6.2- HIPÓTESIS SOBRE SU ORGANIZACIÓN SOCIAL

Planteamos que no existiría un acceso muy desigual a la tierra, que casi en un 95 % pudo ser de usufructo colectivo (aprovechamiento boscoso y pascícola), existiendo la posibilidad de que se hubiesen asignado para el aprovechamiento privado de cada familia, aquellas pequeñas parcelas de tierra cultivable situadas en el entorno inmediato de los poblados, a modo de campos cercados. Esta posibilidad, originada por la necesidad proteger estos campos de los animales en una economía campesina en la que casi toda la tierra era de propiedad comunal, ha sido la predominante en la región a lo largo de toda su historia, donde todavía quedan huellas de viejas lindes formadas por muros de piedra, quizás herederas de dicha tradición de nuestra prehistoria reciente. Siguiendo estas consideraciones, no sería descartable que estas propiedades, poco a poco fuesen susceptibles de ser heredadas, como podría estar manifestando la inhumación infantil que se acompaña de un ajuar formado por vasos cerámicos a mano, dos colgantes de hueso y concha respectivamente, dos brazaletes de bronce y una arandelita del mismo metal, documentado en el Castillejo de Fuensaúco durante la fase de plenitud castreña (Romero y Misiego, 1995a, 136), quizás revelador de las atribuciones privadas que gozaron las familias al margen de la comunidad.

La ausencia de infraestructuras de almacenaje, a parte de los contenedores cerámicos documentados en el interior de la mayoría de los yacimientos, impiden hablar con seguridad de la existencia de relaciones comerciales tal y como hoy se entienden, de tal forma que siguiendo nuestra línea de hipótesis, sugerimos atrevidamente que los intercambios serían recíprocos, a modo de “don” que se da a cambio de otro “don”(objetos suntuarios relacionados con la vestimenta, etc.), evitando a toda costa la acumulación de excedentes, que en el caso de producirse no serían considerados como una inversión, sino como un fondo de seguridad colectiva que atenuara las variaciones y fluctuaciones generadas de su estrecha vinculación a la tierra, pudiendo ser puntualmente proyectados hacia el exterior como forma de solidaridad extragrupal.
Asimismo, cabría la posibilidad de que a menudo surgiesen cabecillas que hubiesen alcanzado una mayor significación social o rango gracias a los favores que realizaran a la comunidad manipulando dichas relaciones de parentesco, es decir que la única explotación posible se produciría dentro de las relaciones de consanguinidad, al contrario que la explotación que se produce en las sociedades de clase implicando a distintos segmentos sociales y entretanto a diferentes poblados, suponiendo que se fragmentarían con facilidad en los grupos que los constituían ante la falta de estabilidad, ideología y en última instancia, como consecuencia del tipo de economía que desarrollaron (Fernández-Posse y Sánchez; 1998, 148.).
Por otra parte, estas comunidades pudieron haber extendido el sentido de la lealtad, confianza e interés común más allá de sus límites biológicos, desarrollando fuertes lazos de cohesión interna y externa, es decir reclutando parientes mediante la filiación, formas de relación social que debieron ser forzosamente exogámicas, en función de las enormes posibilidades que tenían estos reducidos contingentes demográficos a la hora de sufrir déficits poblacionales (sobre todo desequilibrios entre nacimientos masculinos y femeninos), lo que obligaría a recurrir al intercambio de personas para asegurar la reproducción, generando circuitos matrimoniales que englobarían a 4 ó 5 castros, que con el tiempo pudieron ampliarse hasta formar una red más amplia (Ortega, 1999, 436-440).


En función de lo dicho, presumimos estar ante sociedades basadas en reglas de filiación de tendencia patrilineal, es decir ante un modelo de ginecomovilidad que implicaría el desplazamiento de mujeres para procrear en las comunidades donde residían sus esposos, lugar donde se recogería su descendencia. Estos matrimonios, posiblemente serían vistos como regalos de un novio o novia entre diferentes grupos que contraerán obligaciones para dar, recibir y devolver, aunque dicha tendencia no alcanzaría la rigidez de los esquemas estrictamente virilocales que parecen gestarse en el seno de las comunidades que han alcanzado la plena celtiberización, cuyo constancia reside en un determinado tipo de urbanismo (“poblados cerrados”) que facilita de manera más fluida el flujo de estas relaciones. Resumiendo, podríamos decir que si la principal herramienta de adaptación pudo ser la creación de unidades productivas independientes que restringen el acceso a su territorio a todo aquel que no perteneciese a su grupo como fondo de seguridad (reciprocidad extragrupal negativa), de la misma forma sería necesario el establecimiento de toda una serie de relaciones estrechas de amistad, intercambios y alianzas con otros grupos para asegurar tanto la reproducción social de la comunidad rural (reciprocidad extragrupal positiva), evitando la pérdida de la mano de obra que trabaja, como el tránsito de ganados entre territorios, suavizando las tensiones generadas por dicha actividad, de forma que la clave del sistema pudo haber residido en el equilibrio entre estas dos formas de reciprocidad extragrupal (Díaz-del Río, 1995, 105).

No hay comentarios: