HISTORIA, LEYENDAS Y TRADICIONES EN EL CORAZÓN DE TRAS OS MONTES (OUSILHAO)

Inaugurando la sección Otras Hierbas, los pelendones salimos de viaje dejando atrás nuestra amada Celtiberia y nos desplazamos a una pequeña aldea portuguesa situada a escasos kilómetros de la frontera zamorana y orensana, en una comarca donde el tiempo parece haberse parado y donde sus habitantes repiten con orgullo generación tras generación su nombre, Tras os Montes.  
El viaje a la aldea de Ousilhao nos deparará muchas sorpresas, un entorno natural incomparable de bosques de robles y castaños que clarean en las inmediaciones de las pequeñas aldeas de la comarca, unas gentes que luchan por sacar lo máximo de una tierra poca generosa y muy exigente, múltiples puntos de agua que hacen del lugar un paraje de cuento y unas usanzas y ritos que se pierden en la noche de los tiempos.
Por consiguiente, voy a hablar de algunos de los aspectos etnográficos que más llaman la atención del visitante que osa a adentrase en tan accidentadas tierras, centrándome en sus festividades y en el simbolismo que encierran, así como en sus leyendas mejor guardadas, todo ello en un marco arqueológico que nos remite a la presencia de al menos un castro bimilenario, cuyos enclenques restos vigilan y flanquean con el recuerdo digno de lo que fueron en el paso serrano que les acerca a la capital comarcal, la hermosa villa de Vinhais.
Mi sorpresa será que el rastro del pasado no solo está presente a través de algunas evidencias materiales, sino que está custodiado en el corazón de sus habitantes, es decir que el verdadero patrimonio de Ousilhao es inmaterial, ajeno a la erosión del sol, la lluvia y la nieve. Empapado de las historias y leyendas que la sabiduría popular comparte amable y generosamente, comienzo mi andadura.
1. UNA ALDEA DE LEYENDA
Como punto de partida remontamos el Alto do Castro, monte situado a 1.078 metros sobre el nivel del mar. Una vez en la cima, el susurro del viento me trasporta hacía lo que parecen ser los restos de un viejo castro del que no queda ya nada en pie y apenas puede revelarnos cuál fue su tiempo histórico. Aquí es donde se sitúa una de las primeras leyendas que escuché en la aldea, donde el imaginario popular cuenta que vive su moura, espíritu de la naturaleza que custodia un tesoro de oro y que en las mañanas del día de San Juan deja escuchar su bello y cautivador canto.
  • La moura del castro

Las mouras, son seres mitológicos pertenecientes al mundo de los elementales. Suelen vivir bajo tierra y, como en este caso, en el entorno de un viejo castro, saliendo por las noches a peinar sus cabellos con un peine de oro, aunque también contamos con leyendas en las que estos seres están vinculados a las fuentes, como más adelante descubriremos. Son muy comunes en toda la tradición popular galaico-portuguesa, aunque se conocen en prácticamente toda Europa, donde adoptan nombres y comportamientos muy diversos, aunque de forma generalizada las englobamos bajo la denominación de hadas.
Este ser con apariencia de hermosa mujer, cuya presencia sigue viva en la tradición de los lugareños, guarda fabulosas riquezas de las que tan sólo ella disfruta y ocasionalmente algunos humanos si aciertan a desencantarlas, tarea que siempre se desaconseja, ya que de no hacerlo podría atraparte en su mundo, del que no se puede volver.
Como encantada que es, anhela librarse de su hechizo para volver a ser libre, de ahí que pueda encariñarse con ciertas personas. Ahora bien, si alguien tuviese la ocasión de toparse con ella entre los castaños y robles que circundan el castro, lo que nunca debe hacer es infringir ciertas normas o revelar un secreto que ella no quiere que se sepa, ya que acarrea todo tipo de desgracias, como las que se recogen en la tradición popular de innumerables aldeas gallegas y trasmontanas. Así, se conoce desde el muchacho que por contárselo a los padres se apoyó en una piedra de la que jamás se pudo despegar, el campesino que encuentra monedas de oro y, por hablar demasiado, ya no vuelve a encontrar ninguna más, la muchacha que fue obsequiada con ricos presentes viendo cómo todos ellos se convertían en carbón cuando dijo de dónde procedían, o aquellos que sufren daño físico e incluso encuentran la muerte por realizar algo que no debían o elegir el objeto equivocado entre todos los que oferta a quien se tope con ella. (Callejo Cabo; 1995).
No obstante, a las mouras por lo general no les gusta la compañía de los hombres, aunque su innata curiosidad hace que jamás estén alejados de ellos y los observen frecuentemente. Nunca se dejarían observar en lugares cuyo entorno natural originario esté deteriorado, ya que al ser consideradas espíritus de la naturaleza protegen las flores y los árboles, sufriendo enormemente con el deterioro progresivo de los bosques, del que depende su supervivencia en el tiempo. Es por ello que hacen labores importantes y desapercibidas para la mayoría de seres humanos, tales como repasar el aura de las plantas, hoja por hoja, y la de los pastos, llegando incluso a modificar la orientación de una rama de árbol para que crezca de forma más vigorosa.
A las hadas en general, y a ésta en particular, les gusta la música suave y melodiosa, sienten pánico por los truenos, odian el sonido de los tambores y en especial, el de las campanas que se escuchan desde la iglesia de San Esteban, que por otra parte, al estar realizadas en hierro, metal que repelen, les hace huir despavoridas. Además de poseer, de forma generalizada, instrumentos musicales con los que acompañan a sus canciones, en su mayoría de cuerda, estos seres aman también la danza, que realizan principalmente en primavera durante la medianoche. En múltiples leyendas de localidades cercanas se cuenta que cuando se reúnen en la cima de las montañas bailan siempre en círculo o en corro dándose la espalda, pudiendo apreciarse su rastro por los famosos “anillos de hadas” o bien a partir del aroma a hierbas aromáticas que levantan en su frenético y revitalizante danzar. Eso sí, este tipo de fenómenos, según la tradición, no están exentos de peligros, ya que es normal, en caso de presenciarlos casualmente, que uno se sienta embriagado y atraído al corro y comience a danzar hasta desfallecer, ya que el tiempo de duración del baile para un humano no es el mismo que para uno de estos seres, pudiéndose darse el caso de permanecer semanas en este estado de embrujo y tener la sensación de haber pasado solo unos minutos.
