LAMIAS Y BRUJAS SORIANAS

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...

Las leyendas referidas a lamias o lumias, otro tipo de hada que se da más en la región vasco-navarra, también afloran en nuestro ámbito de estudio. Aparecen descritas como seres sobrenaturales de una hermosura desmesurada que sin embargo no pueden mostrar por completo ya que presentan alguna característica animal, ya sean patas de oca, gallina o cabra. 
En la localidad de Lumias (Soria), su topónimo nos remite a estos seres mágicos del que hablan los ancianos del lugar en torno a la Hoz del río Talegones. Allí, cuentan que un pastor se enamora de una hermosa dama que peinaba sus cabellos con un peine de oro junto a una fuente en la entrada de su cueva. Tras proponerla en matrimonio de forma reiterada cada vez que pasaba por el lugar, ésta, ya cansada de su insistencia acepta con la condición de que averiguara su edad. El acertijo será resuelto gracias a la ayuda de una bruja de la cercana localidad de Barahona y a la lamia no le queda más remedio que aceptar a cambio, nuevamente, de otra condición: que nunca le mirara los pies. La promesa no se cumple (eran patas de oca) y la mujer se esfuma fulminantemente, quedando el pastor abatido hasta morir de melancolía poco después junto a aquella fuente (Alkaest; 2008).
Lo descrito en esta leyenda no es nuevo dentro del folclore popular europeo, aunque en este caso no se la presenta como un ser maléfico de extremada crueldad, si bien, indirectamente, se la relaciona con la bruja que aparece en el relato.
Sobre la existencia de brujas en la localidad soriana de Barahona, Gumersindo García Berlanga (2006) nos sumerge en su estudio, donde la Historia y lo legendario se funden. Quedan documentados los procesos inquisitoriales acaecidos durante la primera mitad del siglo XVI en el tribunal de Cuenca, al que pertenecía la localidad por ser parroquia de esta diócesis. En ellos son juzgadas por brujería varias mujeres procedentes de pueblos de la provincia de Guadalajara y aledaños, acusadas de celebrar fiestas diabólicas, juntas y aquelarres en esta pequeña localidad soriana donde existe el llamado campo de brujas, un confesionario de piedra con un agujero en medio y una cruz grabada, así como un pozo airón*.
(En el artículo sobre La Fuentona, ya mencionamos la posible relación de este topónimo con el del dios céltico del inframundo y las aguas Aironis, quizás como perduración del teónimo que se constata en el pozo del castillo de San Esteban de Gormaz (Airo), en las cercanías de Aldea del Pinar (Burgos) o en la lápida de Uclés (Cuenca) por citar algunos ejemplos.)
Supuesto altar en el "campo de las brujas" de Barahona
Llegados aquí hay que distinguir lo que era la hechicería que se practicaba desde tiempo inmemorial, personas sabias que utilizaban sus conocimientos de botánica para realizar magia encomendándose a ciertos númenes, y el significado que adquirieron las brujas desde la Edad Media y sobre todo a partir de los siglos XVI y XVII, cuando su persecución fue mayor en relación al rechazo del cristianismo hacía todo tipo de actos de adivinación, adoración del fuego, piedras y fuentes. 
Son conocidas las referencias de autores clásicos respecto a ritos de adivinación entre los galaicos (Silio Itálico; III, 344) o entre las tropas de Escipión en el asedio de Numancia. Además, su relación con el mundo celtibérico puede rastrearse en el entorno cercano, concretamente en el Barranco del Rus, donde apareció un grabado rupestre celtibérico en un abrigo donde se representa un combate singular conocido únicamente por un calco de Juan Cabré (Alfayé; 2007). 

Grabado rupestre del "Barranco del Rus" entre Torrevicente y Lumias
Muchos de los aquelarres que se describen, posiblemente no serían más que reuniones de curanderos o saludadores para compartir sus conocimientos (tal y como hacían los druidas de la Europa céltica), donde charlaban alrededor de una comida, el caldero gastronómico, que en ningún caso incluiría niños, otra cosa es que la alta tasa de mortalidad de entonces les llevara a buscar culpables. 
En cuanto a sus calderos mágicos, a partir del conocimiento de las propiedades curativas de la naturaleza podemos distinguir varias finalidades, que van desde los destinados a hechizar (para bien o para mal), incluyendo los filtros amorosos, los meramente curativos y los ungüentos que provocan la sensación de volar al aquelarre o transformarse en animal.
Así, contamos con algunas leyendas cercanas como la de "El Puchero de la Verdad" (Zamora Lucas, F.), donde se narra que el alcalde de Almazán ofreció un puchero con miel a los habitantes de Maján, a quienes les consideraba certeros en su interpretación de un real privilegio de pastos, poniendo fin de esta manera a un pleito entre éstos y un pueblo vecino.
Por otro lado, en relación a algunos ejemplos de las plantas que utilizaban las mujeres sabias del mundo de la tradición serían la hierba de San Juan (antidepresivo), panaceas como el romero, la salvia y la valeriana y otras muchas como la acederilla, ajenjo mayor, brezo rojo, cambronera, cardo corredor, cola de caballo, diente de león, endrino, espliego, gayuba, hierba luisa, hinojo, malva, manzanilla, menta, ortiga, poleo, tomillo, etc., todas ellas muy conocidas en la tierra de Soria, que por otra parte ha sido puntera en el desarrollo de productos de herbolario. Entre las que ofrecen estados alterados de conciencia, contarían con plantas solanáceas que contienen alcaloides muy potentes, como la belladona y el estramonio (atropina), la datura o hierba del diablo, la mandrágora (usada para el amor), el acónito o el beleño negro. Este último fue llamado beluntia entre los pueblos celtas, derivado del dios Belenos, dios de la luz, el sol y el fuego. No olvidemos tampoco las diferentes especies de amanita muscaria, así como otras sustancias alucinógenas de origen animal como las extraídas de los sapos (bufotenina), descrito en el Auto de Logroño de 1610 donde fueron juzgadas las brujas de Zugarramurdi, quienes confiesan golpear sapos para extraerla.
Concluyendo, el tema de la brujería, entendido en su sentido primigenio, es abundante en toda la provincia apareciendo referencias también en la Sierra del Madero, así como en su toponimia: El Burgo de Osma (“Conjuros”), Recuerda (“Valdelabruja”), San Esteban de Gormaz (“cami­no del Carril de las Brujas”), Valdenebro (“Purgatorio”), Alcubilla de Avellaneda (“la Cruz del Diablo”), Agreda (“peña del Diablo”) y Blacos (“piedra del Diablo), (Sanz Elorza; 2015).

Que su magia nos acompañe y nos inspire...

Fuentes:
ALFAYÉ VILLA, S.: (2007): “Santuarios y rituales de la Hispania céltica”. Revista de Soria nº 58. Diputación Provincial de Soria.
ALKAEST (2008): “Lumias románicas, con patas de oca…”; en http://laberintoromanico.blogspot.com.
CALLEJO CABO, J; (1995): Hadas. Guía de los seres mágicos de España. Editorial Edaf. Madrid.

