LA CELTIBERIZACIÓN DEL ALTO DUERO: EL CASO DE EL PICO (CABREJAS DEL PINAR, SORIA)

El presente artículo pretende dar a conocer las últimas novedades de la investigación respecto al proceso de "celtiberización" del Alto Duero, donde al parecer pudieron darse para la Primera Edad del Hierro dos realidades culturales y quizás étnicas, la de los castros de la serranía norte de Soria y la de los poblados y necrópolis al sur de las Sierras de Frentes y Cabrejas. Las diferencias entre una zona y otra quedarían diluidas en torno a la mitad del siglo IV a.C., momento en el que se produce el abandono de la mayoría de los Castros Sorianos y la aparición en la serranía de una nueva concepción social jerarquizada que iría unida a una cultura material y tipo de organización del poblamiento diferente al de la etapa anterior.
Es por ello que, tomando como referencia los recientes trabajos de Romero y Lorrio (2011) y Vega y Carmona (2013), pretendemos abordar este momento de cambio, que en el caso del yacimiento de El Pico de Cabrejas del Pinar pudo producirse con anterioridad al de los castros, mostrando una área de fricción entre sendas realidades arqueológicas, que le harían vincularse a los poblados y necrópolis del centro de la actual provincia de Soria, superando su tradicional adscripción con los castros de la serranía.
Por tanto, trataremos de abordar el tema con el máximo rigor posible, siendo conscientes que la parquedad de datos con los que contamos nos hacen movernos en el campo de la hipótesis, cuerda floja que en ocasiones puede llevarnos a perder el equilibrio y caer en la mera especulación. Nuestro intención será transmitir las últimas novedades de la investigación y reflexionar sobre las conclusiones que se derivan de ellas.
EL PICO DE CABREJAS DEL PINAR (SORIA)

El asentamiento de El Pico se sitúa en un espigón triangular de 1,1 ha. en la sierra de Cabrejas, controlando la entrada del estrecho valle del arroyo de la Hoz, paso natural entre la serranía norte de Soria, ocupada por los asentamientos castreños y la zona centro-sur, donde predominan otro tipo de poblados que parecen asociarse con las primeras necrópolis celtibéricas de la Edad del Hierro.(Romero y Lorrio, 2011).
El yacimiento, rodeado por tres de sus lados por barrancos, refuerza sus defensas naturales con una muralla con una torre y un friso de piedras hincadas, características que junto a la aparición de cerámica a mano de cocción reductora y restos a torno celtibéricos recogidos a partir de prospecciones,  fueron la base para su inclusión dentro del grupo de los castros sorianos de la I Edad del Hierro con una fase final celtiberizada (Romero Carnicero, 1991).
No obstante, han existido discrepancias entre los investigadores, encontrando quienes lo consideraron un hábitat más moderno, cuya ocupación se ceñiría a la II Edad del Hierro, en relación a una línea de castillos de vigilancia de las Sierras de Frentes y Cabrejas, dentro de un modelo de poblamiento "celtiberizado" y socialmente más complejo que el grupo castreño (Bachiller Gil, 1992) (Jimeno Martínez, 2011).
                                                                                                      Imagen de El Pico de Cabrejas del Pinar
De tal manera, antes de continuar indagando en este caso concreto, debemos tener en cuenta que para la Edad del Hierro en la provincia de Soria contamos con dos fases o periodos cronológicos en los que se puede adscribir dicho yacimiento, vamos a verlas en función de sus características generales para poder extraer conclusiones posteriores al respecto:

MARCO CRONOLÓGICO Y CARACTERÍSTICAS DE LA EDAD DEL HIERRO EN EL ALTO DUERO:

1) Primera Edad del Hierro (siglos VII-IVa.C.): Aparecen los clásicos castros sorianos de la serranía norte y otros poblados (y necrópolis) de la llanura aluvial del centro y sur de la actual provincia de Soria.
Respecto a los primeros, los CASTROS, nos encontramos ante un modelo de poblamiento lineal basado en la red fluvial, con emplazamientos en altura que presentan defensas monumentales formadas por murallas, fosos, torres y en ocasiones barreras de piedras hincadas, conformando hábitats que no superarían las 1,5 hectáreas.
El interior de los castros albergaría una densidad de población muy baja que hipotéticamente apenas debió exceder de las 5-15 familias nucleares. Su urbanismo es poco conocido, aunque se conocen cabañas de diferente morfología (circulares y cuadrangulares) y técnica constructiva. El fósil director de estos yacimientos serían las producciones de cerámicas realizadas a mano, tipológicamente definidas por Romero Carnicero (1991), junto a la aparición de una metalurgia mayoritariamente de bronce y la presencia de unos medios técnicos de producción no especializados como utillaje de silex, hachas pulimentadas y molinos barquiformes.
Adentrándonos en aspectos económicos, el análisis territorial nos ha deparado unas áreas de captación que hipotéticamente se reducen a un radio de entre 1 y 2 Kms, lo que supuestamente equivaldría a una superficie que raramente superaría las 1.000 Ha de extensión, de tal forma que no parecen producirse superposiciones entre los diferentes poblados y por lo tanto problemas de competencia directa. (Díaz Meléndez, 2005).
Es por ello, por lo que explotarían la gran variedad de alternativas de aprovechamiento estacionales que ofrecía el medio ecológico inmediato en el que quedaron insertos, con un 50 % suelos de mayor humedad aptos para el crecimiento de pastizales durante casi todo el año y posibilidades de alternar pastos de alta montaña y fondo de valle sin llevar a cabo grandes desplazamientos. Espacios de calidad muy modesta para llevar a cabo usos agrícolas intensivos, cultivos que probablemente se llevarían a a cabo en aquellos pequeños terrazgos de tierra situados en las inmediaciones de los poblados, así como amplia gama de recursos explotables, con abundancia de puntos de agua, extensas superficies boscosas con un alto grado de aprovechamientos, zonas de aluvión donde abundan las arcillas, afloraciones de mineral pétreo, (areniscas, conglomerados y calizas), sal en porcentajes más reducidos y vetas de mineral para su aprovechamiento metálico, hierro y plomo principalmente (Moncayo, Vinuesa, Montes Claros, Alcarrama, etc.) y en menor medida galena argentífera, cobre y cinc. 
Parece ser, por tanto, que las poblaciones castreñas estarían diversificando al máximo la producción dentro de un marco de relaciones probablemente equilibradas, donde cada aldea podría controlar de forma autosuficiente sus propios medios de producción, los cuales no supondrían el sobretrabajo de sus habitantes, el agotamiento de los recursos disponibles, ni  la mejora de la tecnología empleada, pero si  el equilibrio entre lo que se produce y consume, tal y como parece estar sucediendo en otras poblaciones castreñas del Noroeste (Fernández-Posse y Sánchez, 1998,142). 
Podríamos estar ante lo que podrían ser poblados de un “rango” similar, entendiendo como tal la ausencia de gradación en el tamaño, ya que no se detectan hábitats intermedios ni  lugares centrales desde donde se articulara el territorio.
Por último, decir que son desconocidos sus cementerios, elemento quizás diferenciador con respecto a los poblados ubicados más al sur, aunque en excavaciones recientes ha sido documentada una necrópolis entre el Puerto de Oncala y San Pedro Manrique, lugar próximo a la divisoria del Ebro y el Duero, que vienen a confirmar la presencia del ritual incinerador en la zona desde mucho antes de lo que venía diciéndose hasta el momento (Tabernero, Sanz y Benito, 2010).
En relación a los segundos, los POBLADOS del centro y sur provincial, tendríamos una serie de hábitats poco conocidos, ubicados también en altura, aunque en ningún caso inaccesibles, y de tamaño algo mayor que los emplazamientos castreños. Se desconoce cualquier tipo de construcciones defensivas para estos asentamientos, aunque algunos trabajos de prospección parecen haber detectado murallas, si bien de dudosa adscripción cronológica, como en el caso de Alepud (Morón de Almazán), Los Castillejos (Cubo de la Solana) y los casos de Nódalo o Cuevas de Soria, entre otros. Su registro material se compondría de cerámicas realizadas a mano similares formal y decorativamente a las de los castros de la serranía, aunque relacionadas mejor con los del sur del Sistema Central y Guadalajara. Estos, muestran en ocasiones continuidad durante la II Edad del Hierro, siendo el yacimiento mejor estudiado el de El Castillejo de Fuensaúco, con una secuencia estratigráfica que muestra una ocupación continuada de más de 500 años (VII-II a.C.). En este lugar, los trabajos arqueológicos llevados a cabo por Romero y Misiego (1995) pudieron documentar fondos de cabaña y viviendas de planta circular y cuadrangular asociadas a los diferentes momentos de ocupación durante la Edad del Hierro.
Imagen de El Castillejo de Fuensaúco
De tal manera, aunque no sea fácil, empiezan a relacionarse estos poblados con las necrópolis (Carratiermes, Ucero, La Mercadera, Ayllón y Pinilla Trasmonte, ...), en cuyas fases iniciales nos encontramos tumbas de incineración en urna con ajuares en los que aparecen armas (puntas de lanza, regatones y cuchillos curvos), adornos de bronce (fíbulas, broches de cinturón, pectorales y brazaletes) y fusayolas, relacionados con la demanda de bienes de prestigio, lo que apuntaría hacia una mayor complejidad de la sociedad, donde un grupo de privilegiados, posiblemente una élite guerrera, harían ostentación de ellos, mientras que otras tumbas carecen de ajuar alguno, e incluso algunos individuos de un nivel social más desfavorecido no tendrían cabida en dichos cementerios.
Por tanto, podríamos estar ante una misma fase cronológica con dos realidades culturales bien distintas, la de los castros de la serranía norte y la de los poblados-necrópolis de la llanura aluvial del centro y sur provincial, que bien podrían estar indicando la existencia de dos grupos étnicos diferenciados.

2) Segunda Edad del Hierro: Sus inicios se remontan al momento en el que se produce la "celtiberización" de la provincia en torno a mediados del siglo IV a.C., visible a través de cambios en el registro arqueológico. En relación a este momento de transición puede observarse el abandono de la mayoría de los castros de la serranía,  manteniéndose en algunos una ocupación "celtiberizada" al mismo tiempo en el que aparecen otros poblados de nueva planta en lugares destacados sobre amplias llanuras. Estos poblados presentan un modelo urbanístico similar al que se produce en otros lugares como en el valle del Ebro, es decir, con viviendas rectangulares dispuestas transversalmente en torno a una muralla y adosadas entre sí por medianiles comunes, dejando libre un espacio central o calle hacía donde se orientan las puertas (constatado en El Castillo de Taniñe, Castellar de Arévalo o Los Villares de Ventosa, así como en los de cronología más avanzada como Suellacabras, Castimontán (Somaén) y Castilterreño de Izana).
                                                                                               Imagen de El Castellar de Arévalo de la Sierra.
La cultura material de este momento viene definida por la presencia de cerámicas a torno de clara influencia ibérica, junto al desarrollo generalizado, ahora si, de la metalurgia del hierro. Esta última se constata sobre todo a partir de los ajuares funerarios de las necrópolis del Celtibérico Pleno (Carratiermes, Ucero, La Mercadera, La Requijada de Gormaz, Quintanas de Gormaz, La Revilla de Calatañazor y Viñas de Portuguí), donde las proporciones de sepulturas de guerreros con armamento son muy superiores a las de otros ámbitos del Alto Tajo-Alto Jalón, incorporando modelos evolucionados de espadas, como las diferentes variantes del tipo de antenas, al mismo tiempo que se detecta la ausencia de armas de bronce de parada.
