mitología vascona sería un animal que habita en cuevas y minas protegiéndolas de la incursión de forasteros, a quienes embiste echando fuego por la boca y fosas nasales, o bien con los cuernos y la cola ardiendo, deidad muy antigua posiblemente vinculada con la búsqueda de metales. Prueba de su expansión durante la Edad Media pudiera ser el toro embolado de Macastre (Valencia), asociado a una leyenda muy similar a las descritas que posiblemente fuera llevada por los repobladores vasco-navarros que llegaron a la zona y de los que se tiene constancia fidedigna. 
No obstante, este tipo de fiesta estuvo vinculada en los siglos XVI, XVII y XVIII a la Casa Real y a la aristocracia con motivo de visitas, nacimientos, bodas, coronaciones, etc., iría desapareciendo progresivamente en los siglos XIX y XX. En el caso de Medinaceli, sabemos a partir de la documentación conservada por escrito, que viene celebrándose  al menos desde 1490, siendo interesante el dato de que en 1599 fuesen llevados a cabo en honor del rey Felipe III y su esposa que pasaron por la villa a la vuelta de su viaje de novios, poco después de la exhumación y traída de las reliquias de los santos mártires (1581) a los que hoy se alude el motivo del evento. Es así que el rito resultaría ser mucho anterior a la instauración del culto a estos mártires en la villa, fechado un 13 de noviembre de 1610.

En cuanto a otros posibles paralelos fuera de nuestras fronteras Antonio Ruiz Vega aludiría a la antropóloga norteamericana Elizabeth Chesley Baity, quien contrastara la semejanza etnográfica existente entre el Toro Jubilo de Medinaceli y diversos rituales similares de tribus ya desaparecidas en el norte de África y los que aún se daban en Grecia y la India, concretamente entre los anasteriades de Ayia Eleni, en la Macedonia griega, y entre los soari de Chota Nagpur, cerca de Sherria.

2. EN BUSCA DE UN ORIGEN...
Para la citada antropóloga norteamericana, el ritual del Toro Jubilo de Medinaceli tiene un probable origen pre-céltico de sustrato vasco, quizás enraizado en la Edad del Bronce, ya que apenas se habían encontrado datos etnográficos de este ritual entre los pueblos célticos.
Cierto es que el culto al toro es un culto pre-indoeuropeo que aflora en una etapa netamente indoeuropea, vinculado en poblaciones ganaderas con la fecundación y prosperidad del ganado. En este sentido la muestra más representativa que tendríamos en la provincia sería el conjunto de pinturas rupestres esquemáticas del Monte Valonsadero, donde se representan en lenguaje simbólico aspectos cotidianos como el pastoreo, posibles cultos a los antepasados, así como la domesticación animal, destacando algunas de sus figuras astadas, como la de un posible toro de fuego según interpretara su descubridor Teógenes Ortego.
Es precisamente en este lugar donde se mantienen ceremonias que tienen a este animal como protagonista, como es La Saca, día grande de las fiestas de San Juan en el que se traslada a los morlacos a la capital para ser sacrificados (Viernes de Toros), repartir su tajada (Sabado Agés) y comerlo en caldereta comunal (Domingo de Calderas), rituales que regeneran al hombre y a la tierra con su carne y su sangre.  Este tipo de calderetas, por otra parte, son muy abundantes en la mayoría de las fiestas patronales de toda la provincia. 
Del mismo modo, vemos como todo el festejo medinense mantiene unas actitudes mágicas relacionadas con el poder vivificador del animal, que podría contagiarse a aquellos que entraran en contacto con él, alcanzando así la virilidad necesaria para formar parte de la comunidad como adultos, propio de cualquier rito de paso. Igualmente, el simbolismo solar que encierra este toro de fuego es innegable, y más teniendo en cuenta que su celebración tiene lugar al comienzo de la estación oscura. En efecto, el toro bien podría estar representando directamente a una divinidad astral a través del símbolo, o bien el ritual mágico-religioso de sacrificio en su honor, cuestión última que pudiera resultar más probable a tenor de su poder regenerador y de los votos que se ofrecen al correr al toro, agradando a Dios para propiciar que éste sea correspondiente y garantice el retorno de la luz y de la fertilidad al final del ciclo que acaba de dar comienzo.