También son conocidas las historias sobre el rapto o trueque de bebés por parte de unas hadas que sienten envidia por la vitalidad de los humanos y a menudo tratan de cambiar a sus crías para que sean amamantadas de forma temporal sin que las madres se den cuenta. En su lugar, innumerables leyendas europeas aseguran que suelen dejar a un viejo elfo, o a un niño raquítico que suele morir a los pocos días de debilidad, a un enfermizo bebé de hada que puede tener una oportunidad de salvación gracias a la leche humana, o simplemente una vieja y arrugada hada que, cansada de la vida, adopta forma de niño para ser acunada, alimentada y mimada por una madre adoptiva. En una época en la que la mortalidad infantil era altísima, no es extraño que se buscaran explicaciones consoladoras para que sus padres pudieran echar la culpa a alguien, o se contentaran sabiendo, que al menos su hijo seguía vivo en el mundo de las hadas.
Por otro lado, el hecho de que nuestra moura esté relacionada con una construcción prehistórica, un castro, es tema habitual en toda la mitología europea. Generalmente se asocian a monumentos megalíticos del II milenio antes de nuestra era, lo que no es de extrañar viendo el tamaño de sus piedras, que si bien hoy sabemos cómo se construyeron y a qué cultura pertenecían, el imaginario popular sin embargo, encontró en  las leyendas su particular explicación de aquello que no comprendían.
No es de extrañar que solo en el concejo de Vinhais fueran registrados 159 lugares de interés arqueológico, la mayoría de los cuales presentan una toponimia relacionada con mouras y mouros, uniendo historia y leyenda.
En definitiva, este lugar sería la morada de una moura que aparte de tener una gran fuerza física que le permite transportar grandes piedras, se hace sentir en el mágico día de San Juan con su bello cantar. Pero no es casualidad que sea en este día y no en otro. En esta fecha se produce el solsticio de verano, momento idóneo en el que  las mujeres de la aldea emplean para recoger la planta de la cidreira, cuyas propiedades curativas están sobradamente probadas, quizás por la magia que las impregna una de las noches más mágicas del año, o al menos eso es lo que nos dice una tradición tan extendida a lo largo de la geografía peninsular y europea.
  • Mouros: raza de primitivos pobladores de la aldea

La tradición popular de Ousilhao nos revela también la presencia en este mismo lugar de otros personajes míticos como los mouros, quienes en el paraje de la “Torre”, donde se dice que había una ermita, acudían a oír misa.
Una vez más no es casualidad que coincidan las leyendas con evidencias históricas del pasado, ya que en esta zona la arqueología sacó a la luz un altar de piedra con una inscripción en latínEn ella puede leerse (7): “Elanicus Ta / urinus Lae / su uo(tum) l(ibens) sol(uit)”, que traducido a nuestra lengua vulgar vendría a decir “Elanico Taurino cumplió debidamente la promesa hecha al dios Laesu”. La investigación, ha planteado dos alternativas al respecto, bien que se trate del apellido del dedicante, o el padre de éste, bien que se trate de una deidad prerromana no atestiguada hasta la fecha, puesta en relación con la raíz indoeuropea *leis ("surco de arado"), que algunos autores relacionan con los campos cultivados (Redentor; 2006). Dentro de esta última posibilidad, su culto sería mantenido en época romana, en clara alusión al origen indígena del que la circunscribe, posiblemente en torno al siglo III, a juzgar por las características del monumento.
Siendo posibles sendas alternativas hay que tener en cuenta que no existe testimonio alguno del nombre Laesus en Hispania, aunque si estarían registrados Elaesus y Blaesus. No obstante, habría que explicar la carencia de la primera letra del nombre, y si es el nombre del padre, la inexistente terminación del genitivo. Por el contrario, la posibilidad de que estemos ante el nombre de un dios con dativo terminado en –u aumenta si se tiene en cuenta la aparición en Vico de Sanabria, relativamente cerca de Ousilhao, del altar dedicado a Madarssu Blacau (Olivares Pedreño; 2002).
Rastreando testimonios epigráficos relacionados con divinidades de tipo céltico en el territorio suroriental de la antigua Gallaecia, ocupado en la actualidad, de modo aproximado, por el distrito portugués de Braganza, desaparecen por completo los testimonios del dios Cosus, tan frecuentes en el occidente de León y, por otra parte, aparecen testimonios de Bandua, así como tres epígrafes dedicados al dios Aernus, identificados como divinidades célticas muy antiguas.
Debemos estar, por tanto, ante un lugar posiblemente sagrado y perpetuado desde la más remota antigüedad, que los antepasados de la zona han ido trasmitiendo de boca en boca bajo un envoltorio legendario que amenaza con desaparecer, ya que cada vez son menos las referencias que se tienen de estas historias en el subconsciente colectivo. 
Volviendo al terreno legendario, vamos a conocer a los mouros, que no deben confundirse con los musulmanes que pisaron estas tierras hace más de mil años, ni con los maridos de las mouras. Al parecer se trata de seres que la mitología popular atribuye como raza ancestral, precristiana y gigantesca, que custodian un tesoro encantado en ese lugar (el castro) que ellos mismos construyeron. Estos míticos individuos habitan en el mundo subterráneo, donde existen galerías que hay quienes consideran forman parte de un sistema arterial de túneles que recorren buena parte del noroeste de la Península.
Múltiples son las leyendas populares sobre mouros que relatan cómo se les puede escuchar moler, cantar o realizar todo tipo de ruidos procedentes de las ruinas subterráneas donde habitan. Incluso nos llegan historias de sus frecuentes contactos con humanos, generalmente producidos para intercambiar todo tipo de productos, casi siempre oro por alimentos o trabajos, siempre y cuando se cumpliese con un pacto previo y no se revelasen sus relaciones ni el origen del enriquecimiento repentino del hombre, que de ser así podía acarrear incluso la muerte. También, son conocidas leyendas cercanas que repiten como una niña ayudó a un mouro a peinarse y a despiojarse recibiendo oro a cambio, con la condición de no poder mirarlo hasta llegar a su casa, tratado que no se cumplió, por lo que las riquezas se convirtieron en carbón, sino acabó peor, ya que se dice que si se te ocurriese volver a reclamarles podrías acabar en la olla.
Así, se nos presenta una leyenda que nos indica que, aún siendo seres mágicos poseedores de poderes especiales, éstos tienen necesidades mundanas, necesitan alimentos y les gusta participar en matanzas de cerdos de los vecinos, ir a ferias y mercados o incluso reclamar servicios de una comadrona para que les ayude en el nacimiento de sus hijos.  En estos encuentros con humanos el pago siempre se realiza en oro, de ahí que la tradición los considere poseedores de grandes cantidades de ese metal precioso, no faltando quienes incluso relacionan su nombre con la palabra “ouro”. Es habitual que sean de este material sus aperos, útiles de cocina y ruecas y que todo el halo de leyenda que los recubre brille como este metal.