GARCÍA BERLANGA, G. (2006): De Barahona y sus brujas. Gráficas Ochoa. Soria.
SANZ ELORZA (2015): “Hagiotoponimia soriana. La impronta de lo sagrado en el paisaje. Revista de folclore nº 399. Fundación Joaquín Díaz.
ZAMORA LUCAS, F. (1998): Leyendas de Soria. (reedición) Ed. Patronato José María Cuadrado del C.S.I.C. Centro de Estudios sorianos. Soria.

RITUAL DE MAGIA Y FUEGO (SAN PEDRO MANRIQUE)

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
En la noche de San Juan tiene lugar en San Pedro Manrique una de las celebraciones más conocidas y mágicas de toda Europa, como es el paso del fuego. La festividad, ampliamente tratada por diversos etnólogos, engloba a su vez diversas celebraciones y elementos a tener en cuenta, que van desde la elección (en mayo) de las tres mozas casaderas o móndidas que presidirán la ceremonia tras el traslado de la imagen de la virgen, hasta el propio rito del fuego (noche del 23 de junio). Ya en el día de San Juan desde bien temprano se da lugar a la “descubierta” o circunvalación de la ciudad por parte de las autoridades a caballo, el encuentro con las móndidas a su regreso y la vuelta por las cuatro parroquias, “la caballada”, la revisión simbólica de las murallas y una misa en la que las tres muchachas ofrecen los cesteños (concretamente sus arbujuelos) con los que han cargado en sus cabezas durante toda la mañana a las autoridades municipales. Finalmente y tras pingar “el mayo”, con un posible origen más reciente cada una de las tres mozas recitan unas cuartetas y a su término tiene lugar un baile en el que de nuevo autoridades y móndidas tienen el protagonismo. 
Todo este cúmulo de ritos, descritos escuetamente por nuestra parte ya que existe una copiosa literatura al respecto, nos muestran la concepción mágica de una localidad serrana que realiza actos propiciatorios de fertilidad, los cuales vemos en el hecho de pingar un “mayo” en la plaza del Ayuntamiento, además de la colocación de tres chopos bien engalanados en la puerta de las casas de las móndidas que serán recogidas por una comitiva para acompañarlas durante toda la jornada, así como en los cesteños que portan, los cuales llegan a pesar unos 15 kilos. Éstos están llenos de tierra y de piedras y lucen tres barras, un rosco, y los arbujuelos o arguijuelos, que son ramitas trifurcadas, excepto una que es cuadrifurcada, en las que insertan unas rosquillas de maseta teñidas de amarillo con azafrán que se reparten entre la población, además de toda una rica decoración formada por paños blancos, rosas y claveles.
Las tres muchachas vírgenes, vestidas de blanco, y llamadas "móndidas", como oficiantas de la fiesta se han puesto en relación con el mundum cereris o “canastillo de Ceres” (Caro Baroja), con paralelos en la celebración de las mondas de Talavera de la Reina donde no hay rito de fuego, así como con el culto a Demeter y con otras solemnidades extendidas por el Mediterráneo, véase el de la Palilia o Parilia, donde aparte del ritual del fuego existía también una ofrenda con canastillos llenos de dulces. Además, las móndidas, según el relato medieval, representarían a las vírgenes que fueron a dar gracias al rey Ramiro I por haberles librado tras la batalla de Clavijo del “tributo de las cien doncellas” impuesto por el emir de Córdoba. Por nuestra parte, tanto las móndidas sampedranas como las que también se celebran en Sarnago (trasladadas al día de San Bartolomé el 24 de agosto) y las ya desaparecidas de Taniñe y Valdemoro en lo que a Soria se refiere, puede que formasen parte efectivamente del recuerdo de diferentes rituales de origen prerromano, eso sí, reinterpretados y adaptados una y otra vez por los diferentes culturas que han poblado este entorno, desde el mundo clásico, sin un gran arraigo en este entorno serrano ganadero, hasta el medieval cristiano. Al respecto, basta recordar la existencia en el folclore del norte peninsular de algunas leyendas asociadas a un Culebre al que hay que vencer o realizar un ritual de desencantamiento y en muchos casos ofrecerle el tributo de una doncella, así como el parecido del tocado de las móndidas con el de algunas cerámicas numantinas.
Por otra parte, el paso del fuego, que junto a la Anastenaria del sur de los Balcanes son las únicas muestras de este rito en suelo europeo, supondría más un acto de valor e iniciación que un ritual de purificación. A pesar de haberse buscado su origen en relación con el mundo clásico,(semejanzas con rituales celebrados al pie del monte Soracte, en el santuario de la diosa Feronia de Etruria, donde los “Hirpi Sorani” andaban desnudos sobre la base de una hoguera, hay varios detalles que nos llevan a sugerir si no estaríamos ante una ceremonia orientada a la cohesión social y territorial de un grupo de origen celtibérico, todo ello envuelto de la sacralidad del día más mágico del año y de su transformación por el paso del tiempo.
Al respecto, contamos con el detalle de que la alfombra de ascuas del roble quemado que pisan los sampedranos la hace el Ayuntamiento y no los vecinos. Además, las móndidas, como hemos visto, hacen su ofrecimiento igualmente a las autoridades y no a la Virgen, aparte de que son éstos los que cierran en todo momento a caballo la comitiva que discurre con el pasacalles en el día de San Juan, fecha que se inicia con el encuentro entre estas doncellas y las autoridades que entran galopando desde las afueras de la localidad, dando paso a su vez a la tradicional caballada, donde nuevamente vemos como los mozos más aguerridos del lugar montan a pelo sus equinos a la carrera. No olvidemos tampoco el posible simbolismo que encierra el acto de revisión de las murallas por parte de los mandos, cuyo significado jugó un papel muy importante ya en los castros de la I Edad del Hierro (limitador espacial y demográfico, protección, acto de reafirmación sobre el territorio, etc.), ya en la misma Numancia, donde se han encontrado posibles indicios ceremoniales vinculados a la defensa mágica de ésta (dependencia adosada a la muralla NE excavada por González de Simancas e interpretada como un posible heroon), junto a las noticias que llegan del desmonte de una muralla celtibérica en la que había embutida un asta de ciervo en la localidad soriana de Blacos, recogido por Loperráez en el siglo XVIII. Tampoco podemos obviar lo que trasciende del acto de dedicar unas oraciones a los antepasados junto al cementerio, acto de reafirmación identitaria y territorial del vínculo que les une con sus antepasados, de los que todos descienden.

Con todo ello, la festividad aquí comentada podría englobar todo un cúmulo de ritos asociados al despertar de la naturaleza y a la fertilidad que algunos autores relacionaron con la festividad de Beltaine que anualmente celebraban los siete oppida celtibéricos de la cuenca del río Linares en un santuario común al aire libre, que no fue otro sino la actual dehesa mayor de San Pedro, además del significado de “la caballada” como reunión de la élite ecuestre de una comunidad celtibera. A todo esto, se le sumarían connotaciones religiosas vinculadas al culto al sol, tal y como apuntara en su día Blas Taracena: La fecha elegida, el hecho de que el paso del fuego se haga en dirección al sol poniente y la vinculación del caballo al astro rey pueden ponernos en esta pista
No obstante, estén ligados o no los actos de 23 y 24 de junio, el paso del fuego podría ser un elemento añadido recientemente, tal y como apuntara Carlos Álvarez a partir del hecho de que no aparezca citado en ninguna descripción anterior a los años veinte del pasado siglo. Por todo lo dicho, y aún como mera conjetura, nos resulta altamente sugestivo su vinculación ancestral más allá de la antigüedad clásica y más si tenemos en cuenta las similitudes de la pira de brasas (agrandada unos metros desde hace unos años) con el acto de la cremación de cadáveres en un ustrinum por parte de los celtíberos, quienes introdujeron este rito funerario en la región (Burillo et al,2014).