Aparte de estas cuestiones que nos llevan a la más lejana noche de los tiempos, fecha indeterminada donde las haya, frecuentemente se ha hecho referencia para explicar la antigüedad de este tipo de fiesta a un curioso suceso narrado por Tito Livio. En él se cuenta cómo Orisón, caudillo de los íberos oretanos, reunió un gran ejército y acudió a Helike (quizás Elche en Alicante o Elche de la Sierra en Albacete), sitiada por los cartagineses, empleando para la refrenda una manada de toros bravos que soltaría entre las tropas africanas con teas ardiendo en las astas, aterrorizando así a los elefantes cartagineses que acabarían dispersándose e incendiando el campamento enemigo, siendo esta la primera derrota de los de Amilcar en territorio hispano.
La cita, en efecto, serviría para atestiguar la innegable antigüedad de este tipo de ritos, aunque como vemos, no puede ser tomada como referente para explicar su origen, ya el culto al toro parece haber estado presente desde mucho antes a lo largo y ancho de la cuenca mediterránea y en el mundo indoeuropeo, siendo en este último donde cobraría un papel tan relevante que pasaría a formar parte de su idiosincrasia. Así se observa a través de la India védica, en el Mitra persa que posteriormente adoptaran y difundieran las legiones romanas, en los misterios órficos de Dionisio Zagreo del panteón helénico y en mitos escandinavos cosmogónicos.
2.1.  El culto al toro en el mundo celta
Atendiendo a su posible origen céltico, cuestión que ha despertado la atención de un amplio número de investigadores, el toro como animal simbólico, además de por su virilidad y fuerza, tuvo una importante presencia en el imaginario de estos pueblos, tal y como nos lo evidencia su iconografía y algunos de sus textos mitológicos.
Es así que varios pueblos célticos tomaron su nombre del animal, como los Taurisci o los Taurini de la Galia Cisalpina, además de estar presenta en diversos topónimos como Tarva (Tarbes) o Tarvanna (Thérouanne ) en Francia y  Taruedum o Tarodunum en Inglaterra.
En la mitología irlandesa, concretamente en la epopeya del Ciclo del Ulster, contamos con el conocido relato del Robo del ganado de Cooley, recogido por escrito entre los siglos VII y VIII d.C. La leyenda narra la guerra de los ejércitos del rey del Ulster, Conchobar, contra los de Ailill, rey de Connacht y su esposa Maeve, reina de las hadas y la magia. Esta última, se sentía humillada por su esposo que había aportado al matrimonio un magnífico toro blanco (Finnbennach) que era el orgullo de su reino, Sabiendo que el rey del Ulster (Conchobar) posee un toro marrón (Donn) mucho más poderoso, la reina se lo pide, encontrándose con una rotunda negativa, por lo que enviaría a sus guerreros a robarlo, lo que provocaría un enfrentamiento armado. Finalmente la guerra se decantaría del lado de los soldados del Ulster capitaneados por Cúchulainn, héroe divino relacionado con el dios Lug, aunque finalmente Donn mataría a Finnbennach y volvería al Ulster donde también encontraría su final.
Añadir que en la batalla de Cooley, el héroe Cuchulainn se enfrenta a Ferdia, su hermano de leche, héroe de igual fama que había sido engañado y convencido por la reina Maeve para que olvidara su antigua amistad con el del Ulster y se enfrentara en un combate a muerte. La lucha titánica entre los dos, recogida en el emotivo poema gaélico, recoge los lamentos de Cuchulainn al dar muerte a su amigo, destacando el siguiente párrafo:
(…) “Todo fue deporte, todo diversión.
¡Hasta que Ferdia al vado llegó!
Querida la flecha de oro
Que le he lanzado en el vado.