La supuesta existencia de tesoros escondidos bajo tierra que se describen en los cuentos y en las creencias legendarias de muchos países, del que no es ajena la aldea trasmontana que centra mi atención, dio lugar en épocas de dificultades de subsistencia, a que la mentalidad popular pusiera sus esperanzas salvadoras en la localización de éstos.
Además, sirvió de motivación para el saqueo de mamoas, castros o megalitos por parte de Indiana Jones de poca monta, que ayudados por libros supuestamente mágicos, intentaron enriquecerse frecuentemente con pésimos resultados. Tal es el caso del libro de desencantos más utilizado por toda la región galaicoportuguesa desde al menos la Edad Media, me refiero al grimorio conocido como Libro de San Cipriano. En él, encontramos rituales mágicos, invocaciones, pactos con el demonio y búsquedas de tesoros mágicos que fueron utilizados por muchos incautos para intentar salir de su condición de pobres labriegos. Y digo incautos porque los relatos que han llegado sobre su utilización están llenos de fracasos por no cumplir adecuadamente con su ritual, siendo habitual que la más mínima imprecisión en su lectura destapara la caja de las iras de estos seres que propinaban castigos ejemplares a quien osaba a intentarlo. Sumergiéndonos entre sus páginas podemos encontrar múltiples rituales de desencanto, como trazar un triángulo en el suelo desde el que rezar oraciones de desconjuro a los santos de rodillas y en latín (más bien portugués), o bien una guía de localizaciones muy imprecisas de tesoros que nadie encuentra. Aunque como acabamos de comentar, mejor ni intentarlo.
Algunos autores interpretan que la decepción de no conseguir encontrar ni arrebatar los tesoros que esconden los mouros podría ir asociada a la concepción negativa de enriquecerse sin un trabajo honesto, es decir la idea de abandonar la dura vida del campesino sin esfuerzo, de ahí que las leyendas nos presenten a estos busca tesoros como transgresores de alguna norma.
Esto último podría estar relacionado con la idea de quienes ven a estos seres de leyenda como el paradigma de los no campesinos, concebidos como seres superiores frente al labriego, inferior, simbolizando así por la propia sociedad que los crea las inquietudes de un mundo dual presentado de forma extrema. (Martos Núñez, E. y  De Sousa Trindade, V.M.; 1997).
Pero no solo de oro vive el hombre, ni los mouros, ya que volviendo a la raíz de la palabra, algunos autores le atribuyen un origen indoeuropeo. De dicha base céltica parece derivar la palabra irlandesa marb, la britónica marw, y la restituida del galo marvos. De ella procede también directamente la voz que utilizaron los celtas luso-gallegos: maruos = muerto (Millán González-Pardo, 1990, 550).
Hay que tener en cuenta que para nuestros antiguos la muerte era un tránsito, un paso de un estado de existencia a otro, necesario para llegar al mundo de los antepasados en el que se seguía viviendo. Ese mundo era, en cierta medida, muy parecido al de los vivos pero contaba con elementos que el hombre echaba en falta en su mundo terrenal. Por tanto, los muertos simplemente se transformaban para seguir interviniendo en el mundo de los vivos, como ancestros que son, adquiriendo distintos aspectos para hacerse vivibles a los mortales. Serían los antepasados, los desaparecidos hace mucho tiempo cuando aún no había llegado el cristianismo, aunque increíblemente se les asocie en este caso y en mucho otros escuchando misa.
 Lo cierto es que casi por todo el mundo existen leyendas que hablan de antiguas razas humanas que sufrieron una maldición o perdido una batalla y se vieron relegados, como castigo a habitar en las entrañas de la tierra, donde construyeron sus ciudades y se acomodaron lo mejor posible alejados de la superficie. Muchas de estas leyendas,  como las de El libro de las Conquistas de Irlanda (Tuatha de Danann) nos hablan de seres feericos, enanos en general, o bien de gigantes, como en el caso de Escocia y los mouros galaicoportugueses.
Sea cual sea su significado u origen, lo cierto es que aparecen como figuras opuestas, aunque paralelas a los seres humanos. Si la vida humana es a la luz del día, los mouros actúan de noche, ocupan aquellos lugares donde la vida humana es imposible, y obtienen todo tipo de productos sin que se les vea trabajar la tierra.
Por último, decir que en contadas ocasiones aparecen como seres peligrosos que atacan a las personas, generalmente a niñas que pueden acabar devoradas. Esto nos lleva a buscar su huella, y nunca mejor dicho, a los pies del Castro de Santa Comba, donde me llegan relatos de  alguna que otra fechoría proferida por estos seres.
  • La huella de los mouros
Cuenta la leyenda que en el paraje conocido como Fraga da Vela, hay una marca de herradura de caballo impresa en la roca, fruto de la persecución que protagonizaron un mouro que quería dar alcance a Santa Comba, que al llegar al lugar y verse sin salida, pronunció las siguientes palabras mágicas: “ábrete roca bendita, que en el mundo quedarás escrita”, y de repente la roca se abrió para recoger a la santa y ésta se libró del mouro, quedando la pisada de su montura impresa para la posteridad.
Acompañado de un amable vecino de la aldea, el señor Carlos Lopes, quien me comenta no haber visto tal marca desde la niñez, buscamos concienzudamente dicho vestigio por toda la superficie rocosa que se encuentra muy cubierta de líquenes. Atendiendo a la dificultad de ver a simple vista estas formas grabadas en la roca, al igual que hay constancia de otros lugares donde fue costoso y ni siquiera pudo obtenerse un calco, dada la poca profundidad del surco y la erosión de los años desisto en mi empeño, y lo pospongo para otra ocasión quedándome con la leyenda, ya que como he comentado al inicio de este estudio, el verdadero patrimonio de esta pequeña localidad portuguesa es inmaterial.
Lo cierto es que han llegado hasta la actualidad cientos historias muy similares, atribuidas en muchos casos a personajes santos, históricos o épicos que anduvieron por estos lugares, sin obviar algunos topónimos donde aparecen este tipo de huellas que los designan como pisadas de moros y moras, como es nuestro caso.
Veamos por tanto algunos paralelos ilustrativos que nos ayuden a comprender mejor un mito muy extendido que parece responder a un patrón común: el enfrentamiento de dos religiones diferentes, que termina con el triunfo del cristianismo frente al paganismo.
La mayoría de emplazamientos en los que se han documentado petroglifos en forma de herradura atribuyen su origen al apóstol Santiago en su viaje a Compostela o en su lucha contra los sarracenos. Al respecto, encontramos analogías en las regiones españolas de Navarra, Cantabria, Burgos, La Rioja, León, Zamora o en la propia Galicia, donde destaca la leyenda de las huellas de Santiago situadas en el monte Pindó (La Coruña), enclave sagrado por excelencia para los gallegos desde tiempos prerromanos, donde no faltan tradiciones orales trasmitidas generación tras generación sobre tesoros fabulosos, hermosas princesas, rutas secretas, serpientes de siete cabezas, hadas encantadas o sacrificios y ritos de fecundidad, etc.
Además, en muchos de estos lugares la tradición también atribuye a estas huellas la función de indicar una fuente cercana, como en Sopeña (León), donde se cuenta que Santiago afincado en una peña saltó sobre Astorga, cayendo al otro lado de la ciudad en un prado, en el cual, al apoyarse el caballo, manaron cuatro fuentes, una por cada herradura.  
Mención aparte, serían las leyendas recogidas que relacionan estas huellas con personajes épicos como el de Rodrigo Díaz de Vivar, “el Cid”, dispersas a lo largo del ámbito geográfico donde tuvieron lugar sus hazañas, desde su destierro de Castilla por Alfonso VI en Burgos, hasta Alicante, según queda relatado en el primer texto literario castellano, el Cantar de Mío Cid. No obstante, también aparecen dispersas por otras zonas que no coinciden con su ruta y que se atribuyen a otras figuras como Don Pelayo en Asturias o Roldán, héroe de la épica francesa y sobrino del emperador Carlomagno a quien se asocian grabados por toda la región pirenaica francesa e incluso en lugares tan dispares como las Médulas (León) y en la provincia de Salamanca. 
Igualmente, casi en los cinco continentes podemos entrever leyendas asociadas a este tipo de marcas y a otras dispares, pero enormemente significativas, vinculadas a diferentes personajes religiosos, mitológicos, héroes locales, etc. estando quizás, entre las más conocidas, las veneradas en Jerusalén relacionadas por los musulmanes con las pezuñas del caballo de Mahoma que se conservan en el interior de la llamada, por esta razón, Mezquita de la Roca.
Yéndonos al caso que nos atañe, parece vislumbrarse la misma esencia mitológica que acabamos de ver en otras regiones, la lucha entre la tradición pagana y la cristiana, con Santa Comba como protagonista. Indagando en el culto a esta santa, se observa como muchos de los lugares en los que se venera están relacionados con ritos mágicos ya cristianizados que pudieran venir desde muy antiguo. Desde la Edad Media, esta advocación que parece ser fruto de la combinación del culto a dos vírgenes mártires, Santa Coloma de Siens y la de Córdoba, quedaría inserta dentro de la tradición gallega como una bruja que tras encontrarse con Jesús en un camino de Galicia decidió convertirse al cristianismo siendo después martirizada por su fe. De tal manera, no es de extrañar que siga siendo en la actualidad la patrona de las brujas gallegas y que en lugares como en Santa Comba de Oia se crea que su altar produce fertilidad en las mujeres o que muchas curanderas utilicen en sus métodos de curación el cuchillo de hierro que se asocia a la santa como instrumento para cortar el mal.
Todo esto nos lleva a pensar que nos encontramos ante un lugar que en otro tiempo fue considerado sagrado o vinculado a viejos cultos que la tradición ha mantenido vivo en cierta manera bajo un halo de polvo que apenas impide ver más allá de su superficie rocosa. Cabría la posibilidad de que la huella de herradura grabada en su roca fuese, tal y como apunta Santos Estévez (2002), “petroglifos arrinconados por la investigación al ser considerados medievales”, por lo que merecerá la pena aumentar y tener más en cuenta este tipo de manifestaciones. De hecho, existen diversas hipótesis que relacionan este tipo de marcas de herradura como símbolos de fertilidad e invocación a la luna, con ritos de investidura de algún jefe local o como emblema de la conquista de un nuevo territorio, en estrecha relación con cultos prerromanos de tipo céltico. Sin irnos muy lejos, en la cercana localidad de Valpaços, en el enclave de Pias dos Mouros, donde la tradición de nuevo saca a la luz a estos seres mitológicos, está documentado un monumento excavado en la roca con una disposición octogonal, dos escaleras simétricas y paralelas que dan acceso a la parte alta de una estructura donde se localizan dos cavidades rectangulares en las que aparecen dos inscripciones grabadas en alfabeto latino. El lugar ha sido interpretado como un posible santuario rupestre de tradición indígena prerromana, similar a otros muchos que se disponen por el oeste peninsular, que posiblemente fue reutilizado como enterramiento durante la Antigüedad Tardía (Correia Santos, M. J; 2010).
Otra posible interpretación podría estar relacionada con su posible valor simbólico como delimitador territorial. Al respecto, basta recordar que en esta región se conocen hoy ritos relacionados con la identificación de parcelas de terreno destinados a la producción agrícola o a pastizales para el ganado a través de tres piedras de granito que son clavadas verticalmente en el suelo, siendo la central más alta, y que los vecinos denominan “marcos. La demarcación de estas lindes se hace siempre en presencia de algún testigo y se acompaña de un ritual religioso en honor a San Silvano. El ritual consiste en arrojar la tierra extraída de la excavación previa a la colocación de las piedras mientras se rezaba la siguiente oración: “San Silvano te guarde e te defenda dos margeeiros. Amén” Por margeeiros se entiende a aquellos que no respetaran el ritual y cambiasen los marcos de sitio por la noche, los cuales no encontrarían el descanso eterno ni después de muertos hasta que fueran depuestos los límites en su lugar correspondiente. De este modo, la sacralización del territorio se hace en comunidad, bajo el respeto colectivo que tiene la obligación de dar a conocer a los demás los límites de propiedad (Sofía Adriana Maciel; 1998).
Sea nuestra Fraga da Vela un lugar sagrado prerromano, una zona de frontera entre dos territorios o la huella del paso de diferentes religiones por la región, lo cierto es que podría haber albergado cierta significación mágico-religiosa, además de estar vinculada posiblemente con el castro que se yergue en sus inmediaciones. Vayamos a este lugar donde la leyenda atribuye la existencia de un gran tesoro encantado escondido e intentemos desempolvar la historia de este extraordinario enclave.  