Ilustración de: Ramón Guillén López, ARECO S.L.

La lectura mágica de la festividad responde al ideal del hombre pre moderno, otra cosa es que podamos despojarla de sus capas y añadidos posteriores, tarea farragosa que sin embargo no debe frenarnos en nuestro afán por salvaguardar nuestras tradiciones ancestrales, aquellas que guardan el secreto de lo que somos.




Artículo completo y bibliografía: LA ESENCIA CÉLTICA DE LA "SORIA MÁGICA"

TIEMPO DE PINGAR EL MAYO

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
El final del invierno y el renacer cíclico del mundo vegetal se plasma en la mentalidad popular con la consumación de toda una serie de ritos y ceremonias encaminadas a propiciar la abundancia de las cosechas y el nacimiento de nuevas crías para la cabaña ganadera. Es por ello que en mayo, y en alguna ocasión en fechas más tardías que enlazan con el verano, en buena parte de Europa es costumbre festiva plantar un gran árbol en el centro de la plaza de la localidad por parte de los jóvenes, concretamente los quintos.
Siguiendo nuestro camino de búsqueda de la esencia céltica que destila Soria, y aprovechando la proximidad de la fecha, encontramos en muchos pueblos de la provincia de Soria varios ejemplos de esta costumbre ancestral en la que los mozos se las ingenian para adentrarse en el bosque y seleccionarlo, cortarlo y pingarlo.
En el mundo céltico, el árbol encerraba un claro simbolismo sagrado al ser la representación del axis mundi o pilar que une el cielo y la tierra, además de ser un elemento de la naturaleza que muere y renace. De hecho Prudencio en su obra Contra Símaco (II, 1005-1011) señala algunos cultos y rituales a los árboles que se mantenían entre los campesinos hispanos de la Antigüedad Tardía, los cuales tuvieron su continuidad en época visigoda, como así se denuncian en algunos concilios, siendo su popularidad la que ha hecho que perviva hasta nuestros días.
En dicho árbol cósmico reside la inmortalidad que un buen mozo aguerrido, cuan héroe solar, deberá conquistar trepando a lo más alto para conseguir el premio allí colgado.
El acto de ascender para obtener una recompensa podría tener consonancia con lo representado en algunos motivos de la iconografía celta europea, así como con en muchos relatos de la mitología grecorromana y oriental, donde el árbol de la vida está asociado a dragones o seres con forma de serpiente a los que se tiene que enfrentar un héroe para conquistar sus frutos y así renovar a las fuerzas vitales de la naturaleza. Este gesto de “hombría“, bien pudiera formar parte de un ritual de iniciación de los jóvenes en su paso a la edad adulta, costumbre que a pesar de estar ya muy edulcorada y transformada, se viene repitiendo desde tiempos muy lejanos, y si no recordar aquellos jóvenes celtibéricos que ansiaban formar parte de una cofradía guerrera.

Al mismo tiempo, tanto en La Pinochada de Vinuesa (trasladada al mes de agosto) como en San Pedro Manrique (junio), se sabe que los cantos y danzas que efectuaban las parejas junto al “mayo” llegó a ser censurado y reprimido por parte de las autoridades eclesiásticas, quizás por el fervor que éstas alcanzaban, donde además se celebraban matrimonios simbólicos en los que las mujeres elegían a "los mejores".
En un mundo en el que todo se parece cada vez más la cultura popular nos puede ayudar a recordar nuestras raíces y aprender de sus enseñanzas, además de ayudarnos a ganar autoestima para mirar hacia el futuro con paso firme. Desde aquí reivindicamos lo que subyace de todas estas festividades, su concepción mágica y simbólica, junto a la necesidad de su puesta en valor como verdadero patrimonio inmaterial de los sorianos y castellanos.

Mantenerlas, recuperarlas y divulgarlas suponen su salvaguarda y con ella la de nuestra identidad, además de la riqueza que puede generar como atractivo turístico de unas poblaciones que se desangran demográficamente.
Pinguemos el Mayo de San Leonardo, Cabrejas del Pinar, Salduero, Covaleda, Molinos de Duero, Duruelo de la Sierra, Navaleno, Valdeasvellano de Tera, Torlengua, Matamala, Espeja de San Marcelino, Bayubas de Arriba, Vadillo, Talveila, Abejar y en la vecina y hermana comarca de Pinares en Burgos, así como en aquellos otros pueblos cuya tradición cayó en el olvido.