Este proceso culminaría en torno al siglo III a.C. con la configuración de los primeros oppida o ciudades, como Numancia, Tiernes o Uxama, concentrando en ellos el poblamiento, en torno a los cuales se articulan otros poblados medianos y castillos fronterizos como los de Ontalvilla (Carbonera de Frentes) y Oceanilla, dentro ya de un territorio político jerarquizado. Respecto a los cementerios, se detecta la continuidad en el uso de buena parte de los existentes en el siglo anterior, incorporándose en los ajuares de forma generalizada espadas tipo La Tene, modelos de antenas más evolucionados, puñales y alguna falcata.
¿CASTRO SORIANO O POBLADO CELTIBERIZADO?
Volviendo a El Pico de Cabrejas del Pinar, y retomando las discrepancias existentes entre su adscripción cronológica al grupo castreño de la Primera Edad del Hierro o bien a una fase ya plenamente "celtiberizada" posterior en torno a los siglos IV-III a.n.e., vamos a ver que argumentos se pueden dar a favor o en contra de uno u otro momento en función de lo que nos ofrece su reducido registro arqueológico.
  • Elementos para su datación relativa:
Los datos con los que contábamos para este asentamiento han seguido la tónica general de la zona, es decir, práctica ausencia de excavaciones intensivas sobre el terreno y alguna que otra prospección que no ofrecía conclusiones claras sobre la problemática aquí presentada. Si bien, en múltiples y diferentes visitas al yacimiento, incluidas las del que aquí escribe, constaban la presencia en superficie de restos minoritarios de cerámicas a mano y una mayor cantidad de fragmentos realizados a torno, lo que podría hacernos pensar, bien su inclusión dentro de una fase cronológica temprana de la Edad del Hierro con continuidad celtibérica, bien su fundación durante la Segunda Edad del Hierro, reproduciendo algunos tipos cerámicos anteriores residuales. De tal manera, tal y como ocurre en la mayoría de yacimientos castreños, su cronología relativa venía dada a partir de los tipos cerámicos documentados en prospección, por lo que ésta quedaba sujeta por pinzas.
                                                                                             Imagen del Pico de Cabrejas del Pinar
Ahora bien, en 2009 se llevó a cabo una actuación arqueológica sobre el yacimiento de la mano de Cristina Vega Maeso y Eduardo Carmona Ballestero (2013) que vino a arrojar un ápice de luz. Junto a una nueva prospección sistemática e intensiva se efectuaron tres sondeos, cuya secuencia estratigráfica permitió distinguir tres fases o periodos: La Fase 1 o de ocupación, donde se constató una antigua construcción rectangular de adobe derruida asociada en su interior a objetos domésticos (cerámica común, molino barquiforme, etc.), además de lo que parece ser la base de un muro de una cabaña construida con paredes de adobe y restos de un antiguo suelo constituido por arcilla muy compacta de coloración rojiza. En la Fase 2 se reconoció un episodio de incendio en distintos lugares del poblado y ya en la Fase 3, el abandono del recinto. En cuanto a las cerámicas recuperadas, claves para asignar la cronología relativa del asentamiento, tenemos algo más de 350 piezas, de las cuales un 89% fueron realizadas a torno y la mayoría en atmósferas controladas, lo que requiere conocimientos técnicos importantes y un contexto productivo especializado. Respecto a sus morfologías, aunque la muestra es poco numerosa, podemos ver que las piezas a mano son poco elocuentes, pero las torneadas pueden integrarse en su mayoría dentro de la cerámica celtibérica "común" o " de cocina", vinculadas al ámbito doméstico. Destacan, por su significación, fragmentos con borde de "pico de pato, cisne o anade" y fondos rehundidos, frecuentes en contextos celtibéricos, un asa bilobulada de desarrollo corto, posiblemente de almacenaje, así como un plato completo de larga tradición en el sur y levante de la Península Ibérica, que para momentos antiguos (siglo VI a.C.) podría interpretarse como vajilla de mesa importada desde contextos ibéricos levantinos, y por último, un tronco de copa decorado con incisiones profundas, tipo habitual en contextos celtibéricos entre los siglos III y I a.C.