2. UN CASTRO DE LA EDAD DEL HIERRO
Poco conocida es la presencia de este castro que desde lo alto preside la aldea como testigo, desde el silencio, del paso de generaciones que con el tiempo se vieron obligados en su mayoría a emigrar a tierras extrañas. Desde sus ojos de piedra, ya derruidos y prácticamente inapreciables, sigue observando la transformación de la vida de los habitantes de la aldea que se abre a sus pies.
En primer lugar, vamos a definir qué es un castro, entendiendo como tal aquellos asentamientos humanos previamente planificados que se sitúan en lugares estratégicos fácilmente defendibles, tanto por la naturaleza del terreno como por la construcción de estructuras artificiales, desde donde controlan un territorio que explotan, quedando organizados en su interior como una pluralidad de viviendas de tipo familiar. La difusión de este modelo de asentamiento se llevó a cabo desde la Edad del Hierro y tienen su ocaso con la romanización, aunque en el Noroeste peninsular se alargan en el tiempo.
En nuestra visita pudimos apreciar su muralla, que estaría construida íntegramente de piedra local, rodeando todo el perímetro de la cima del monte, que se extiende en poco más de una hectárea, hoy arruinada y amontonada con el peso del olvido. ésta queda adaptada perfectamente al terreno, cerrando aquellos espacios mejor defendidos de forma natural, como en los crestones rocosos, donde se sitúa en la actualidad la antena de telecomunicaciones de la localidad. No parece estar formada por un doble paramento y relleno informe como en otros castros de la meseta castellana, aunque resulta difícil realizar una descripción precisa dado su mal estado de conservación. En su flanco norte, parece situarse la entrada, donde se aprecia una gran acumulación de piedras que podría ser el indicio de lo que pudo ser una torre.
Tampoco hemos podido estimar aspectos de arquitectura militar tales como fosos o conjuntos de piedras hincadas, habituales en otros castros peninsulares que se extienden desde Cataluña, valle del Ebro, Soria, Zamora y Salamanca. Tomando como referencia el yacimiento fronterizo de As Muradellas (Lubián, Zamora), estos dispositivos defensivos suelen encontrarse delante de la muralla, pero otras veces se pueden situar antes o después del foso. La tradición interpreta tan curioso artilugio como una defensa contra la caballería, si bien, como apuntan la mayoría de los investigadores, vendrían a funcionar posiblemente como obstáculo para impedir que el enemigo se acercase rápidamente contra el muro en una acción de rapiña.
Pasamos a su interior, donde la vegetación que cubre la superficie impide apreciar indicios de vivienda alguna en prospección. No obstante, conocemos cómo pudieron ser las moradas de este tipo de poblados a partir de excavaciones arqueológicas realizadas tanto en la meseta castellana (grupo Soto de Medinilla de la I Edad del Hierro) como en el área galaico-portuguesa, generalmente con cimientos y bases construidas de mampostería en seco y alzados de tapial no muy diferentes a los materiales empleados en la construcción de las viviendas tradicionales de la aldea, donde aún pueden observarse restos de estas antiguas técnicas constructivas en vías de desaparición.
Las plantas de las viviendas pudieron ser de forma circular o con esquinas redondeadas, aunque es habitual el uso de plantas circulares y rectangulares indistintamente. El único caso cercano donde se puede hablar con seguridad de plantas circulares es el castro citado anteriormente de Lubián y quizás en el de Moimenta (Esparza Arroyo, 2011). En su interior, debieron contar con un único ambiente en el que coexistirían el descanso, las actividades culinarias y posiblemente el hilado.
La disposición de este enclave, sin duda se vio favorecida por sus buenas condiciones naturales de defensa contra otros grupos humanos o contra las alimañas que merodeaban por el entorno, como el lobo, cuyo aullido ha dejado de escucharse en la larga noche en la que ejerció su dominio. Por tanto, las cuestiones defensivas fueron desde siempre las razones principales utilizadas para explicar su ubicación en altura, pero hoy día sabemos que no fueron las únicas. La disponibilidad de recursos económicos en el entorno, tales como pastos, tierras de cultivo, bosques, agua y minerales son factores a tener en cuenta también. Estas gentes, que no debieron exceder entre 150 y 200 almas, debieron de aprovechar la gran variedad de alternativas estacionales que ofrecía el medio ecológico inmediato, las cuales no supondrían el sobretrabajo de sus habitantes, el agotamiento de los recursos disponibles, ni  la mejora de la tecnología empleada, pero si  el equilibrio entre lo que se producía y consumía, tal y como parece estar sucediendo en las poblaciones castreñas del Noroeste. De tal manera, es posible que las murallas jugaran también el papel de limitar la expansión física y demográfica del castro con el fin de evitar el surgimiento de relaciones de dependencia entre sí y mantener una modesta autosuficiencia. En el momento de producirse, al cabo de varias generaciones, resolverían la posible crisis reduplicando el sistema, es decir, a partir de la fundación de un nuevo castro de características semejantes con el excedente demográfico sobrante, lo que les llevaría a colonizar estos espacios montañosos, estableciendo entre sí, lazos de solidaridad y cooperación.
Así, no solo una supuesta inseguridad, sino la disposición de un variado abanico de recursos susceptibles de ser explotados serían las razones que esgrimieron sus habitantes a la hora de asentarse en ese lugar, que además supone un paso de comunicación importante entre valles.
Igualmente, pudo jugar un papel importante su faceta simbólica, como expresión visual de la comunidad y afirmación de sus derechos en el territorio circundante, ya que sus murallas serían visibles a propios y extraños desde larga distancia. Así, el hecho de amurallarse podría cumplir la función de delimitar un espacio comunitario, en la que la construcción de las mismas, también serviría para la materialización de la cohesión social de las familias que lo integrasen.
 Estamos, por tanto, ante un tipo de poblamiento prehistórico disperso, poco jerarquizado, que se distribuiría de forma lineal en relación con los cursos fluviales.
Respecto a su cronología, resulta difícil establecer teniendo en cuenta la ausencia de materiales en superficie, pero si observamos los estudios llevados a cabo en yacimientos similares del entorno, podemos aventurar una ocupación a lo largo de la Edad del Hierro, posiblemente en sus momentos iniciales, siglos VI-V a.C.

  • Hadas de agua encantadas (y encantadoras)
Dejando atrás el castro, penetrando en la vega fértil que en la lejanía nos conduce al molino de pan junto al río, antes de llegar a las primeras casas de la aldea se esconde abrazada y protegida por innumerables zarzas y enredaderas la fonte do aranganho. Irrumpiendo en su silencio, perturbando su largo letargo y rescatándola del olvido de los más jóvenes, que ya ni recuerdan su paradero, me sumerjo en otra de las muchas leyendas populares del lugar, en este caso relacionada con el culto a las aguas.