PASTORES DE UXAMA POR EL MUNDO

Pastor soriano (Foto: José Ortiz Echagüe )
En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
A partir de los datos históricos que refrendan la existencia de desplazamientos trasterminantes de piaras entre Tierras Altas (San Pedro Manrique) y Tierra del Burgo (Aldehuela de Calatañazor) como forma de pastoreo tradicional practicado en la región soriana al menos hasta el siglo XVII, así como la posibilidad de que la raza existente fuese la perteneciente al Tronco porcino celta, más resistente y preparado para llevar a cabo dichos movimientos, podemos sugerir que para la etapa celtibérica pudiese haber sido en cierta medida similar. De ser así, se haría necesario el establecimiento de lazos de hospitalidad entre los pueblos implicados que garantizasen la seguridad de los porqueros, siendo enormemente sugerente la relación que pudiese tener al respecto el cercano hallazgo de la tésera de hospitalidad del siglo I a.C. con silueta de cerdo procedente de Uxama (Osma), la cual cuenta con una inscripción en silaboalfabeto celtibérico en la que se aprueba a través de dos legados, la acogida, el hospedaje y la protección de una figura forastera, quizá procedente de la Rauda hispanorromana del itinerario de Antonino.
En este sentido la diplomacia y el hábito hospitalario del que se hacen eco las fuentes clásicas (Diodoro de Sicilia: V, 34), parece ponerse de manifiesto a través de esta pieza celtibérica del siglo I a.C., aunque probablemente esté recogiendo y materializando prácticas que son mucho más anteriores.
Las téseras de hospitalidad se nos presentarían como uno de los pocos testimonios que nos han llegado, en un momento ya tardío, sobre aquellos posibles acuerdos de libre circulación de personas, objetos o bienes de intercambio comercial, e incuso como compromisos de defensa mutua sellados entre dos comunidades y refrendadas mediante sanción religiosa. De este modo, la hospitalidad estaría estrechamente ligada a las relaciones personales establecidas en la organización sociopolítica indígena, organizada en torno al prestigio social y la auctoritas de unas élites que alcanzan un estatus elevado a partir de su habilidad guerrera (virtus), de su riqueza (pecunia, del latín pecus, que significa "rebaño" o "ganado”), de su nobleza (nobilitas) y por su habilidad a la hora de tejer una base clientelar.
Sin embargo, en cuanto a su significado, éste nos parece ir más en consonancia con las interpretaciones de Gómez Pantoja, Salinas y Sánchez Moreno, es decir, vinculado posiblemente con prácticas ganaderas móviles que asegurasen el libre tránsito de pastores y ganados, o bien para el aprovechamiento de pastos o bellotas, de ahí el tamaño menudo habitual de estas piezas, las cuales serían fácilmente trasportables a modo de contraseña. En este sentido, cabría la posibilidad de que fueran la llave para la realización de movimientos de ganado, ya que reducirían considerablemente el riesgo y el tan insistente clima de inseguridad aludido para estos momentos, que por otra parte sería igual de complicado para el comercio y no por ello dejó de llevarse a cabo.
Ya en época celtibero-romana, se ha planteado la existencia de posibles desplazamientos de pastores trashumantes en base a la localización de hallazgos de lápidas funerarias procedentes de las ciudades arévacas de Uxama (Osma, Soria) y Clunia (Coruña del Conde, Burgos), las cuales se distribuyen a lo largo del trazado de la cañada Soriana Occidental que desciende hasta los invernaderos extremeños y béticos. En concreto, para las de Uxama, contamos con los testimonios de los uxamensis argaelorum del epitafio de Cáceres, dos incripciones (quizá tres) que contienen un uxamensi aparecidas en las murallas de Segovia, otras dos más en León, e incluso un número impreciso de Argaeli en Segobriga (Cuenca), Caldas de Vizella (Portugal) y en un altar de Cacabelos (León).
Resulta llamativo que, dentro del corpus de incripciones latinas documentadas que hacen alusión a forasteros, sea amplia la representación de nombres procedentes de sendas ciudades arévacas, además de que la presencia de estas gentes debió ser considerada importante como para ser identificados como grupo social, llegando incluso a adoptar en algunos de los casos citados, un cognomen que derivaría del étnico de los uxamenses. No obstante, la llegada de estos forasteros no parece poder justificarse ni por tratarse de militares, ni por ocupar cargos públicos, pero tampoco pueden ser del todo explicados en base a migraciones relacionadas con la explotación minera, tal y como fueron interpretadas inicialmente, ya que en muchos de estos lugares este tipo de actividad no tendría especial relevancia. 
Lápida hallada en Segovia (CIL II, 2732) con la siguiente inscripción: 
“G(aio) · Pompeio · Mu/croni · Uxame/nsi · an(norum) · XC · sodales / f(aciendum) · c(uraverunt). “Sus compañeros hicieron que esto se le erigiera a Gaius Pompeius Mucro, ciudadano de Uxama, (muerto a) la edad de 90 años”.


Lo cierto es que esta hipótesis resulta enormemente sugestiva, que de poder confirmarse a partir de la aparición de nuevos descubrimientos, vendría a confirmar lo que ya se intuye en base a la coincidencia con las rutas pastoriles ovinas que se han venido empleando desde tiempo inmemorial, aunque las dificultades de poder determinar este tipo de prácticas resulte una labor casi imposible, dado que apenas dejan huella arqueológica.
Artículo completo y bibliografía: LOS CUSTODIOS DEL GANADO

TIEMPO DE MARCHAR A EXTREMOS: ¿Trashumancia prerromana?