Tipos cerámicos documentados en El Pico de Cabrejas del Pinar
Por tanto, las características generales del conjunto, a la espera de las dataciones radiocarbónicas que veremos más adelante, encuadrarían el yacimiento en un momento avanzado de la Segunda Edad del Hierro.

LA CUESTIÓN DE LA PIEDRAS HINCADAS
Otro elemento a tener en cuenta para conseguir contextualizar este yacimiento podría ser la presencia de una barrera de piedras hincadas, sistema defensivo habitual en los Castros Sorianos. Estos elementos sirvieron para considerar su datación temprana, al igual que en el cercano yacimiento de el Alto del Arenal de San Leonardo. Los argumentos esgrimidos para estos ejemplos, parten, en primer lugar, de la idea de que estos conjuntos de piedras hincadas estuviesen en desuso durante la II Edad del Hierro perdiendo su efectividad defensiva, puesto que parecen constatarse ciertas evidencias de desmantelamiento, como los pasillos que se abren entre los frisos facilitando el acceso a los poblados.
En segundo lugar,  los resultados de cronología absoluta obtenidos en el Alto del Arenal de San Leonardo, fechado entre los siglos VII y mitad  del IV a.n.e., (C14: 758, 679, 650, 547 a.n.e. cal.), junto con la reducida potencia estratigráfica que presentan dichos emplazamientos en espolón que facilitaría la destrucción de las primeras evidencias por sus ocupaciones posteriores, fueron también razones que sirvieron para reforzar aun más su adscripción a la I Edad del Hierro.

                                                                                    Imagen del conjunto de piedras hincadas de El Pico de Cabrejas
Ahora bien, tales consideraciones no son lo suficientemente sólidas, dado que, a parte de que todos los indicios apunten hacia una ocupación posterior a la castreña,  la cronología absoluta aportada por el Alto del Arenal se estableció a partir de un carbón hallado sin un respaldo estratigráfico que lo hiciese fiable, y dado que no existen pruebas concluyentes para pensar que los yacimientos castreños fueron destruidos por una ocupación posterior plenamente celtibérica, ni mucho menos que el friso de piedras hincadas fuese desmantelado en esos momentos. De haberse inutilizado no se hubieran mantenido abriendo un pasillo entre medias, que por otra parte podría estar reflejando bien la creación de un  paso obligado que defendiese al poblado impidiendo la llegada en tromba de peones (Alvarez Sanchís; 2003), o bien la utilización de dichos elementos en relación a otra serie de funciones que pudieron haber cambiado su primitivo significado, ya fuese como mecanismo de intimidación y ostentación de poder, como marca fronteriza, como elemento de cohesión y de definición de la identidad del grupo, o por el mero interés de vincularse con el pasado, etc., es decir para dotar al yacimiento de cierto contenido simbólico que por el momento se nos escapa y que quizás sea la clave para entender la funcionalidad de este conjunto (Esparza; 2003).
                                                    Imagen del Alto del Arenal de San Leonardo
Por otra parte, existen varios ejemplos de regiones cercanas, ubicadas tanto al Este, como al Oeste del Alto Duero, que utilizan dichas estructuras en distintas fases dentro de un mismo espacio geográfico.
Así pues, hacía el Este, contamos con dos poblados que presentan conjuntos de piedras hincadas, Els Vilars de Arbeca (Lérida), datado estratigráficamente en torno a los siglos VIII-VII a.n.e, y Azaila (Teruel), este último documentado a partir de las fotografías realizadas durante el proceso de excavación llevado a cabo por Juan Cabré, donde se aprecian estas estructuras levantadas delante de la entrada al poblado reutilizando parte del empedrado de la calle, presentando una cronología relativa que Beltrán (1995) encuadró en torno al siglo III a.n.e , aunque posteriormente pudo plantearse la posibilidad de que hubiesen sido erigidas precipitadamente durante los conflictos acaecidos en época Sertoriana (Romeo 2002).
Lo mismo ocurre al Oeste, donde son sobradamente conocidos los conjuntos del Noroeste, Extremadura, Portugal, y el Occidente meseteño, fechados, en la mayoría de los casos, durante la Segunda Edad del Hierro, y al alba de la romanidad, destacando el caso de los castros zamoranos, donde la utilización de estos elementos también se produjo en periodos diferentes. En esta región, por un lado aparecen adscritos a los comienzos de la Edad del Hierro, contemporáneos posiblemente con el grupo del Alto Duero y quizás con Arbeca, en función con su relación con el grupo Soto y de las cronologías absolutas obtenidas en algunos yacimientos, (Fradelos, Fresno de la Carballeda, Manzanal de Abajo y Muga de Alba),  por otro, encuadrados hacía el siglo III a.n.e, como en Lubián, y por último, en relación con la llegada de Roma a la zona, (Arrabalde, Calabor y Santa Cruz de Cuérragos), detectándose algún caso incluso de época Altoimperial como en Sejas de Sanabria, (Esparza Arroyo; 2003).

De esta manera, lo que aquí se plantea es que aunque estos elementos son más comunes y fáciles de relacionar con un momento antiguo relacionado con los paralelos más cercanos de los castros de la serranía, también pueden aportarse argumentos a favor de una cronología avanzada para estos dos yacimientos,  quizás relacionados con el tipo de castillos que surgen a mitad del siglo III a.n.e., como el de Ontalvilla (Carbonera de Frentes) y Ocenilla,  (Jimeno y Arlegui 1995). Por tanto, podría servir de ejemplo para rellenar el vacío documental  existente en el Alto Duero, quizá relacionado con un cambio en la concepción de la funcionalidad de tales elementos, consideración que podría llevarse a los casos cercanos de Castilviejo de Guijosa y el Castro de Hocincavero en Anguita, (Guadalajara), donde se detecta una problemática y características “similares”. Por otra parte, esta hipótesis se vería reforzada aún más si constatáramos la presencia de piedras hincadas en Castillo Billido (Santa Maria de las Hoyas) y en el Collarizo de Carabantes, yacimientos que siguen en la actualidad inéditos, a pesar de haber sido citados por algunos autores, como Bachiller Gil (1987) y Romero Carnicero (2003).
  •   Dataciones absolutas (carbono 14):
Como acabamos de ver, la presencia de piedras hincadas en el yacimiento no es concluyente para ofrecer cronologías relativas y el registro material del yacimiento, aunque muy limitado, parece ofrecer fechas vinculadas a la Segunda Edad del Hierro, con predominio de cerámicas a torno. Ahora bien, las dataciones radiocarbónicas llevadas a cabo a partir de una falange y un fémur de oveja en el Sondeo 2 de la citada intervención nos remiten a momentos de la fase inicial de los castros de la serranía (VII-V a.C.), tal y como sucede en el Alto del Arenal de San Leonardo.
Dicha datación, aparentemente contradictoria con todo lo expuesto hasta ahora, podría ser perfectamente fiable, tal y como apuntan los arqueólogos responsables de la última intervención arqueológica realizada en el yacimiento que nos ocupa, ya que en otras zonas cercanas al ámbito soriano como en La Mota en Medina del Campo, el Castillo de Montealegre o Las Quintanas, así como en los contextos carpetanos de la necrópolis de El Palomar del Pintado (Toledo) o en el castro de El Ceremeño (Guadalajara) y la necrópolis asociada de Herrería III, encontramos cerámicas torneadas en momentos bastante antiguos, si bien, plantean un escenario que no encaja con el marco arqueológico ya comentado (Vega Maeso y Carmona Ballestero, 2013).

NUEVAS PERSPECTIVAS PARA ENTENDER LA "CELTIBERIZACIÓN" DEL ALTO DUERO:
De lo todo lo comentado hasta ahora, con la prudencia que supone el contar con datos tan pobres y escasos, vamos a intentar abrir un amplio abanico interpretativo que nos ayude a arrojar nuevas perspectivas a la hora de entender la realidad y problemática de la “Cultura Castreña Soriana” en relación al momento de cambio que supone su práctica desaparición.  
Tomando como hilo conductor los nuevos datos que nos ofrece El Pico de Cabrejas del Pinar, vemos que dicho asentamiento no nos ofrece una mayoría de recipientes a mano entre los que pudieran reconocerse elementos torneados importados del área ibérica, por lo que cabría descartar que estuviese ocurriendo lo mismo que en otros yacimientos de la cuenca del Duero o en el Alto Tajo-Alto-Jalón donde si se constatan dichos elementos materiales. 
Por otro lado, teniendo en cuenta que predominan las  cerámicas torneadas dentro de un hábitat de cronología muy antigua, no sería descabellado, tal y como sugieren Vega y Carmona (2013), que estuviésemos ante una "celtiberización" más antigua de lo que se pensaba para este sector del Alto Duero, y que se relacionara con el Celtibérico Antiguo de las necrópolis del grupo Alto Duero-Alto Jalón, así como con los poblados del centro-sur de Soria, coetáneos a los castros de la serranía, que en su fase B incorporan ya elementos torneados.
Siguiendo dicha interpretación, podríamos estar en un marco espacial en el que coexisten durante la I Edad del Hierro los conocidos "Castros Sorianos" con otra serie de poblados ubicados más al sur, y cuyos límites serían la Sierra de Frentes y de Cabrejas. Estos últimos, vinculados al Celtibérico Antiguo, tendrían a El Pico y al Alto del Arenal de San Leonardo por similitud, como uno de los emplazamientos más norteños del grupo del Alto Duero-Tajo-Jalón, dominando el amplio valle que discurre entre la Sierra de Cabrejas y los Picos de Urbión.
                                                                                                                   Imagen de El Pico de Cabrejas del Pinar
De ser así, las cerámicas a torno presentes en este yacimiento podrían estar expresando las relaciones de intercambio que se documentan para los siglos VII-VI a.C, momento en que penetran ciertos elementos exóticos provenientes del sur y levante peninsular a través del valle del Ebro, y que estarían indicando profundos cambios sociales, como las primeras jerarquías en el ámbito del Duero, vinculadas a los ajuares de las tumbas de guerreros y a la generalización de los "poblados cerrados" de calle central que se articulan en su espacio interno de forma ordenada con estructuras rectilíneas homogéneas, cuadrangulares o rectangulares adosadas entre sí, elementos no generalizados en la serranía soriana hasta la mitad del siglo IV a.C. (Castillejo de Fuensaúco, Pozalmuro, Castellar de Arévalo de la Sierra, El Castillo de Taniñe, Los Villares de Ventosa de la Sierra). 
Este nuevo tipo de poblado, aunque no se constata en El Pico, parece enfatizar los aspectos comunales a través de una estricta “disciplina de la igualdad”, que para nada parece responder al ideal bucólico de las sociedades agropecuarias igualitarias donde nada es de nadie y donde se vivía en armonía y cooperación, es más, parece acreditar el comienzo de la jerarquización de una sociedad (Gómez García; 1999) que en menos de 100 años quedará articulada mediante relaciones de clase, conformando colectividades regionales mayores organizadas en auténticos cacicazgos, los cuales se verán materializados con la aparición de las primeras ciudades.
  . 

Esto supondría la consolidación de formas de control social derivadas de la institucionalización de linajes capaces de organizar los procesos de trabajo comunitarios, fenómeno expansivo constatado ya en el Sistema Ibérico en torno a los siglos VIII y mediados del VI a.C. y que históricamente se ha venido denominando como "celtiberización".  
Dicho modelo social podría haberse asumido desde mucho antes en El Pico de Cabrejas del Pinar y en el Alto del Arenal de San Leonardo que en los castros de la serranía norte, donde parece haberse frenado, no materializándose este fenómeno hasta mediados del IV a.C. La ausencia de poblados mayores que jerarquizaran el espacio, la presencia de materiales cerámicos realizados a mano junto con objetos metálicos predominantes de bronce, un urbanismo, que aunque poco conocido, presenta tipos de viviendas rectangulares y circulares, junto con la ausencia de cementerios podrían sugerir que estamos ante un grupo único en un "área de fricción" entre dos realidades sociales y quizás étnicas en la misma provincia actual, la de la zona centro-sur y la serrana.
Así, pues y a modo de hipótesis, el incremento demográfico, de la producción y en definitiva, el acceso desigual a los recursos que parece constatar el registro arqueológico de zonas cercanas como el valle del Ebro, centro-sur de Soria, Alto Tajo-Jalón, no sería deseo natural de las comunidades castreñas sorianas, que mostrarían cierta resistencia hasta quedar totalmente absorbidas por este modelo socioeconómico desde mediados del siglo IV a.C. (Burillo y Otega, 1999). Los habitantes de los castros sorianos debieron ser poblaciones sumamente aferradas a unas formas de vida que ralentizan enormemente las transformaciones que se estaban produciendo de manera generalizada en ámbitos cercanos, como quizás en El Pico. 

En resumen, parece que en el siglo IV a.C. algo sucede en nuestra región, al igual que ocurre casi al mismo tiempo en gran parte del Duero, en la zona extremeña y en todo el SE peninsular, donde se observa el abandono generalizado de asentamientos del Hierro I. Aquí, el 30% de los castros de la serranía soriana son abandonados, mientras que los restantes perviven unos años más junto a otros de nueva planta, mayor tamaño (rompiendo con la homogeneidad existente hasta el momento en los castros) y emplazamientos en relieves más moderados, separados de las grandes cadenas montañosas.
Este proceso de “celtiberización” supone una mayor complejidad social, y la acentuación de las desigualdades y las  relaciones de dependencia, que irán más allá del ámbito de los lazos de sangre establecidos en un poblado, surgiendo pequeños grupos que lograrán institucionalizar su linaje apropiándose y controlando directamente la acumulación y la distribución de dicho sobrante productivo, anticipando la formación de los primeros estados.
En este sentido, creemos que la manipulación de las relaciones de parentesco generalizaría un modelo de comunidad campesina más estricto que se adaptaba perfectamente al esquema social y a los mecanismos de reproducción anteriores, estandarizando progresivamente el sistema del castro que enfatizará  los aspectos comunes de estas sociedades, dando lugar a formas parentales de extracción del excedente (Vicent; 1998), puesto que en este tipo de sociedades no podían documentarse otros grupos que los individualizados por este tipo de relaciones.
De tal manera,  nos encontraríamos ante formas preclasistas de organización social, que como hemos dicho anteriormente allanarán el camino hacía la formación de sociedades de clase, proceso que culminaría ya a finales del IV, principios del siglo III a.C. en el Alto Duero con la aparición de los primeros oppida o protociudades, los cuáles ejercerán de centros políticos y administrativos concentrando en su interior un contingente poblacional mayor, desde donde controlarán un extenso territorio jerarquizado que buscaría los terrenos más aptos para llevar a cabo procesos de intensificación de la producción que proporcionasen excedentes.

Julio de 2014
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Junio de 2014