Esta fuente, tiempo atrás, fue considerada curativa. A ella solían acudir aquellas madres que estaban preocupadas porque sus hijos no se desarrollaban bien y presentaban cierto raquitismo. Los bañaban y si seguían un ritual adecuado la magia de sus aguas les devolvía un retoño nuevo, renovado y sano. Dicho ritual aún es recordado por las más ancianas del lugar, que me comentan que requería la presencia de cuatro mujeres, las cuales al sumergir al menor en sus aguas tenían que rezar lo siguiente:
“Fonte, fontinha cura este menino, em honra do Pai e da Virgen María, um Padre Nosso e uma Avé Maria”
Seguidamente, cada una de las mujeres pronunciaba una frase:
Eu te benzo aranganho, com tres folhas de castanho, com tres pellos…, que te leve Barzabú.
Después de estas palabras mágicas, dos de las señoras allí reunidas se desplazaban hasta un pequeño arroyuelo, cogían una rama nueva y delgada de un árbol que crece en el lugar y que llaman negrilho y hacían pasar por debajo del arco que envuelve la fuente al niño nueve veces diciendo lo siguiente:
“Larba, lorbao, cara de cao, fuge p`ro mar, Santa Lucinda t`ha de curar. Em honra do Pai e da Virgen Maria,  um Padre Nosso e uma Avé Maria”
No es casualidad que fuese nueve veces, baste recordar la significación mágica de este número en todo el noroeste peninsular y en la Europa atlántica. Representa las grandes realizaciones mentales y espirituales, es el número de la iniciación, porque marca el final de una fase de desarrollo espiritual y el comienzo de otra fase superior, simbolizado por el paso de las unidades a las decenas. Y para muestra un botón: nueve son las olas que en la playa de La Lanzada en Galicia debes recibir en la noche de San Juan para que sus aguas te transmitan fertilidad y propiedades curativas, nueve son los besos que hay que dar a una moura si se os presenta en forma de serpiente para desencantarla y nueve son las vueltas que hay que dar alrededor de un castro para no enojar a sus moradores, etc.
Pero sus aguas no solo expulsan los males del cuerpo, sino también los del espíritu, los pecados y el mal de ojo, como nos muestra este rezo a las brujas:
“Bruxos e bruxas, mundanos e mundanas, mal me non possam fazer trista, contista valha-me Sao Joao Baptista e Sao Joao Evangelista ó redor da mina casa assista” (4)
Curiosamente no he tenido la oportunidad de ver a ninguna bruja, entendiendo por éstas, aquellas que fueron perseguidas desde la Edad Media y sobretodo en la Edad Moderna por haber realizado, supuestamente, un pacto con el diablo. Pero si hay mujeres sabias que de abuelas a nietas han sabido transmitir todo un saber popular relacionado con consejos espirituales y curación de dolencias físicas y que son enormemente respetadas por sus gentes. Eso si, a lo largo de todo el recorrido por la aldea, en las cunetas y zonas de huerta crece sin ningún tapujo una de las plantas de poder que más se han asociado a la brujas, el estramonioSe trata de una planta de la familia de las solanáceas tremendamente tóxica, ya que contiene una serie de alcaloides, como la atropina, que provoca delirios alucinatorios e incluso la muerte en función de la dosis ingerida. Tradicionalmente se asoció su utilización a las brujas, que realizaban ungüentos con el fruto de esta planta y después se las aplicaban con un palo o escoba en aquellas zonas cuya piel o mucosas absorbieran mejor la sustancia, axilas, ingles e imagínense donde también,  hasta creer volar en su escoba camino del aquelarre, y de ahí la imagen estereotipada que hoy tenemos de ellas.




Todas estas manifestaciones de religiosidad popular, hoy prácticamente perdidas, pero ayer muy vivas gracias a que adoptaron un sentido cristiano, bucean bajo las aguas de viejos cultos paganos, donde se buscaba el apoyo de un hada para dar a esta fuente virtudes mágicas y medicinales. Así, la tradición recoge la presencia de una dama de agua o ninfa que habita en su interior y que gusta salir a sus inmediaciones a peinar sus largos cabellos con un peine de oro, aunque también hay referencias a otras acciones que realiza como tejer madejas de lana o lavar la ropa blanca. Su apariencia, por tanto, no es muy distinta a la que se recoge en toda la tradición peninsular y europea, un ser hermoso que viste en ocasiones largas túnicas o va desnuda, de ojos de color verde esmeralda profundamente seductores para los humanos.
Estos seres, según la tradición popular, están dotados de poderes especiales, como la curación, o por el contrario, pueden producir la muerte por ahogamiento a algunos humanos, sin olvidar su capacidad de poder profetizar acontecimientos e incluso favorecer la acumulación de riquezas.
El día más favorable para verla, de nuevo, es la mágica noche de San Juan, momento en el que abandona su morada, un palacio subterráneo, cuya entrada está en el fondo de la fuente, en la cual, guarda grandes tesoros y riquezas.
No obstante, la leyenda atribuye a este tipo de seres la búsqueda deliberada del contacto con el hombre `para engatusarlo y seducirlo, cosa que se les da muy bien, aunque en el caso de no ser correspondidas pueden resultar muy peligrosas. En casi todas las historias sobre estos seres fantásticos, dicha seducción, que en ocasiones acaba incluso en boda, puede resultar peligrosa, ya que de nuevo el contacto con ellas queda sujeto a la condición de no mencionar su categoría de “mujer de agua”. (Callejo Cabo, J.;1995)
También pueden adoptar la simbólica forma de serpiente, como ocurre con las serpes o cóbregas en Galicia, fruto de algún encanto del que anhelan liberarse algún día, aunque no escuché referencias de esta manifestación al respecto.
En conclusión, una vez más, encuentro una nueva evidencia de religiosidad popular, en este caso similar a las de otras tradiciones como la de las xanas asturianas, las janas leonesas, las lavandeiras gallegas y muchas otras repartidas por la Europa atlántica, todas ellas vinculadas al elemento agua, visto como símbolo de regeneración y elemento purificador.