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
El verano se va despidiendo y en los aledaños de la Idubeda ya comienza a brotar la flor malva conocida como "espantapastores" o "quitameriendas" (crocus sativus), anunciando el momento de reunir los hatajos y partir, zurrón al hombro, por las veredas de la Tradición.
La posibilidad de marchar a extremos, principalmente a Extremadura, Ciudad Real y norte de Andalucía, venía dada, según se documenta en el catastro del Marqués de la Ensenada (siglo XVIII), dependiendo si los rebaños de merinas, fuesen de cabaña de un solo dueño, mayoritariamente procedentes de la sierra Cebollera, o si tenían varios propietarios, que solían ser sus propios pastores, a los que se les denomina piareros o aventureros, quienes no tenían en posesión arrendaticia ganada en extremos y tenían que aprovechar como bien pudieran los sobrantes de las dehesas y montes del trayecto, la mayoría procedentes de Oncala.
Los pastores trashumantes eran la fuente trasmisora de información entre sus núcleos de población y las tierras distantes que recorrían, padeciendo por los caminos todo tipo de penalidades y aventuras que forjaban un carácter que se tornaba no menos que heroico. Vivían permanentemente al raso, encerrando por la noche al ganado en rediles portátiles formados básicamente por redes de esparto sujetas con estacas. Tanto en los caminos, puertos, como en extremo, el pastoreo trashumante se organizaba otorgando a cada componente un cometidos concretos, siendo el mayoral el responsable máximo de contratar a los pastores, arrendar las hierbas en puertos y los pastos de invernada, decidir la venta de su producción, así como controlar otros aspectos económicos y de organización. Por debajo estaban los rabadanes, que eran los encargados de cada rebaño y los transmisores de las órdenes a los pastores que viajaban cañada arriba y abajo, gestionando in situ toda la logística del viaje. Después nos encontramos al compañero o mansero, quien marchaba al frente dirigiendo a los «mansos» que guían al rebaño con el tañido de sus cencerros. Mientras, el ayudador o pastor de la chicada se encargaba de los corderos destetados, el ayudador de las yeguas que trasladaban las provisiones, por lo que era también llamado «yegüero» o “yuguero”, y por último el zagal, joven aprendiz del grupo que le correspondía el mayor trabajo para evitar que el ganado se saliera a los sembrados, además de ejercer de criado. 
Pastor soriano (Foto: José Ortiz Echagüe )
A la hora de indagar sobre los orígenes de la trashumancia, resulta preciso apuntar que ya en época romana, aunque el tipo de pastoría más aceptada fuese la villatica, por ser compatible con la agricultura, ya que limitaba la alimentación del ganado a los terrenos cultivados y adyacentes, es probable que la agrestis, es decir, aquella que obligaba a mover continuamente el ganado, no llegase a desaparecer del todo. Esta última sufriría múltiples intentos de ser excluida, puesto que suponía el trasiego constante de ganados y la aparición de disputas y pleitos con las poblaciones de los lugares por los que atravesaban. No obstante, en la propia península itálica queda constatada la existencia de una trashumancia reglada en base a las referencias escritas conservadas y a las propias leyes que regulaban el uso de calles para la libre circulación de los rebaños, cuya importancia merece tenerse en cuenta a tenor de que el propio Julio César, siendo cónsul, fuese situado en un momento dado al frente de su cuidado (Jul., 19,2).
Del mismo modo, y seguramente como continuidad de estas antiguas prácticas, en época visigoda, nos encontramos con tres fuentes fundamentales de las que se puede deducir la existencia de desplazamientos de ganados con un fin que supera la mera subsistencia, tal y como así lo recoge García Moreno, L.. Así, contamos con las leyes del Liber Iudicum (libro VIII) de Leovigildo, que contiene diversas disposiciones que regulan la libertad de tránsito, con el testamento de San Fructuoso de Braga (Vita Fructosi, 2), donde se indica que su padre, dux de las tropas del Bierzo, recaudaba impuestos de los rebaños y verificaba las listas de pastores en relación con el fisco, y por último con la noticia de san Valerio del Bierzo, quien llegaría a curar a una señora que fue atropellada por una punta de vacuno en estampida en el mes de septiembre, cuando el rebaño era llevado “a los montes”.
Pero el pastoreo móvil, tal y como lo entendemos hoy, tomaría forma definitiva en el medievo, momento en el que se dan una serie de circunstancias sociales y económicas que no estaban presentes en épocas anteriores. Es decir, cuando nuestro rey sabio, Alfonso X, decidiera reunir a todas las mestas o asambleas de ganaderos de León y de Castilla en un Concejo de Pastores en el año 1273, otorgándoles toda una serie de privilegios y prerrogativas que con el tiempo serían confirmados por sus sucesores, sentando así las bases de la Ordenación del Honrado Concejo de la Mesta en 1489 por los Reyes Católicos. El esplendor que llegaría a alcanzar esta institución se dejaría sentir por toda la Edad Moderna al ritmo del enorme peso que adquieren las exportaciones de la lana, verdadero motor económico del reino, permitiendo así el auge y la creación de las grandes familias propietarias ganaderas sorianas, a la par que se iba reforzando el poder de la Monarquía Hispánica, de quien todo dependía.
Esta situación se mantendría hasta que en los dos últimos decenios del siglo XVIII la disminución de la demanda de lanas en un contexto de industrialización europea y de sustitución de esta materia prima por otras de origen vegetal, como el algodón, así como los problemas financieros derivados de la revolución liberal que vivía el país vecino, hace entrar a este sector en decadencia, disminuyendo considerablemente las cabezas registradas. La herida mortal llegaría con la Guerra de la Independencia, verdadera máquina liquidadora de la hasta entonces potencia ganadera soriana.
Ahora bien, nos preguntamos, ya que es éste el propósito de este escrito, si esta potente estructura organizativa propiciada al amparo de la corona en un contexto concreto de Reconquista, pudiera tener sus antecedentes en una tradición pastoril anterior cuya experiencia y gestión a la hora de defender sus intereses y resolver los pleitos que surgieran entre los propios ganaderos hubiera servido de acicate para implementar dichas prácticas. Añadir si ¿cabría entonces la posibilidad de que se hubiesen llevado a cabo movimientos ganaderos de larga distancia durante época prerromana?. ¿Serían tales las dificultades de tránsito y el ambiente belicoso entre diferentes etnias que la historiografía abduce para negar la práctica trashumante en momentos tan pretéritos?.
Cierto es que desde la Edad del Bronce nos vamos encontrando en la región con determinados elementos que, en clave simbólica, parecen evidenciar lugares de paso de pastores. Nos referimos al entorno del Pico Frentes, punto de unión entre la serranía y el valle, donde encontramos lugares como la Cañada Honda de Valonsadero, Pedrajas y Oteruelos, con presencia de signos pictóricos esquemáticos relacionados con este tipo de actividades ganaderas. Concretamente, es en la Peña de los Plantíos de Fuentetoba donde se documenta una posible versión pictórica de las estelas del Suroeste, cuestión que podría ponernos sobre la pista. 
Panel de la Peña de los Plantios en Fuentetoba (Soria)
Respecto a este tipo de estelas, descartando el carácter funerario en el que fueron insertas por parte de la historiografía tradicional, cabría la posibilidad, como apuntaran Ruíz Gálvez y Galán Domingo, de que hubiesen servido para marcar el control de los recursos de un territorio y las vías que discurrían por él. Es por ello que, teniendo en cuenta que estarían realizadas para ser vistas desde lejos y permitir así la localización fácil de un camino o de una zona determinada de cara a viajeros y pastores, no resultaría descabellado tratar de relacionarlo con la existencia de movimientos de ganado a larga distancia que conectasen con los ricos y frescos pastos estivales del entorno de Soria. Yendo más allá, este tipo de demarcaciones pétreas, en nuestro caso pictórica, podrían estar indicando la localización de buenos pastizales, ya que si se observa la ubicación de la mayoría de las estelas, estas coinciden con los tramos finales de las cañadas de las grandes rutas trashumantes. Así se aprecia en las cañadas Soriana Oriental y Riojana, que desembocarían en las proximidades del valle de la Alcudia, donde se hallan las de Aldea del rey (Ciudad Real), e incluso en su prolongación por el valle del Guadalquivir, pasando por Setefilla y Carmona hasta confluir en las inmediaciones de Sevilla, lugares todos ellos donde se evidencian concentraciones de estos supuestos hitos (Sánchez-Corriendo Jaén, J.). 
Relación entre cañadas y estelas (Sánchez-Corriendo Jaén, J.; 1997).
De ser así, podríamos estar ante el indicio de desplazamientos ganaderos en tiempos anteriores a la Edad del Hierro que nos ocupa, del mismo modo que también existieron movimientos de carácter comercial, así como los relacionados con la extracción y traslado de minerales.
Ya en la Edad del Hierro la representación de ovejas y cabras en toda la Meseta Norte ha superado el 50% de los restos óseos recogidos, situándose, como norma general, en el primer lugar de especies documentadas, cifras que para momentos más avanzados aumentarán hasta alcanzar el 60% del total, tal y como así se evidencia en el registro arqueológico de Numancia.
La ubicación de los primeros castros coincide con los accesos a los agostaderos de la serranía y aunque su modelo de explotación parezca ser subsistencial, con una cabaña ganadera que posiblemente no fuese muy amplia, lo cierto es que se entrevé cierto interés por controlar los pastos estivales, defenderlos y trasmitir visualmente el prestigio social de su posesión.
En la Segunda Edad del Hierro la ganadería parece alcanzar un valor de riqueza de primer orden, cuyo control favorecería la formación de élites guerreras dedicadas a su protección. Pero, ¿cómo podrían transitar sin peligro por otros territorios acarreando unas cabezas de ganado que supondrían una de las principales fuentes de riqueza de estas poblaciones?. Por un lado, el pastoreo móvil en general, ha tendido a actuar al margen de las grandes contiendas y periodos de inestabilidad política, aunque también existiría la posibilidad de establecer políticas de alianza, amistad e intercambio con otras comunidades, es decir confederándose con otras poblaciones, diplomacia que reduciría la posibilidad de sufrir razias puntuales de robo de ganado.
En este sentido, junto a la información que proporciona el registro arqueológico, contamos con las fuentes clásicas, las cuales pueden aportarnos algo de luz, pero no sólo en relación a una lectura, quizá exagerada, que insistentemente alude a los conflictos armados protagonizados por bandas de guerreros y saqueadores, sino que también en base a los acuerdos pacíficos que en ellas se recogen y que no han gozado del mismo interés por parte de la historiografía.
En efecto, parecen intuirse las relaciones diplomáticas que mantuvieron entre sí las comunidades celtibéricas, bien a través de los intercambios de objetos exógenos de prestigio depositados en las tumbas de las élites socio-políticas, así como en otros de tipo matrimonial más difíciles de constatar, bien a través de pactos hospitalarios (téseras) y de alianza interétnica.
Tésera de Ciadueña (Soria)
Resultaría evidente que existiesen desplazamientos ganaderos riberiegos al amparo de la hospitalidad practicada habitualmente entre las diferentes comunidades celtibéricas, lo que no quita que además empleasen la fuerza de grupos de guerreros ante la falta de entendimiento con otras poblaciones, o como medio de protección ante la posibilidad de sufrir asaltos. Es por ello que el pastoreo pudiese estar acompañado de la caballería, es decir, que a su frente estuviesen grupos armados de la aristocracia de los oppida, y más teniendo en cuenta que las cabezas de ganado pudieron haber sido utilizadas también en sus transacciones económicas y para sellar los propios acuerdos diplomáticos con otros grupos (Diodoro de Sicilia 5,33,16).
En este sentido, las sociedades de jefaturas celtibéricas legitimarían y regularían su poder en base a la guerra. Es a través de ella como se entra en la edad adulta, como se gana el prestigio, se ejerce la competitividad aristocrática y se consigue cohesión social, además del mecanismo por el que se obtienen bienes materiales (ganados, botines, etc.) para redistribuir dentro y fuera de la comunidad, y por supuesto la manera de alcanzar pactos, alianzas, redes de fidelidad, territorios y privilegios de paso que garantizarían la movilidad pastoril.
Dentro de este contexto cabría la posibilidad de que también se hubiesen producido formas de pastoreo móvil de larga distancia. Al respecto, algunos autores como Sánchez-Corriendo Jaén o Sánchez Moreno, proponen la revisión de los estereotipos aportados por las fuentes clásicas en relación al fenómeno del bandidaje que practicaron principalmente lusitanos y vettones, concepto que parece ir parejo al del pastoreo y que en realidad podría estar definiendo a gentes que hiciesen un tipo de guerra no oficial, carente del prestigio que otorgaba la mentalidad romana. Cierto es que a los ojos de Roma, la movilidad del ganado en largas distancias escaparía de su control político y militar, además de generar inestabilidad rompiendo las fronteras periódicamente con sus prácticas seminómadas. 