¡Jefe-toro de las tribus,
De todos el más bravo!” (…)
Del mismo modo, el carácter sagrado del toro en la Irlanda pagana también aparecería en la ceremonia de elección de los nuevos reyes (Tarbhfhess, fiesta del toro o sueño del toro), que consistía en el sacrificio del animal, cuya carne era comida y sus jugos bebidos por un individuo sobre el que cuatro druidas recitarían un conjuro para que éste, en sueños, tuviera la visión del candidato destinado a la realeza.
También en Irlanda contamos con una leyenda donde un joven príncipe fue convertido en toro gracias a las malas artes de su madastra.  Fue así que el animal se hizo invencible, hasta que un día, gracias al amor de una princesa se pudo romper el encantamiento y dar justo castigo a la culpable.
Por otra parte contamos con múltiples evidencias de representaciones de toros a lo largo y ancho de la Europa céltica, como los más de cuarenta ejemplares de tres cuernos procedentes de la Galia, valor simbólico que incide en su sacralidad y en el triplismo propio del mundo celta. También contamos con su asociación a deidades guerreras celtas asimiladas a Marte, cascos de guerrero provistos de cuernos de toro hallados en Centroeuropa y las Islas Británicas, altares votivos en los que figuran toros en relieve, o incluso en el famoso Caldero de Gundestrup (Dinamarca), donde se representa iconográficamente un complejo conjunto de mitos, en la que los toros, como símbolos de la divinidad y como animales de sacrificio, ocupan un lugar fundamental.

2.2. El toro en la Céltica Hispana
A partir de diversos análisis paleontológicos llevados a cabo en yacimientos de Celtiberia, se ha podido atestiguar la existencia de bóvidos, seguramente utilizados como animal de tiro, estando por debajo en representatividad del ganado ovicaprino. Esta tónica general podría trasladarse al vecino Alto Duero (sin sobrepasar el 20% del número de restos), en consonancia con los datos aportados en otros yacimientos de Guadalajara, León, Segovia, valle del Ebro y sobretodo del Duero Medio tanto para momentos tempranos como para la etapa vaccea, donde incluso llegaron a alcanzar en algunos asentamientos el primer puesto en representatividad.
Igualmente, a partir del registro arqueológico de la Manzana XXIII de la Numancia del siglo III a.C., contamos con cifras para el vacuno del 12%. para un contingente poblacional que alcanzaría aproximadamente las 1.500 almas.
Por otro lado, es muy probable que el ganado bovino y sus pieles pudieran haber actuado como don intercambiable para sellar acuerdos, captar alianzas, asegurar fidelidades y regularizar lazos clientelares, o bien como botín, tributo o dinero en momentos más tardíos. En este sentido resulta reveladora la cita de Diodoro de Sicilia (5,33,16), quien nos narra como en el 140 a.C., los habitantes de Numancia y Termancia pagan al general Pompeyo trescientos rehenes, nueve mil saga, tres mil pieles de buey, todas sus armas y ochocientos caballos de combate.
Además, contamos con esculturas de toros en piedra, entre las que cabe incluir a los conocidos verracos del ámbito vetón, así como con representaciones de toros en estelas funerarias. Destacamos por su mayor cercanía, una serie de estelas con imágenes de bóvidos procedentes del área de Lara de los Infantes, así como las dos piezas discoidales procedentes de Clunia, las sorianas (Tierras Altas) de Vellosillo, Yangüas, El Collado, Valloria y Vizmanos, así como las documentadas en  el área riojana, navarra y alavesa en cuanto al ámbito celtibérico se refiere, completándose la nómina de este tipo de representaciones con las del entorno de Miranda do Douro y Bragança (Portugal).
Estela triple altoimperial de Vizmanos, Soria (Foto: http://idoubeda.wordpress.com)
Las representaciones de toros en aras votivas dedicadas a deidades indígenas en Hispania no son muy numerosas, como tampoco lo son en el resto del occidente europeo. Entre los pocos ejemplos con los que contamos, destacan las del castro de Monte Mozinho (Penafiel, Oporto), la ermita de Nuestra Señora de Tebas en Casas de Millán (Cáceres), castro de El Cocotín (S. Esteban del Toral, León),  Ujué (Navarra), aunque las más numerosas son las taurobólicas anepígrafas halladas en Navarra y el norte de Zaragoza, en las localidades de Artajona, Eslava, Sádaba, Sos del Rey Católico y Farasdués.
Resultaría muy probable que la mayor parte de este tipo de testimonios hiciera referencia al animal ofrecido en sacrificio más que a un símbolo de la propia deidad o relacionado con ella. No obstante, también conocemos imágenes de animales en aras que funcionarían como icono o atributo de la divinidad. En este último sentido resulta interesante la divinidad cornuda representada en el relieve de Lourizán (Pontevedra), donde además presenta los brazos en cruz rematados en amplias manos abiertas, siendo más probable su relación taúrica que una posible vinculación con el Cernnunos galo, dios solar con cornamenta de ciervo.
Relieve de Lourizán, Pontevedra
En conexión con otras áreas célticas, en territorio peninsular también aparece alguna estatuilla relacionada con deidades celtas asimiladas a Marte, como la conservada en el MAN y de probable procedencia pirenaica, provista de un casco corintio tricorne y coraza con figura de toro, elementos muy integrados en la "cosmovisión céltica”, como veremos más en profundidad al analizar el Vaso de los Toros de Numancia.
Marte tricorne (M.A.N.)
En metal, tenemos representaciones de toros en fíbulas zoomorfas de la Meseta Nororiental y el Alto Ebro, con hallazgos en las provincias de Palencia, Burgos, Soria y Navarra fechados en torno al último cuarto del siglo III y el primer cuarto del I a.C. Simpula, o recipientes rituales de libación con protomos de toro realizados en plata, bronce o cerámica, bastante habituales en todo el territorio peninsular, incluida Numancia. Téseras de hospitalidad celtibéricas, como las de Contrebia Carbica (Cuenca), Monreal de Ariza (Zaragoza), La Custodia de Viana (Navarra) y Ubiema (Burgos), quizás relacionadas con el sacrificio realizado para realizar el pacto.
Finalmente, aparecen también representaciones de toros sobre soportes cerámicos, desde figurillas de barro y algunos vasos zoomorfos procedentes de Numancia, hasta sus características cerámicas pintadas. Respecto a estas últimas, entre los ejemplares más conocidos destacan el vaso de asa diametral decorado con un doble pez y con caballo con una larga cola, rematada en lo que parece ser la cabeza de un bóvido, una jarra que reproduce una cabeza de toro de frente, de cuyos cuernos penden unas cintas que pudieran representar un ritual de sacrificio de consagración, muy parecido al que se celebra hasta la actualidad en la festividad de La Barrosa (Abejar), así como lo que parece ser una danza ritual del culto al toro donde pueden apreciarse dos individuos masculinos (quizás alguno más) con sus brazos enfundados en lo que viene interpretándose como astas de toro.
Pero por encima de todos, sin duda llama nuestra atención el espectacular “Vaso de los Toros” de aproximadamente la mitad del siglo I a.C., que merecerá la pena ser visto con mayor detalle, pues parece recoger algunos de los mitos cosmogónicos de los celtíberos expresados en lenguaje simbólico.
  • Iconografía del Vaso de los Toros (Numancia)
Estamos ante una gran crátera u olla que adquiere una función sagrada y ritual que sólo conocería la casta sacerdotal de una Numancia colonizada por Roma, conscientes de su final y reacios a revelar por escrito sus tradiciones. De ahí que fuera destruida intencionadamente posiblemente el mismo día en que se celebraron los ritos, posiblemente asociados a la ingesta de alguna bebida alcohólica (¿cerveza o caelia y algo más?).
En cuanto a su decoración pintada, se observa la representación de dos toros en negro, uno con la cabeza de frente (¿vaca?) y otro de perfil, en cuyos flancos aparecen ajedrezados y ruedas inscritas en círculos, rellenándose sus cuerpos de otras ruedas, cruces, líneas en S, quedando rematadas sus colas con adornos (una cabeza de caballo y una cartela).
A la hora de desentrañar posibles significados, el propio Blas Taracena se referiría a él como una posible representación de un mito de fecundación de a tierra, que aunque estuviera presente desde mucho antes de la Edad del Hierro, sería potenciado y ampliamente utilizado por el universo celta. Sin embargo no han sido muchos los investigadores que se hayan atrevido en profundizar en sus raíces recurriendo al estudio comparado de religiones y sus simbolismos. En esta línea destacamos el camino abierto por Ángel Almazán, quien ha encontrado paralelismos muy interesantes con los escritos védicos de la India.
Así, en una de las partes de la composición pudiera plasmarse el arquetipo que plasman los pueblos indoeuropeos en las luchas de Dioses-Héroes Solares contra Dragones-Demonios, existiendo cierto parecido entre el rey de los dioses de la India védica, Indra, a quien se le denomina en numerosos himnos como “Toro”. Esta sección iconográfica podría estar representando al dios tutelar de la casta guerrera, como igualmente lo era la divinidad a la que hemos aludido, quien vencería a Vritra, dragón cósmico que retenía las aguas en las montañas haciendo desecarse a la tierra. Indra, tras beber el soma, licor que otorga la inmortalidad a los dioses, extraído del jugo de una planta que crecía en las montañas y que a veces se mezclaba con leche o cebada, fulminaría a Vritra con su rayo. De esta manera se trajo la lluvia, para después colocar el sol en el firmamento ahuyentando las tinieblas.  
Yéndonos al vaso celtibérico resultaría factible que el mito que en él se representa sirviese para dar esperanzas a un pueblo numantino en horas bajas, conscientes de su tránsito por la última parte del cuarto ciclo temporal o yuga (la Edad de Hierro de Hesíodo o Kali-Yuga hindú), anhelando el retorno de una nueva Edad de Oro o Satya-Yuga.

Además, no parece casual, por un lado, la relación entre dicha bebida ritual del mito indio (soma) con la función contenedora de la crátera, al igual que si nos fijamos, tal y como sugiere el autor de su estudio, en los motivos simbólicos que en este panel se representan. Al respecto, aparecen tres círculos cruciformes que podrían ser los tres vasos del soma, la simbología solar de las cruces (¿sol naciente y poniente?), el morro bostezante del toro (¿rayo?), el pez (¿agua agrediendo su liberación?), las franjas inferiores intermitentes (¿ríos, lagos?), la continúa (¿tierra?) o la alargada línea ondulada (¿aguas subterráneas que sustentan el mundo?).
Las semejanzas son razonables, resultando probable que estuviésemos ante la representación de un mito de creación, que en la segunda sección vería su continuidad (los bóvidos aparecen entrelazados a través de líneas onduladas) con el mito de la reordenación de los Tres Mundos y el inicio de un nuevo ciclo cosmogónico y temporal. Es así que en esta otra parte, según Ángel Almazán, pudiera haber una correlación arquetípica con el relato hindú sobre la creación que parte del Huevo Primigenio (Rig Veda X. 82 5-6; Código de Manú y Chandogya Upanishad). De tal manera pudiera estar representada una vaca como arquetipo de diosa madre fértil, vinculada tanto a la tierra como a la luna, similar a Varuna, rey universal hindú que permitió al sol surcar las alturas, regulando la noche y el día. Varuna ejemplificaría lo que es la Unión de los Opuestos, la dualidad que continuamente aparece en el vaso numantino, pues son dos las ruedas-swástica (¿cielo-tierra?), los protomos de vaca y caballo, las dos espirales que salen de la boca y la doble configuración del cuerpo. Al mismo tiempo pudiera simbolizar la ligazón de todo el universo y  el Orden que hace girar las ruedas en el centro de las cosas.
Si bien, como hemos visto, estas dos secciones parecen complementarias, siendo la primera más propia de la casta guerrera y la segunda de la sacerdotal, resultando, en definitiva, ampliamente sugerente la conexión indoeuropea de estos mitos antiquísimos, vía que para nada debemos despreciar para desentrañar todo lo que subyace de la iconografía de la cerámica celtibérica, al fin y al cabo lo único que nos queda de forma directa del sistema de creencias y pensamiento de unas sociedades ágrafas.
  • Ritos de sacrificio del toro
Como hemos visto, el toro jugó un papel muy destacado en el territorio del centro y el occidente peninsular, tanto a nivel puramente económico, como ritual y simbólico.
Así, hemos apuntado como aparece vinculado a divinidades indígenas hispanas, asociado en ocasiones con el Marte romano, aunque podría tener relación con alguna deidad anterior céltica relacionada con la guerra. No obstante, su poder vivificador podría ser utilizado también a la hora de acompañar a otras divinidades, simbolizando así una intensificación de su poder.
Al mismo tiempo, dicha simbología de fuerza se vería acompañada también de fecundidad, abundancia y prosperidad, de ahí que su presencia en la mitología y en la religión céltica esté muy en consonancia con su importancia como animal de sacrificio.

No obstante, volviendo a la mitología indoeuropea, en India el mito de creación del cosmos (Purusasukta, Rig Veda X, 90) se produce a partir del sacrificio de un dios (Prajapati), o de un animal primordial que es desmembrado, seguramente un toro  (como el toro Evakatây entre los iranios). Es así que el tiempo se construye a partir de la repetición eterna del acto de la creación mediante el simbolismo del sacrificio de este animal, que señalaría el Año Nuevo. Además, en el mito de Prajapati, éste cae en cinco pedazos, los de su cuerpo, de tal manera que los vedas reconstruirían para el sacrificio un altar de fuego, que simboliza el tiempo cósmico y que constaría de cinco capas. Asimismo, bien pudieran estar representando las cinco hogueras que se disponen en el coso medinense, repitiéndose una cosmogonía que reanima a una divinidad que regeneraría el tiempo creándolo de nuevo (Mircea Eliade, 1972).
Este tipo de rituales parecen estar presentes en diversos yacimientos del área céltica peninsular, como posiblemente en  el Cerro de Santa Ana (La Rioja) o en los niveles celtibéricos del Soto de Medinilla (Valladolid), con un conjunto-ofrenda que incluía cuatro cráneos y huesos largos de bóvido, además de restos de otras especies. También en el Castrejón de Capote (Badajoz) de la Beturia Céltica, aparecieron sobre un altar y en sus inmediaciones los restos de unas dos docenas de animales, entre los que figuraban seis bóvidos, así como en algunas necrópolis celtibéricas en las que la presencia de restos de fauna han sido interpretadas como ofrendas, quizás relacionadas con un banquete funerario, destacando el caso de los cementerios de Molina de Aragón, Sigüenza y Padilla de Duero o en las inmediaciones de Numancia.
Posibles escenas de sacrificio del toro en el Caldero de Gundstrup (Dinamarca)
Asimismo, el sacrificio de toros figura en algunas escenas talladas en piedra, como la de la placa de granito procedente de Prende, en el concelho de Baiao, en la que se representa un relieve de toro caminando hacia la derecha conducido por un individuo que lo sujeta por el cuello mientras un segundo personaje lo sujeta por la cola. También existen algunas referencias epigráficas de animales sacrificados a divinidades, como las de la capilla de Nossa Senhora do Desterro de Marecos (Peñafiel, Oporto) con ofrendas de una vaca y un buey, y la de Cabeço das Fráguas (Sabugal, Guarda), donde se escribe sobre la roca de la montaña una dedicación de ovejas, un cerdo y un toro a las deidades lusitanas de Trebaruna y Reue.
Del mismo modo, contamos con un conjunto de piezas de bronce procedentes del cuadrante noroccidental de la Península Ibérica, caracterizadas por incorporar figuras y prótomos zoomorfos, figuras humanas, calderos, torques o hachas, formando a menudo composiciones que cabe relacionar con prácticas de sacrificio, donde el toro ocupa un papel destacado.