3. TRADICIONES FESTIVAS: LA FIESTA DE SAN ESTEBAN O DE "OS RAPAZES"
Durante el solsticio de invierno, que a los ojos humanos se traslada a los días 24 y 25 de diciembre, el sol vuelve a nacer y comienza a elevarse, dando paso al lento triunfo de la luz sobre una oscuridad que ha ido ganando terreno desde la también mágica noche de San Juan. No es casualidad que en este preciso momento que además coincide con el final de la siembra, los habitantes de la aldea de Ousilhao, año tras año, celebren una de sus fiestas mayores. Como si fuese la primera vez, todo comienza de nuevo a partir de San Esteban, el ciclo continúa.
La fiesta es organizada anualmente por cuatro mozos pertenecientes a cada uno de los barrios de los que se compone la aldea, lo que alimenta la cohesión social de un caserío muy disperso. Entre todos y todas se reparten los personajes que conformarán la celebración: un rey, dos vasallos, cuatro mozos, un gaitero, un tamborilero y un grupo de mascarados, el resto les acompañaremos en el trascurrir de estos tres días intensos para vivir una navidad diferente.
Nos situamos, por tanto, en el día 24 de diciembre y escuchamos el sonido de una gaita que anuncia el inicio del ciclo festivo. El gaitero, que tradicionalmente es forastero, hace su llegada a la aldea para despertar a la población y se reúne con los cuatro mozos para ensayar y que todo salga como marca la tradición.
Dejamos pasar la mañana del 25 de diciembre y ya por la tarde se inicia el recorrido ritual por la aldea en la que los mozos con los “máscaras”, el tamborilero y el gaitero van entrando en las casas de la localidad al mismo tiempo que cantan, bailan y hacen diabluras. Éstas, están preparadas para recibirles, organizando una habitación con una mesa en medio cubierta con un mantel blanco de lino sobre el que se ofrece pan, vino, dulces variados, carne de cerdo, etc., y les esperan en el más absoluto silencio. 

Los primeros en acceder al interior de las casas son los cuatro mozos acompañados por los músicos, que danzan en torno a la mesa con movimientos circulares al mismo tiempo que hacen sonar sus castañuelas y cantan las buenas fiestas del siguiente modo:
“Estas casas sâo caiadas, mais por dentro do que por fora, muitos anos vivam nelas, os senhores que nelas mora”.
Terminada esta primera ceremonia salen los mozos y entran los terroríficos “máscaras”, los cuales son imposibles de identificar, en un principio, por su indumentaria. Ésta, se conforma de un traje de colores rojizos y amarillos elaborado a base de tiras de tela del que cuelgan campanillas y todo tipo de abalorios que emiten sonidos estridentes, una capucha cubriendo la cabeza, zuecos de madera y la tradicional máscara de madera de castaño. Su aparición rompe el silencio de las familias que esperan en sus moradas, aportando una apariencia medio animal, medio humana, con caras perversas, ojos grandes y bien abiertos, cejas y pestañas grabadas a fuego, nariz pronunciada y boca abierta con la lengua fuera, de la que en ocasiones  sale una serpiente, junto a unas orejas que pueden ser de lobo o cabra en la mayoría de los casos.
El comportamiento de estos seres es inesperado, no conviene llamar su atención para no ser objeto de sus travesuras. Su presencia aterroriza a los más pequeños y produce un infinito respeto entre los adultos, están al margen de cualquier norma y de las convenciones sociales que rigen la aldea durante el año. Son capaces de las peores tropelías, inquietan al que los recibe al mismo tiempo que se percibe que son necesarios, ya que de este caos vendrá el orden que imperará el año venidero.
Con el mismo estruendo con el que entran en las casas se esfuman, dejando atrás el rastro de un vendaval para volver a las calles, donde corren, gritan, arrastran todo tipo de objetos, saltan muros, ventanas, fustigan la tierra y si se cruzan con alguien, lo cercan, saltan en torno a él, le salpican con los charcos de agua y le provocan.
Terminado el día de navidad, a la noche, el pueblo se junta para la “gallofa” y ya con la cara destapada bailan hasta altas horas de la madrugada.
A la jornada siguiente, el día 26 de diciembre, desde muy temprano se repite la ronda por las casas que faltan por visitar. La comitiva vuelve a dar las buenas fiestas del siguiente modo:
“Levantem-se ó senhores, desses seus escanos dourados, dai a esmola ao Santo Estêvao, que ele lhes dará o pago” (6)
Terminado el recorrido, al mediodía, se juntan los mozos y los “mascaras” en la casa del “rey” para partir hacia la iglesia donde se celebra misa en honor a San Esteban. En el trascurso del recorrido se forma un cortejo con el gaitero al frente seguido de los cuatro mozos y otras personas, el rey y sus dos vasallos y en último lugar los “máscaras”, los cuales no tienen un lugar definido y continúan con sus tropelías.
A la entrada del templo, el sacerdote espera con el agua bendita que vierte sobre el rey y los vasallos y una vez dentro éstos ocupan el lugar central, mientras uno de los mozos acercan unos panes de trigo para ser bendecidos. Parte de este pan será repartido entre la comunidad allí reunida para ser guardado en las casas por su supuesto carácter curativo y protector, siendo, siempre que sea necesario, dado al ganado para librarlos de enfermedades y sobre todo contra el mal de ojo.
Mientras, a los “máscaras”, que representan las fuerzas sobrenaturales de la naturaleza, se les impide el paso a suelo sagrado, por lo que se esconden y permanecen tranquilos y sosegados.
Cuando la ceremonia religiosa termina se lleva a cabo una procesión en torno a la iglesia y a continuación se organiza la Mesa de San Esteban al aire libre, donde los “máscaras” aprovechan para acometer sus últimas diabluras. Tras montar la mesa se coloca en ella pan, vino, embutidos, dulces, fruta, etc., y se disponen a su alrededor primeros los hombres, seguido de las mujeres y de los niños, quedando el cura, el rey y los vasallos en otra contigua más pequeña.
Es ahora cuando se produce el acto de comunión colectiva de comer el pan bendito y beber el vino que ofrecen los mozos, siempre sin la presencia de los “máscaras” que siguen sin poder participar en este acto.
Después del banquete y tras cantar varias oraciones, el párroco hace la transferencia de poderes del viejo al nuevo rey, al que se aplaude efusivamente. Acabado el ritual se colecta dinero para las fiestas del año siguiente y el nuevo rey, flanqueado por sus vasallos y seguido, ahora si, por los “máscaras”, es acompañado hasta su casa ofreciendo pan y vino a toda su comitiva.