Pero más allá de esta imagen subjetiva que consideraba a los pueblos del interior peninsular como gentes montaraces y primitivas dedicadas básicamente al pastoreo, cuya miseria ante la falta de tierras alentaba su belicosidad y bandidaje, quizás estemos ante la realidad de verdaderos desplazamientos trashumantes que se toparon con la dificultad de continuar sus prácticas itinerantes a medida que los romanos se asentaban en los fértiles valles del sur y hacían de su suelo propiedad del estado.
El ganado como fuente básica de riqueza entre los celtíberos, generaría la competencia de sus elites por la posesión de pastos, el sustento del mayor número de cabezas y el control de vados y pasos serranos, razón por la que serían defendidos y protegidos no por meros latrones que actúan al margen de la sociedad, sino por verdaderas cofradías guerreras, potenciando la militarización de la sociedad celtibérica y su expansión.
Fueran o no desplazamientos que cubrieran largas distancias, disten mucho de lo que hoy día entendemos por trashumancia, existan múltiples matizaciones y siempre sin olvidar que nos movemos, nunca mejor dicho, por un terreno muy resbaladizo y opaco, resultaría probable, desde la hipótesis, que este tipo de actividades ganaderas tuviesen su germen en momentos más antiguos de lo habitualmente aceptado.
Por mucho que el ruido del mundo moderno se empeñe en olvidarlos, seguirán en pie mientras que nuestras raíces sigan firmes y sólidas, que suenen los cencerros una vez más, ¡pastores a extremar!.
Leer más y consultar fuentes bibliográficas en: LOS CUSTODIOS DEL GANADO

LA FIESTA DE LUG

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...

Es tiempo de descanso, tiempo de honrar a LUG, guerrero guardián y protector de las cosechas, a quien hacemos nuestras ofrendas en este día (1 de agosto) de la festividad de Lughnasadh
Lug como divinidad solar suprema y resplandeciente es además el guía de nuestras almas al Más Allá, propiciando el renacimiento de los difuntos, pudiendo formar parte de las representaciones de jinete a caballo que se documentan en algunas estelas discoideas celtibéricas y cántabras, así como en las fíbulas de caballito y báculos de distinción, los cuales en muchos casos aparecen acompañados de cabezas, símbolo que más allá de su acepción como trofeo de guerra, vendría a señalar el compartimento donde reside el alma, como así hacen constar las viejas creencias indoeuropeas.
Las similitudes entre Lug con Mercurio y Apolo en cuanto a características físicas, atributos y acontecimientos mitológicos podrían explicar que a pesar de ser una de las divinidades con mayor cantidad de topónimos e inscripciones ha generado en la Europa Céltica, no aparezca con mayor profusión y a menudo se diluya su huella al sincretizarse con dichas divinidades romanas.

Esta importante festividad agraria céltica era celebrada en Irlanda y la Isla de Man el día 1 de agosto, y en Escocia, cristianizada y re-bautizada en honor a San Miguel, el 29 de septiembre. Con el cristianismo no desaparecería la tradición, siguiéndose celebrando en muchos países célticos ese mismo día ferias, carreras de caballos (en especial carreras dentro del agua), y juegos como el hurling, un antecesor del hockey (Alberro, M.;2010).
La presencia de Lug en España está bien documentada, de hecho la propia ciudad gallega de Lugo llevaría su nombre. Entre los testimonios más espectaculares se encuentra el del santuario céltico de Peñalba de Villastar (Teruel), donde fueron halladas en sus rocas y paredes más de 20 inscripciones, citándose en una de ellas por dos veces al dios Lug, así como una representación antropomorfa masculina con rasgos típicos del arte céltico y otra muy estilizada que se trataría de un bifronte con los brazos extendidos. Además, el propio Cabré en 1910 dejaría constancia de que debajo mismo del epígrafe en la inscripción rupestre aparecía un cuervo, ave fuertemente relacionada con la divinidad que aquí nos ocupa.  

En una de dichas inscripciones principales, parece hacerse alusión a una especie de peregrinación de las gentes de las comarcas y regiones cercanas a ese lugar, y la construcción, o techado del mismo sobre las rocas. No obstante, recientemente algunos autores (Beltrán, Jordán y Marco Simón, 2005) han creído considerar la dedicación del santuario a dos divinidades locales desconocidas hasta ahora, cuestión que como vemos no queda exenta de polémica y sigue generando debate. 
En nuestra Soria Mágica, el dios pancéltico LUG se manifiesta a través del hallazgo de un ara votiva que dedican los zapateros de Uxama (Osma, Soria) a Lugovibus (plural de Lugoves), así como con la inscripción procedente de Pozalmuro (Soria) donde se puede leer el nombre de Lougesteri, recientemente revisada y considerada un antropónimo en genitivo y no un teónimo. 
Ara votiva dedicada Lugovibus (Uxama Argaela)
Su relación con el gremio de los zapateros de Uxama no parece casual tal y como se refleja en la literatura medieval galesa de tradición céltica, concretamente en la "IV Rama del Mabinogion" (siglo XI) donde se alude a Lleu Llaw Gyffes (rubio, mano, diestro), identificado como Lug bajo la denominación “Uno de los Tres Zapateros Dorados”, que se repite en las Triads de Gales (siglo XII) y que concuerda con la aparición de testimonios numismáticos galorromanos en los que aparece esta divinidad representada asociada a una leyenda que dice SVTUVS AUG o “Zapatero Divino” (Alberro; 2010).
Tiempo de vacaciones y para aquellos que están lejos, tiempo de regresar a Celtiberia, que su luz nos acompañe, sean felices y a partir del día 15 de agosto coman perdices.

Extraído del artículo: LA ESENCIA CÉLTICA DE LA "SORIA MÁGICA"


Fuentes:
ALBERRO, M.: “El pancéltico dios Lug y su presencia en España”, en Polis. Revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad Clásica 22, 2010, pp.7-30.
ABASCAL, J.M. y H. Gimeno, Epigrafía Hispánica, Madrid, 2000.
BELTRÁN LLORIS, F., C. Jordán Cólera y F. Marco Simón, “Novedades epigráficas en Peñalba de Villastar (Teruel)”, Palaeohispánica 5 (2005): 911-56.
CABRÉ, J., “La montaña escrita de Peñalba, Teruel”, Boletín de la Real Academia de la Historia LVI, IV (1910): 241-80.
MARCO SIMÓN, F., “El dios céltico Lug y el Santuario de Peñalba de Villastar”, Estudios en Homenaje al Dr. Antonio Beltrán Martínez,  Zaragoza, 1986: 731-59.
OLIVARES PEDREÑO., Los dioses de la Hispania céltica. Real Academia de la Historia, 2013.

EL "CABALLITO" DE SORIA


En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
El caballo aparecerá integrado en la estructura ideológica de las comunidades de la Edad del Hierro, ejerciendo como bien de prestigio y elemento regulador de estatus social en sus primeros momentos y como símbolo de los nuevos valores políticos urbanos a partir de la plenitud de la celtiberización de la región (siglo IV a.C.). (Obviamos por razón de espacio otros muchos aspectos relacionados con su significado simbólico que trataremos en otra ocasión con mayor profundidad).
Apenas contamos con datos que nos hablen del estado de domesticación de estos animales para la Primera Edad del Hierro, cuya introducción tradicionalmente se asoció a las oleadas indoeuropeas y a los grupos de Campos de Urnas que penetraron desde el Nordeste, aunque sólo a partir del 800 a.C. aparecerá generalizado en las tumbas de Europa Oriental y Central, evidenciándose su utilización como animal de monta en diversos yacimientos del tránsito del Bronce Final-Hierro I, como en Moncín (Borja, Zaragoza), Zafranales y Vincamet (Fraga, Huesca), La Pedrera (Vallonga de Balaguer-Térmens) y área del Moncayo, etc., donde incluso parece jugar desde los primeros momentos cierto papel de prestigio, como así lo demuestran los enterramientos de fetos de équidos documentados para en Els Vilars de Arbeca (Lérida).
Para las regiones del Duero su presencia es menor, a excepción de Soto de Medinilla (Valadolid), y su empleo será mayoritariamente para la monta (como así parece indicar el desgaste de un premolar indicativo del uso de bocados), carga y trasporte, y en menor medida para su consumo alimenticio, éste último interpretado como un aprovechamiento excepcional, probablemente ritual.

No obstante, el caballo estuvo íntimamente ligado desde sus comienzos a las relaciones de poder de los primeros linajes aristocráticos que surgen en las familias y clanes de los poblados y castros que se articulan en torno a un ideal de vida heroica, otorgando rango y estatus a su poseedor. Como animal privilegiado, pudo jugar el papel de herramienta diplomática, a modo de regalo aristocrático que circularía junto a otros muchos objetos exógenos, como los discos coraza, cuchillos afalcatados, algunas fíbulas anulares, las primeras cerámicas torneadas, modelos evolucionados de espadas, varias placas de cinturones, etc., que tras ser intercambiados, a la muerte de su noble propietario serían depositados en las tumbas de las necrópolis del siglo V a.C.
Especialmente relevante será la presencia en las tumbas de arreos y bocados de caballo, e incluso alguna ofrenda faunística (Numancia), pudiendo destacar el ejemplo de la necrópolis de La Mercadera (Rioseco de Soria), donde se hallaron 6 enterramientos con arreos, asociados con armas en todos los casos, cinco de los cuales fueron consideradas tumbas «ricas».


Bocado de caballo procedente de la necrópolis de Alpanseque (Foto: MAN)

Por lo tanto, estaríamos ante un animal muy costoso, solo al alcance de una élite que se sirve de ellos para controlar los intercambios que circulan, especialmente movimientos de ganados, pastizales y zonas de paso, e incluso en actividades tan propias de la nobleza como en la caza y la guerra, acometiendo razias y auxilios con gran rapidez de desplazamiento, puesto que en un día podían llegar a cubrir, en condiciones óptimas y sin carga, cerca de 130 km. 

En la Segunda Edad del Hierro el caballo alcanzaría una valoración más amplia como emblema político colectivo de los integrantes de un territorio controlado por un oppida. Así, las élites dominantes de estos núcleos protourbanos, apoyadas en instituciones como la fides, la devotio o el hospitium, conformarían una clase de caballeros de gran alcance social, ya que serían éstos los que representaban y dirigían a la comunidad a nivel interno y a su vez en alianzas étnicas mayores. 
En cuanto a su representatividad osteológica, seguirán ocupando posiciones bastante modestas, con cifras que para el caso de la Numancia del siglo III a.C. no superarían el 5% del total. Las posibilidades de crianza de caballos son óptimas, aunque su posesión quedase muy restringida a dichos grupos oligárquicos que conformarán la fuerza militar más importante de las ciudades-estado celtibéricas, que con el tiempo pasarían a engrosar las filas de los cuerpos mercenarios de cartagineses y después de romanos, dada la fama y el prestigio que alcanzarán en el manejo de estos animales para la guerra.
A finales del siglo V y comienzos del siglo IV a.C. se produce la paulatina desaparición de importantes elementos de prestigio que antes se depositaban en las tumbas, como los cascos, los discos-coraza y los umbos de bronce decorados delos escudos. Ya llegados al III-II a.C., se tiende a la uniformización de la panoplia guerrera, cuyos dos elementos fundamentales son la espada y, especialmente, el puñal biglobular. Al mismo tiempo aparecen y se generalizan fíbulas de caballo, con o sin jinete, báculos de distinción (necrópolis de Numancia), y en fechas más avanzadas acuñaciones de monedas con la imagen del jinete lancero (Arekoratas, Muro), cuyo significado se pone en relación con emblemas políticos colectivos, así como con elementos religiosos y espirituales asociados en muchos casos a signos astrales, como es el caso de los vasos cerámicos pintados de Numancia. 
Por otro lado, las fuentes escritas también darán cuenta sobre el enorme valor y significado que alcanzan los caballos celtibéricos, siempre relacionados con el mundo de la guerra y como animal de monta. Así, por ejemplo Polibio (fr.95) en la guerra de Numancia, cuenta como durante la batalla quedaban los caballos en la retaguardia “atados a pequeños postes de hierro, esperando la vuelta de los jinetes”, observación que concuerda con la idea de que estas élites luchaban como infantería montada. Este mismo autor también se hace eco sobre cómo “se arrodilla un caballo para dejar subir al jinete”, resaltando siempre la habilidad de los celtíberos en su manejo para estos fines. También, Estrabón subraya que los caballos celtíberos son de color gris, pero que fuera del país, pierden este color, asemejándolos a los partos y destacando su rapidez respecto a otras razas, lo que se contradice con la cita de Silio Itálico, quien expresa que “los caballos de Uxama, Celtiberia, se distinguen de un caballo normal ibérico, que es ligero y rápido, tanto por su constitución más pesada que significa menos velocidad, como por su vida más larga”. No obstante, este tipo de fuentes escritas parecen excesivamente literarias al referirse a la gran facilidad con que los pueblos prerromanos capturaban a los caballos salvajes y los domaban y adiestraban según sus necesidades bélicas o cotidianas, visión sesgada por parte de una cultura civilizada frente al salvajismo celtibérico, cuya conquista quedaba justificada. Aún así, durante la ocupación romana las fuentes informan en reiteradas ocasiones sobre el empleo del caballo como tributo o indemnización de guerra (Diodoro de Sicilia, 5,33,16), es decir como patrón de riqueza, además de símbolo de defensa, poder y fortuna. 
Arévacos en el asedio de Numancia (Ilustración de Angus Mcbride)
Añadir que cabría la posibilidad de durante la Edad del Hierro pudiesen haber convivido diferentes razas equinas tal y como se ha venido sucediendo en todo el ámbito de la Meseta Norte a lo largo de la historia, además de que posiblemente se dispusiesen numerosas yeguadas criadas en los montes comunales del entorno adyacente a los poblados en estado de semilibertad, de forma similar a los manejos que tradicionalmente se llevaron en Soria y que aún se mantienen en otros territorios más norteños. 
Así pues, tanto los usos como las razas equinas fueron evolucionando desde la Antigüedad, partiendo de un tipo de caballo de tamaño medio, ligero, rústico y resistente que ocupaba el centro de la península, y que fue cruzándose con una gran variedad de razas caballares foráneas, quedando algunas individualidades de esta raza antigua denominada “de las mesetas españolas” ubicadas en el Sistema Ibérico y proximidades de las provincias de Soria y Guadalajara. Esta raza fue la acompañante de los rebaños ovinos trashumantes y junto a ella se fue haciendo frecuente el caballo de las estepas (Equus Przewalskii), introducido desde Levante a través del valle del Ebro, conformando un tipo de tamaño medio, altas extremidades, tronco corto y gran velocidad, que supuso la base de la caballería tanto de los guerreros cristianos como de los árabes. 
Será a partir de la Edad Moderna cuando irá desapareciendo la misión guerrera del caballo, potenciándose el cruce con caballos europeos de gran tamaño y perfil acarnerado, orientándose hacia una utilización como animal de montura, de tiro en las labores agrícolas, o bien para el transporte de mineral, leña, carbón, estiércol, aros, gamellas, hierba, víveres, etc. En Pinares y otras comarcas sorianas sería empleado a su vez para los trabajos de guardas, empleados municipales y vecinos que se servían de ellos para el marcado de la corta de pinos, arreglo de las suertes, etc., aunque de forma generalizada, su crianza girará en torno a la producción de mulas, más rústicas y válidas para la agricultura.
Artículo completo y bibliografía: LOS CUSTODIOS DEL GANADO

ROMANCE DE "LA LOBA PARDA"

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
En Soria, aún puede escucharse el viejo romance de “La loba parda” donde se recogen hechos y objetos cotidianos de pastores. Considerado originario de Extremadura por Menéndez Pidal, se halla muy difundido por la tradición oral en aquellos lugares donde se dio el fenómeno de la trashumancia. 
Recogemos a continuación una de las múltiples versiones existentes del romance, concretamente la cantada en Sotillo del Rincón:

"Estando yo en la mi choza pintando la mi caya
vi venir una lobita derechita a mi manada.
Le dije: Loba maldita, ¿dónde vas loba malvada? 
-Voy por la mejor cordera que tengas en tu manada.
Dio dos vueltas a la red y no pudo sacar nada,
y a la tercera que dio sacó una cordera blanca, 
hija de la oveja negra, nieta de a oveja parda,
la tenían los pastores pa` la mañana de Pascua.
¡Arriba siete cachorros, arriba perra guardiana,
Si le quitáis la cordera tendréis la cena doblada, 
más si no se la quitáis, cenaréis de mi cachaba!
Siete leguas la corrieron por una vega muy llana;
al pasar el barranquillo le echó mano la guardiana.
-Toma, perra, tu cordera sana y buena como estaba.
-No quiero yo tu pelleja de tu boca baboseada
que quiero yo tu pelleja pal`pastor una zamarra,
de tus patas unas medias, de tus manos unas mangas,
de tus uñas tenedores pa`comer las migas canas,
de tu cabeza un morral para meter las cucharas,
de tu “jopo” un abanico para abanicar las damas."


Fuente: Díaz Viana, Luis. "Tres versiones de "La loba parda" en Soria", en Revista de Folklore nº 18, Valladolid, 1980.

ARQUITECTURA GANADERA TRADICIONAL

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
A la hora de manejar el ganado ovino, el hombre tuvo que adaptarse al medio en el que quedaba inserto, practicando una trasterminancia rudimentaria que alternaba entre las zonas más altas, aprovechando los frescos pastos estivales, y las zonas más bajas y resguardadas, donde se pastoreaba en invierno.
En el sur de Soria, zona de predominio de la raza roya Bilbilitana, descendiente directa de la oveja celta, ha sido habitual la presencia hasta finales del siglo XIX de los llamados “chozones sabineros” o corrales, construcciones generalmente de planta circular en piedra, que cuentan con una característica cubierta vegetal realizada a base de madera de sabina albar a la que llaman barda. 

Estos corrales permitían la protección del ganado ante el ataque de depredadores, además de su resguardo en los calurosos días del verano en los que se pastoreaba de noche, sin olvidar que además garantizaban el control del rebaño, evitando que se comieran los sembrados.


Por otro lado, más cerca del término, estaban las parideras, que eran construcciones en piedra de estructura rectangular, formando en su interior tres naves separadas por columnas de madera de sabina o pino y una techumbre de tejas a dos aguas. Además, solían contar con un corral o sereno antecediendo a la entrada principal, que en Judes y en otros pueblos de la Sierra del Solorio se denominó “alar”, guardando por lo general, cierta similitud estructural con las tenadas del norte provincial, permitiendo así un mejor manejo y una mayor salubridad del ganado, siendo enormemente importantes para el refugio del ganado, de su propio propietario o incluso de otros ganaderos que puntualmente necesitaran su amparo, de ahí que aunque no se utilizaran permaneciesen siempre abiertas.


A la protección que ofrecían este tipo de construcciones, se le unían los perros, fieles acompañantes que velaban por la seguridad del rebaño, generalmente mastines de coloración parda o berrenda, lo cual les ayudaba a mimetizarse con las ovejas negras estantes y repeler mejor los ataques de depredadores, sobre todo de los lobos, considerados desde siempre por pastores y ganaderos como el enemigo más peligroso, por el que incluso se llegaban a pagar recompensas por su muerte.
Resulta paradójico que todavía hoy sigan habiendo voces que propongan su “control poblacional”, cuando apenas se cuenta entre veinte y treinta y cinco ejemplares de lobo en la provincia (según censo de 2012, aunque posiblemente muchos menos), la segunda con menor número de Castilla y León. 
Tal y como hemos visto, apriscos y mastines han permitido su coexistencia con la ganadería a lo largo de la historia, a lo que se le sumarían otros dispositivos modernos y el interés de una administración, a menudo ajena a los verdaderos problemas de los ganaderos y a la sabiduría atesorada por nuestros mayores.