Por último, no podemos obviar algunas fuentes escritas altamente descriptivas, como la de Plinio el Viejo, quien nos narrara a propósito de la ceremonia de la recolección del muérdago del roble realizada por los druidas, que preparaban al pie del árbol:

una ceremonia religiosa según la cual traen dos toros blancos cuyos cuernos son atados. Un sacerdote, vestido de blanco, sube al árbol y corta el muérdago con una hoz de oro y lo deposita sobre un sayo blanco. Entonces inmolan las víctimas” 
(Plin., nat., XVI, 95, 250-251).
 3. CONCLUSIONES

El culto al toro y la práctica de su sacrificio ritual fue habitual entre los pueblos prerromanos de la Península Ibérica, pudiéndose haber mantenido este tipo de actos litúrgicos hasta nuestros días, potenciados, eso sí, por los diversos pueblos mediterráneos que hicieron acto de presencia en el territorio, para quienes no sería ajeno a su universo de creencias.
Como hemos visto, apenas contamos con paralelos etnográficos que nos ayuden a acercarnos a su origen, aunque es muy posible que tanto el toro medinense, como los vascos tengas raíces muy anteriores a las de la Europa céltica, la que sin duda debió potenciar su culto como animal asociado a la fuerza guerrera y a su poder regenerador en los cambios de ciclo temporales.
Así, la celebración del Toro Jubilo de Medinacelli pudiera haber tenido una significación originaria vinculada con la propiciación del retorno a un estado primordial, para las que el toro fuese su símbolo por excelencia, y más si tenemos en cuenta que su celebración coincide con el inicio del año nuevo celta, mes dedicado a la divinidad céltica Taranis. Dicha deidad superior guerrera, portadora a su vez de la rueda del tiempo, sería la que garantizaría las lluvias y la supervivencia de la comunidad, así como el que controla tempestades y tormentas, para el que los galos hacían todo tipo de sacrificos.
No obstante la relación entre el "Marte indígena" y el toro, unido a que éste solía ser venerado en lugares elevados, junto al simbolismo de la noche y la fecha elegida, podía ponernos en consonancia con el culto a algún tipo de dios del cielo en decadencia, en su faceta oscura, invernal y lunar, cuya cosmogonía se hacía necesaria repetir y recrear anualmente para garantizar la trasformación del Año Nuevo en la inauguración de una era.
Del mismo modo, esta misma idea pudiera haber quedado impregnada en la festividad carnavalesca de La Barrosa (Abejar) y en las propias fiestas de San Juan en Soria durante el solsticio de verano, donde los bóvidos vuelven a ser los protagonistas de unos ritos que hunden sus raíces in illo tempore.

Llegados a este punto, solamente añadir que es nuestro deber salvaguardar uno de los pocos ejemplos conservados de forma más pura de nuestra tradición milenaria, a pesar de los envites que de nuevo se ciernen sobre esta fiesta que reúne al menos una vez al año a todos sus hijos emigrados. Ya Manuel Fraga como ministro de propaganda franquista la prohibiría para edulcorar la imagen de España ante las críticas recibidas por unas inglesas que perdidas en el corazón de Castilla tuvieron oportunidad de contemplarlas. Quizás hoy, con el estómago lleno y sin la necesidad de encomendarnos a nadie para que se cumplan correctamente los ritos del paso de los ciclos y pedir que vuelva la fertilidad a nuestros campos y ganados, resulte más fácil sacar tiempo para volver a pedir su prohibición a favor de que el animal no sufra (hoy, insistimos, el toro es indultado, además de quedar protegido de las quemaduras con barro fresco). De perder el norte, del mismo modo se debería acudir a todos los mataderos del país, lo que sería contraproducente en relación a nuestra naturaleza biológica, diseñada para asimilar proteínas animales, necesarias para el desarrollo de nuestro cerebro, pues es así como hemos llegado hasta aquí, a menos que queramos involucionar y ser meros arborícolas.
¡Que el avance de la globalización con su homogeneización de todo lo que pilla a su paso nos ampare!, amén de la estupidez humana…mejor será fortalecer nuestras raíces y dejarnos inspirar por ellas para salir de tanta ofuscación moderna,
¡Feliz Toro Jubilo!

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