En el intervalo de tiempo entre estos hechos y el baile que tendrá lugar como colofón de fiestas, los “máscaras” continúan sus travesuras, que ahora se acentúan, pues el día termina y con él se marcharán estos seres sobrenaturales. Se llevan a cabo pequeños robos, como el de algún carro de bueyes de los que aún quedan por la aldea, asustando a quienes se cruzan con ellos y profiriendo sus famosos discursos satíricos, generalmente dedicados a personas de la localidad, a los que no se tiene ni la más mínima piedad.
Ya entrada la noche los vecinos vuelven a bailar hasta altas horas de la madrugada, la fiesta llama a su fin, al día siguiente todo volverá a la normalidad, cada uno regresará a sus quehaceres diarios renovados, dejando atrás días de barullo, confusión y caos.
  • Simbolismo y conexión mágica de la fiesta

Sin duda, la festividad de San Esteban que acabo de presenciar tiene un origen que se remonta a lo noche de los tiempos, pero, ¿qué noche es esa?, ¿cuándo se produjo?, quizás nunca lo sabremos, no obstante vamos a perdernos un poco a la luz de su luna para rescatar un pedacito de su origen más remoto.
Por un lado, estaríamos ante una fiesta que nos ofrece ciertas características de ritos de paso, ya que se realizan, como he indicado anteriormente, en un periodo de transición cercano al solsticio de invierno, además de integrar en su participación a los jóvenes o “rapazes” que realizan pruebas de resistencia física y ritos de pubertad.  
Por otro lado, la máscara en sí forma parte del mundo de los símbolos, no tiene una sola interpretación, no permite un acceso directo a su significado y éste no puede desligarse de la cultura, el lenguaje y el contexto donde es llamada a figurar, presentándose como expresión simbólica de la comunidad.
Ahora bien, comprender un símbolo no es tarea fácil, y más con nuestra mentalidad racional, hija de La Ilustración. Aún así, diversos autores han tratado de interpretarlo, en primer lugar, como un símbolo cósmico porque recoge el mundo de lo visible a través de la representación plástica de un rostro semihumano y semianimal; En segundo lugar, como un símbolo onírico, porque se enraíza con los recuerdos de una comunidad que una vez al año atraviesa la consciencia. Por último, como símbolo poético porque apela al lenguaje de una sociedad que se comunica mediante expresión simbólica, hablándonos de las costumbres y tradiciones de una comunidad en un sentido oculto que está detrás de todas las actitudes colectivas y ancestrales (Sofía Adriana Maciel, 1998).
Además, el aspecto enigmático y terrorífico de la máscara envuelve emocionalmente al observador que la teme, a la vez que la considera necesaria como entidad mágica que se comunica por la expresión de elementos simbólicos tales como los ojos abiertos, la boca abierta y serrada, la lengua colgando y los gestos ejecutados por el portador, además de todo lo que la rodea.
Según Benjamín Pereira, la aceptación de este personaje se justifica porque representa en un sentido amplio la idea de protección de la aldea, siendo a través de ella cuando se normalizan ciertas fuerzas extrañas y difusas que en ese periodo se creen desencadenadas y que se catalizan mediante su representación para retornar a la normalidad.
En definitiva, con la máscara se desarrollan toda una serie de rituales de fertilidad, fecundidad, iniciación, así como funciones sociales, económicas, mágicas y religiosas que suponen la existencia de una lógica de relaciones, entre el elemento plástico y lo que pretende significar, como por los lazos de unión que establece con los restantes elementos del sistema cultural al que pertenece.
Ver fiesta en los siguientes vídeos:
https://www.youtube.com/watch?v=_VamFdo9XGA

http://videos.sapo.pt/4i4DQJgepCeTgNYR2UTg#embed_bt

CONCLUSIONES
A lo largo de estas páginas, hemos visto como en varios lugares de la aldea existen testimonios del pasado que la tradición ha ido adornando con leyendas que fueron gestadas para transmitir la cultura de un pueblo de forma amena y entendible. 

No puede obviarse la similitud entre algunas de las tradiciones aquí descritas con fiestas y usos que se remontan a la etapa prerromana, como las creencias vinculadas al culto de la naturaleza y las fuentes, dioses asociados con cultos a la luna o cósmicos en ocasiones relacionados con santuarios en peñas, recuerdos de la veneración a una diosa madre indoeuropea (Matres) de los que podrían derivar las mouras y en definitiva toda una serie de costumbres que parecen guardar cierto parecido con las descripciones de los pueblos celtas recogidas por los autores grecorromanos hace más de dos mil años. 
También, resulta sugerente su semejanza con viejas costumbres romanas, como el culto a los muertos (Lares, Manes y Penates) o algunas festividades como las Saturnales, las Dionisiacas rurales o Kalendas de enero, donde eran habituales las procesiones bulliciosas de mascarados y la inversión del orden establecido durante unos días. 
Además, parecen aflorar determinados elementos que se irían configurando a lo largo de la Edad Media y Moderna y que el lento paso del tiempo de esta población rural ha ido difuminando sin hacerlo desaparecer del todo. Cabe recordar que en navidad son muchas las aldeas en las que podemos escuchar cantar villancicos, ver algarabías de niños pidiendo aguinaldos por las casas, procesiones en las que se arma ruido con cencerros, pequeñas bromas, robos o cambio de sitio de animales y objetos, junto a todo tipo de desenfreno festivo que casan con el estado de ánimo cristiano en fechas tan señaladas, a pesar de que la Iglesia condenara y persiguiese muchas de estas celebraciones por considerarlas paganas.
No es mi intención única llevar a cabo meras analogías con ritos del pasado que puedan estar vivos en tradiciones y leyendas actuales, ni forzar relaciones imposibles, ya que parto que es imposible llegar a comprender el trasfondo de este puzle, del que solo cuento con varias fichas. No obstante, resulta innegable que todo lo acontecido en Ousilhao es el reflejo de la impronta que fueron dejando, con el paso de los sigloslas diferentes gentes que se dejaron caer por sus bosques, pastizales, campos de cultivo y calles tímidamente asfaltadas.

 A las nuevas generaciones que vuelven a los pueblos de origen de sus padres y abuelos en verano quisiera dedicar este artículo. No olvidéis vuestras  raíces, caminad, descubrid viejos lugares, hablad con vuestros mayores, seguid poniéndoos vuestras  máscaras y si tenéis la suerte, o la desgracia, de encontraros con algunos de los seres mágicos aquí descritos, no probéis ningún conjuro de desencantamiento, ni os dejéis llevar por la codicia de falsas promesas de enriquecimiento, corred  y que el viento os golpeé en la cara y agite vuestros cabellos.

Leer y descargar artículo completo con interpretación histórica y bibliografía: