LA DIOSA DRUSUNA: A LAS PUERTAS DE UN SANTUARIO OLVIDADO

En cada uno de nuestros pueblos, detrás de cada curva del camino, en lo alto de los montes, siguiendo el curso de los ríos, en cada piedra…, ahí nos está esperando la esencia de la Soria mágica para ayudarnos a desentrañar sus secretos, para desenredar la madeja, sólo es cuestión de tirar del hilo y dejarse llevar.
En esta ocasión nos trasladamos al rincón en el que Castilla cambia de color, donde se sitúa la pequeña localidad de Olmillos, actualmente integrada dentro del municipio de San Esteban de Gormaz, tierra que nos susurra el recuerdo de su intensa actividad de frontera. Bajo un limpio horizonte que no resulta ajeno al caminante, transitamos sus caminos desgastados. A nuestros pies, la vieja calzada de Quinea, una vía secundaria que antiguamente unía las ciudades de Uxama y Tiermes y llegaba hasta Segontia, citada siglos después en El Cantar del Mio Cid como sendero seguido por el de Vivar en su destierro, compartiendo a su vez tramos con la Ruta de la Lana, uno de los trazados comerciales más antiguos de la Península.
Pero será la majestuosidad del Duero la que nos interrumpa mansamente, mostrándonos uno de los antiguos pasos en barca que facilitaban una rápida conexión con El Burgo de Osma, distante a tan solo 8 kilómetros de donde nos encontramos. Junto al río, se alza una pequeña ermita dedicada a San Hipólito, cuyo santero antaño era el encargado de controlar la barca de paso, de la que se dice que junto a las de los pueblos de Vildé y Navapalos “eran de tan mala construcción, que daba lugar a lamentables desgracias”.
Es en este lugar sacralizado donde creemos que puede partir nuestra modesta historia, ya que en sus cercanías se produjo el hallazgo de dos altares realizados en piedra caliza con inscripciones de época romana dedicadas por individuos de dos familias diferentes que aluden a una misma divinidad de raíz céltica desconocida hasta el momento.
El primero de ellos (43x24x20 cm), concretamente apareció enterrado en el interior de un corral situado en la calle Mayor de la localidad. Su estado de conservación impide una clara transcripción de las letras, como enseguida veremos, aunque el hecho de que aparezca una interrupción en forma de hiedra permite acercar su datación en torno al siglo II d.C., no faltando quienes la elevan hasta el siglo III d.C. (Gómez Pantoja, 2005; Blázquez Martínez, 2006).
Atendiendo a su lectura epigráfica, se observa que el nombre de la divinidad ocupa una posición destacada del altar, seguida del nombre de los dedicantes y su filiación. Así, en una primera lectura se pudo leer lo siguiente:

Drusune / Cisa / Dioc(um) S / uattan(ifilia) / u(otum) s(oluit)
A Drusuna Cisa Diocum (?) Hija de Suattanus le pagó voluntariamente su voto y merecidamente.

No obstante, una reciente revisión de la pieza (Olivares Pedreño, 2015) difiere en relación a la cuarta letra del nombre de la divinidad, que más bien parece tratarse de una B, por lo que el teónimo sería DRUBUNE. Además, se apunta que no está claro el nombre Suattanus, pudiendo tratarse más bien de Muntanus, testimoniado en Hispania, aunque la primera letra es ilegible. Igualmente, pudo detectarse en la segunda línea dos letras iniciales (NE-) hasta ahora desapercibidas, lo que llevan a interpretar el teónimo junto al apelativo Necisad[.], cuya última letra debería ser E.
De tal manera, siguiendo esta última revisión, la pieza podría decir lo siguiente:

Drubune Necisad[e?] Diocus [.]untanuṣ ụ(otum) ṣ(oluit) ḷ(ibens) ṃ(erito)

La segunda pieza (54x37x25 cm) apareció en la puerta de entrada al recinto agrícola donde se halló la anterior, estando mucho mejor conservada, por lo que su lectura resultó más clara:


Atto Ca / ebaliq(um) / Elaesi f(ilius) / D(rubune) u(otum) s(oluit) l(ibens) m(erito).
A Dru(S/B)una, Atto Caebaliqum (?) Hijo de Elaesus pagó su voto de buena gana y merecidamente”

Vemos aquí que el nombre de la divinidad está abreviado, dándose por hecho que aluda a la misma que en el anterior altar, además de que tanto el nombre del padre del dedicante (Elaesus) como el paenomen del dedicador (Atto) sea de origen indígena, y por lo tanto celtíbero. 
Se desconoce cuál pudiera ser la ubicación original de sendas piezas, posiblemente en algún pequeño santuario rural pagano donde se realizarían los rituales de cremación de las ofrendas a la deidad, dentro del territorio de la ciudad arévaco-romana de Uxama Argaela,  a juzgar por su cercanía, y quién sabe si en el mismo lugar que hoy ocupa la ermita de San Hipólito. 

Respecto a los posibles paralelos de la divinidad, únicamente se ha encontrado el teónimo Drusuna en una dedicatoria de Segobriga (Cuenca), aunque como hemos visto, la reciente revisión de la lectura epigráfica del primero de los altares siembra serias dudas al respecto (Abascal y Cebrián, 2000). Si bien contamos con evidencias de posibles relaciones de uxamenses en Segobriga, a juzgar por algunas inscripciones aparecidas en el yacimiento conquense bajo la denominación de Argaeli, quizás relacionados con posibles desplazamientos de pastores trashumantes procedentes de la ciudad arévaca (Gómez Pantoja, 1995b), en cuyo territorio, como hemos indicado, nos hallamos.  

  • Perduración del universo de creencias celtibéricas

El hallazgo, a pesar de todas las sombras que proyecta a la hora de establecer  hipótesis, deja entrever una vez más,  que muchas de las creencias que estaban vivas en el momento en el que hace aparición la civilización romana en Celtiberia no parecen desaparecer por completo, sino que se reinterpretan y adaptan a través de un largo proceso, propiciando la creación de un universo religioso de nuevo cuño que no sería totalmente romano, pero tampoco indígena.
Esto parece acontecer sobre todo en aquellas zonas retardatarias cuyas familias estaban fuertemente unidas por lazos ancestrales y vinculadas a un ámbito territorial en el que el desarrollo social y político no había alcanzado cuotas excesivamente elevadas. De tal manera, las religiones privadas o familiares debieron ser la tónica dominante de estas gentes, es decir a nivel local y en base a las relaciones de parentesco con una divinidad protectora, lo que les permite su pervivencia con la romanización y más allá de la Antigüedad tardía, ya que no supondrían un peligro respecto a la promoción del culto imperial.
Así se explicaría que varios siglos después de la conquista de Celtiberia por Roma sigamos encontrando denominaciones de lugares, personas, familias, divinidades y cultos propios de la Edad del Hierro, aunque quizás lo que más variase fuese el ritual, ya que con la romanización se introduce la costumbre de dedicar altares y cumplir promesas en honor de los dioses, además de plasmarse iconográficamente viejas creencias que hasta entonces se caracterizaban por ser anicónicas y por la ausencia de templos.
No parece que fuese hasta el siglo V d.C. cuando se produzca la persecución y condena de estas creencias no contaminadas, tal y como reflejan las actas conciliares (véanse del XII al XVI Concilio de Toledo) que insisten en no utilizar servicios de adivinos, ni adorar a los viejos cultos paganos supersticiosos de la naturaleza que seguirán manifestándose bajo la forma de religiones sumergidas como la hechicería o formas similares.
Con todo, creemos estar ante todo un elenco de creencias, costumbres y tradiciones que perduran en buena medida sobre todo en zonas rurales, la mayoría, aunque difuminadas por el paso del tiempo, quedando reforzadas con la suma de elementos de tipo germánico visigodo a partir de la descomposición del Imperio Romano, en esencia de raíz común indoeuropea. Si bien, la presencia del islam desvanecerá en gran medida gran parte de las tradiciones más profundas de estas gentes ahora en tierra de frontera, sobre todo en lo que concierne al mundo de las creencias, como ocurre en gran parte del centro y sur peninsular, aunque de nuevo serán revitalizadas con la repoblación medieval procedente del norte donde si se mantuvieron limpios, sincretizados o fundidos con los cultos romanos, adoptando como forma de religiones sumergidas.
  • Antiguas formas de sacerdocio prerromano

Es así que, siguiendo la línea apuntada líneas atrás, podríamos entender la no constatación de un sacerdocio druídico en la Península Ibérica, pero si posiblemente de uno en un grado menor que hubiera mantenido vivo este tipo de creencias colectivas ancladas a un territorio y a unos antepasados determinados (Santos Crespo Ortíz de Zárate, 1997).
Al respecto, Marco Simón, F. (2005) comenta la existencia de algunos indicios de dicho sacerdocio, como por ejemplo la representación de una escena de sacrificio de un ave sobre un altar protagonizada por un oficiante tocado de gorro cónico representado en un vaso cerámico de una Numancia ya derrotada definitivamente por Roma. Este mismo autor apunta también la posible constatación de sacerdocio a partir de la inscripción en lengua celtibérica de la llamada tésera de Arekorata (Muro, Soria), donde aparece el término ueizos que califica al nombre propio Bistiros de los Lastikos, relacionado con el teiuoreikis del Bronce de Luzaga que denota una categoría superior a la del mero redactor del texto y cuyo significado podría tener que ver con la raíz *weid- (“ver”, “saber”).
En este sentido, y buscando el significado etimológico de druida, tradicionalmente se ha interpretado que la raíz *deru- / *dr(e)u-  pudiese haber significado ‘árbol’, en base a la definición aportada por Plinio (Historia Naturalis, XVI, 249), quien comenta que los druidas toman su nombre de la encina «de la cual recogen el muérdago, y comen las bellotas para adquirir sus facultades adivinatorias».
No obstante, hay quienes consideran que la asociación etimológica de druida y roble es equivocada, relacionando drúi con súi, que significa «sabio»; su (=bien) o dru =fuerte), junto a la raíz verbal *weid (=saber), al igual que aparece en el Bronce de Luzaga, por lo que los druidas podrían haber sido algo así como «los muy prudentes» o «los muy sabios», y no «los hombres del roble tal y como apuntaba Plinio.
  • ¿Quién fue la diosa Dru(s/b)una?

A tenor de los apuntes lingüísticos que acabamos de comentar, la raíz del teónimo Dru(s/b)une, a primera vista bien podría estar haciendo referencia a aquellos árboles del género quercus, como el roble o la encina, relacionado a su vez con el otro sentido de esa raíz, ‘poderoso’ o ‘robusto’, pero también con la madera y diversos utensilios creados con este material (¿una barca?). Pero si tenemos en cuenta las dudas planteadas anteriormente respecto a la asociación de la raíz etimológica dru con los árboles, cualquier hipótesis resulta imprecisa.
Si bien, en las cercanías del paraje de la ermita de San Hipólito nos ha llamado la atención que aún pervive, aunque sensiblemente reducido, un gran encinar que los lugareños denominan “El Chaparral”. Sus árboles eran un bien que se repartía entre todos sus vecinos, quedando algunos reservados a la propia Iglesia, como el llamado “carrasco de San Roque”. Éste debió tener claras connotaciones sagradas, a juzgar por la información que desvelan sus propios vecinos, puesto que durante la celebración de luminarias durante el martes de carnaval, siempre se debía aportar al menos una rama de ese árbol a la gran hoguera que se disponía en la plaza de la aldea, donde posteriormente se saltaba sobre las ascuas, se ahumaban a las mujeres cogiéndolas por los brazos y piernas, recogiendo así costumbres relacionadas con el ciclo agrícola de origen pagano.  
Por otro lado, y atendiendo a la lingüística el apelativo Necisad[e], siguiendo a  Olivares Pedreño (2015), este podría derivar del protoindoeuropeo *neḱ- “muerte”, “difunto”. Es así que de nuevo fijamos la mirada en el entorno de la ermita de San Hipólito, atendiendo a la idea de que el tránsito al Más Allá en el mundo celta estuvo muy vinculada a las aguas, residencia de algunas divinidades indoeuropeas como las conocidas Deva y Navia.  
El citado bosque de encinas, junto a la presencia de un curso de agua como el del río Duero abren la posibilidad de que fuese este el lugar el lugar donde se hubiese erigido  un pequeño santuario que recordase formas de religiosidad anteriores en un momento ya avanzado. Al respecto son muchos los ejemplos que relacionan los cursos de agua con puertas de entrada a ultratumba, como en la cita Estrabón (Geo. III,3,4) referida al cruce del río Lethes (Limia, Orense), considerado por sus tropas como río del Olvido. Igualmente, encontramos dentro de la mitología de tradición celta irlandesa la creencia en espíritus elementales que habitan en los sídhe, esto es, en montículos, ruinas, fuentes, ríos y lagos. Este mundo intermedio estaría gobernado por distintos reyes y reinas de hadas que tendrían sus propios palacios, donde celebraban banquetes, tocaban música e incluso guerreaban con las tribus vecinas, creencias que fueron impregnando en buena parte de las leyendas y tradiciones hasta tiempos relativamente recientes, apareciendo bajo la denominación de hadas, ninfas, lamias, xanas, elfos, mouras o moras. 
Del mismo modo en el mundo indo-iranio encontramos divinidades vinculadas a los ríos como Saravasti, asociadas a la fertilidad, la salud, la descendencia y la vitalidad, la que progresivamente se identificaría con Vac, la personificación de la sabiduría y la elocuencia (¿dru?).
Tampoco faltan los hallazgos de ofrendas, generalmente armas y otros objetos metálicos, entregadas una vez inutilizadas a las aguas, siendo el más cercano el hallazgo de un casco celtibérico recuperado en una sola pieza (Siglo III a.C.) en la Fuentona (Muriel de la Fuente, Soria), que podría relacionarse con el carácter simbólico de los ríos como puntos de salida/entrada físico y funerario, vinculado a la idea de muerte y regeneración.
Asimismo, la propia diosa Epona, cuyos testimonios epigráficos peninsulares se reducen únicamente a tres inscripciones en las áreas cántabra y celtibérica, era sobre todo, la protectora y guía de los muertos al Otro Mundo, aunque su polivalencia abarque muchos matices, como su estrecho vínculo con el caballo o su relación con la reproducción y la fertilidad animal.
Otra vía de búsqueda sería tratar de ver si existiese alguna relación entre las connotaciones sagradas que encierra el propio culto a San Hipólito y el universo religioso precristiano. En este sentido la relación de San Hipólito y los caballos es obvia, siendo un claro ejemplo de mito clásico reinterpretado en clave cristiana. Así se produce la identificación del mártir cristiano que moriría arrastrado por sus caballos, con el  personaje mitológico de Hipólito, del que se dice fue hijo de Teseo y de una Amazona, cuya castidad por devoción a Artemis-Diana le costaría una muerte violenta y prematura, pero también le haría merecedor de la resurrección. El origen de esta asociación estaría en el himno 11 del Peristephanon de Prudencio (Perist.11.86, Adfirmant dicier Hippolytum), de finales del s.IV, sin duda bebedor de los relatos de Séneca, Virgilio, Ovidio y otros muchos autores clásicos.
De hecho, su festividad se celebra el 13 de agosto, día que según la tradición en Olmillos se llevaban los rebaños de ovejas y mulas de los pueblos de alrededor, a darle vueltas alrededor de la ermita para conseguir los favores del santo, ritual relacionado con la fertilidad animal. Curiosamente, ese mismo día coincide con la fiesta de Diana del calendario romano pagano, diosa de la caza relacionada con los animales, la luna y las tierras salvajes, que formaba una trinidad con otras dos deidades, la ninfa acuática Egeria, su sirviente y ayudante comadrona, y Virbio, el dios de los bosques. Diana tenía sus santuarios cerca de cursos de agua, quedando asociada como hemos visto al mundo de las hadas, siendo la primera divinidad femenina del Panteón Hispano-romano a quien le eran dedicados bosques de robles. Pero no se conoce ningún testimonio, ni literario ni material, de una posible relación entre Hipólito y el santuario más conocido de Diana en Roma, junto al lago Nemi, del que se dice que acudían las mujeres a pedir protección para el parto, mientras que los hombres aprovechaban para purificarse por los animales salvajes que habían matado, estando los caballos excluidos en el recinto.

No obstante, en Hispania es posible que hubiese varias Dianas, correspondiente a las diferentes diosas prerromanas de características similares a la latina, además de que una misma deidad pudo haber sido adorada bajo diferentes epítetos en diferentes áreas, hecho que explicaría las más de 200 deidades constatadas epigráficamente en la Península.

Concluyendo, y siendo conscientes que nos movemos en un terreno meramente especulativo, Dru(s/b)una pudiera haber sido una divinidad antigua de carácter rural, que dentro del territorio perteneciente a Uxama Argaela hubiese seguido siendo objeto de culto con la romanización en el entorno en el que hoy día se ubica la ermita de San Hipólito, donde todavía existen fuertes reminiscencias que aluden a su funcionalidad protectora de la fertilidad animal, las aguas y los bosques.
Estemos o no en la pista de conocer a esta divinidad pagana, quedémonos con la magia del paraje silvestre, junto al Duero y en el límite de lo que antaño sería un gran bosque virgen propicio para ser guardado por cierto "genius loci" que convierte al lugar en sagrado y por lo tanto susceptible de ser reverenciado bajo el manto del nombre del santo cristiano, Diana, o cualquier otro nombre inmemorial como Drusuna, a cuyo encuentro nos hemos dirigido, pues aquí pervive la Soria Mágica.
Referencias bibliográficas:

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PENA, MARÍA JOSÉ (2017): “Hipólito-Virbio, San Hipólito y Pirro Ligorio”, en Cuadernos de Filología Clásica Estudios Latinos 37(2), Ediciones Complutense,  265-282.

SANTOS CRESPO ORTÍZ DE ZÁRATE (1997). "Sacerdotes y sacerdocio en las religiones indoeuropeas de Hispania prerromana y romana." IIu Revista de Ciencias de las Religiones nº 2. 

VÁZQUES HOYS, A.M. (1995): Diana en la religiosidad hispanorromana I y II, Madrid.

(2012): “El barquero de San Hipólito”, en  http://latorredemorales.blogspot.com.es

Información oral proporcionada por Irene y María de Olmillos, quienes se encargan de extraer de sus mayores el tesoro de sus recuerdos.   




"LA BARROSA": RITUAL DE ORIGEN PAGANO RELEGADO AL CARNAVAL

En un tiempo en el que los pastores abandonaban los pueblos y marchaban a extremar, las mujeres celebraban reuniones nocturnas al calor de una vieja chimenea acampanada. Estos son los "trasnochos", momentos en los que se relataban viejas historias y leyendas que la memoria no ha podido enterrar mientras se cosía, hilaba y cardaba la lana. Aquí va el nuestro en particular...
El martes de Carnaval tiene lugar a las puertas de Pinares la fiesta de “La Barrosa”, uno de los pocos ejemplos que nos quedan en la provincia de Soria de aquellas festividades mágico religiosas de origen pagano que se desarrollaban durante el invierno. 
La celebración comienza por la mañana con una cuestación o pasacalles encabezada y protagonizada por dos barroseros que recorren todas las casas de la localidad, donde se les ofrece todo tipo de alimentos y licores, además de dinero para poder sufragar las fiestas. Uno de ellos porta la cesta donde se recogen los obsequios y una fusta para espantar a los que se acercan, mientras que el otro va dentro de una vaquilla hecha con un armazón de madera rectangular, cencerros ocultos en su interior y cubierto con blanca sábana, donde se representa en su zona frontal el rostro del animal que se remata con auténticos cuernos, además de ir decorado con cachirulos, cintas de colores y en su parte trasera con un apéndice que hace las veces de rabo.
Terminada la ronda tiene lugar una comida que se alargará hasta la tarde, para rematar la jornada por la noche en el salón de baile, donde todos los vecinos esperan la entrada de la barrosa al son de la música, que tras dar tres vueltas en círculo en el interior vuelve a salir y desaparece mientras unos cazadores que se disponen junto a la entrada preparan sus municiones para darle muerte a su regreso.
Es entonces cuando se la vuelve a dejar entrar para inmediatamente después, al asomar por la puerta disparar y acabar con los barroseros. Inmediatamente son recogidos por los otros mozos en un tapial y atravesando el salón de baile se les introduce por una puerta aneja que se le denomina “la cueva”, donde se les riega con vino empapando a los participantes que se encuentran debajo, para así resucitar simbólicamente y celebrar el acto con abrazos efusivos con los allí reunidos.
A partir de aquí se prepara un gran cuenco de vino del que beben y empapan sus ropas primero los barroseros y después toda la comunidad de mano en mano, alargándose la celebración con el baile de éstos y sus madres y una cena privativa de los mozos, exclusiva de hombres, donde no se consume ningún alimento tocado por manos femeninas.
En la actualidad la fiesta anda desprendida de muchos elementos que antaño estuvieron vivos y cargados de simbolismo. Así, la escasez de población hace que apenas queden quintos para cargar con la barrosa, no se persigue a la chiquillería ni a las mozas para cornearlas y ha desaparecido la figura del zarragón que acompañaba a la vaquilla con el propósito de atemorizar a todos aquellos que salieran a su paso. 
Además no constan menciones de la festividad en el Obispado del Burgo de Osma al que pertenecía, ni se conserva documento municipal alguno, probablemente debido al incendio acaecido en la localidad en 1897.
Todos los elementos que componen esta tradición nos retrotraen a un pasado remoto difícil de dilucidar, donde estaría incluido el ritual de paso hacia la edad adulta. Además parece guardarse la misma esencia de otras mascaradas invernales donde figuran este tipo de personajes que adoptando forma de animal se dedicaban a asustar, golpear con porras e investir a los vecinos, razón por la cual fueron quedando relegados al Carnaval por la Iglesia católica, al considerar que sus protagonistas eran representaciones diabólicas. Nada más lejos de la realidad puesto que lo que hacían era renovar y purificar la localidad, propiciando el advenimiento de un nuevo ciclo fértil. 


En este sentido, quizás La Barrosa tuviera relación con este tipo de festividades del ciclo invernal de las que nos quedan pocos ejemplos en la provincia, como en Valdegeña, Villálvaro, Matanza de Soria y Villaseca de Arciel. En Rello por ejemplo, se pedían víveres con cencerros y posiblemente vestidos de zarragones, mientras que en Castillejo de Robledo y Peñalba de San Esteban eran auténticos pastores los que recorrían el pueblo con el sonar de sus cencerros, cascabeles y colodras a la llegada de la navidad. Asimismo, se conoce la existencia de otros zarragones en las danzas de paloteos de San Leonardo de Yagüe (“bobos”), en Santa Cruz de Yangüas, así como en la festividad primaveral del Zarrón de Almazán.
El Zarrón de Almazán (Soria)
Igualmente, son significativas las fiestas de reinados de mozos de invierno, como en el caso de Romanillo de Medinaceli, donde se concluye la celebración disparando simbólicamente al “rey” para rociarle con vino de forma muy similar al rito de La Barrosa.
Al respecto, Calvo Brioso (2012) recientemente ha relacionado esta costumbre de verter vino con un culto funerario de raigambre griega que pasaría posteriormente a los romanos, y que, siguiendo a dicho autor, estaría constatado en muchas de las necrópolis ibéricas a través de fragmentos cerámicos aparecidos junto a ellas, interpretados como los restos de prácticas rituales de libaciones de vino. 
Por otra parte, reivindicar para posibles recuperaciones, las noticias sobre la existencia de vaquillas similares a la de Abejar en las localidades vecinas de Muriel de la Fuente, Blacos y posiblemente en Herreros (comunicación oral), donde algunos vecinos aún recuerdan su existencia, siendo en la localidad zamorana de Almeida de Sayago donde nos encontramos con una festividad bastante similar con su denominada Vaca Bayona.
Vaca Bayona de Almeida de Sayago (Zamora)

A la hora de rastrear sus orígenes, tarea ardua y quizás imposible, no faltan quienes se han acercado a su estudio vinculándola a la etapa celtibérica en base a su similitud con los motivos de algunas cerámicas pintadas numantinas del siglo I a.C. (Jimeno, 2007). En este sentido, junto a otras piezas con representaciones de bóvidos, destacamos una jarra que reproduce una cabeza de toro de frente, de cuyos cuernos penden unas cintas que pudieran representar un ritual de sacrificio de consagración, muy parecido en aspecto a nuestra Barrosa. 

Asimismo, también contamos en Numancia con una representación de lo que parece ser una danza ritual de culto al toro donde pueden apreciarse dos individuos masculinos (quizás alguno más) con sus brazos enfundados en lo que viene interpretándose como astas de toro. No nos olvidamos tampoco del espectacular “Vaso de los Toros”, una gran crátera u olla u olla destinada a la celebraron de rituales posiblemente asociados a la ingesta de alguna bebida alcohólica que adquiere una función sagrada, quizás relacionada con el sacrificio de estos animales. En su decoración se observa la representación de dos toros en negro, uno con la cabeza de frente (¿vaca?) y otro de perfil, en cuyos flancos aparecen ajedrezados y ruedas inscritas en círculos, rellenándose sus cuerpos de otras ruedas, cruces, líneas en S, posiblemente relacionado con la representación del mito de la reordenación de los Tres Mundos y el inicio de un nuevo ciclo cosmogónico y temporal (Almazán de Gracia; 1999).
No nos cabe duda de que en la  Península Ibérica el culto al toro y su sacrificio debió estar muy arraigado desde la prehistoria, como así podemos observar en el conjunto de pinturas rupestres esquemáticas del Monte Valonsadero, asociadas a las primeras sociedades agro-ganaderas y metalúrgicas del Calcolítico-Edad del Bronce (3.000-2.000 a.C.). Allí mismo, a pocos kilómetros de Abejar, se representan en lenguaje simbólico aspectos cotidianos como el pastoreo, posibles cultos a los antepasados o la domesticación animal, destacando algunas de sus figuras astadas, como la de un posible toro de fuego según interpretara su descubridor Teógenes Ortego.

No obstante, este tipo de cultos parecen aflorar y potenciarse en una etapa netamente indoeuropea, vinculado en poblaciones ganaderas con la fecundación y prosperidad del ganado. Así, en el mundo céltico hispano se constatan posibles rituales de sacrificio en yacimientos como los del Cerro de Santa Ana (La Rioja), Soto de Medinilla (Valladolid), Castrejón de Capote (Badajoz) y en algunas necrópolis celtibéricas en las que aparecen restos de fauna que han sido interpretadas como ofrendas, como en los cementerios de Molina de Aragón, Sigüenza y Padilla de Duero o en las inmediaciones de Numancia.
Pero, por otro lado, algunas líneas interpretativas han relacionado el ritual de La Barrosa con un taurobolio (sacrificio de un toro) en honor a Mitra o Atis. Esta última interpretación, de la que se han hecho eco autores como Antonio Ruiz, Sánchez Dragó, Juan García Atienza y Martínez Laseca, ha sido generalmente la más aceptada, y no falta razón, sobretodo en relación al acto simbólico de la muerte y resurrección del bóvido. No obstante el hecho de que parezca más una vaquilla que un toro y que además no existan evidencias de dichos cultos orientales supuestamente trasmitidos por la soldadesca romana en la provincia, además de que éstos fueron demasiado elitistas para un ambiente agrario como es el del territorio en el que se asienta Abejar, nos genera serias dudas.
Otra cosa sería el buscar su relación con los antiguos mitos cosmogónicos ya establecidos desde mucho antes de Roma entre las tribus Indo-Iranias, con quienes compartimos una raíz común que durante la Edad del Hierro dará lugar en la Europa occidental a la cultura celta en la que se insertan los pueblos celtibéricos. En este sentido en India el mito de creación del cosmos  (Purusasukta, Rig Veda X, 90) se produce a partir del sacrificio de un dios (Prajapati), o de  un animal primordial que es desmembrado, seguramente un toro  (como el toro Evakatây entre los iranios). También Mitra aparece en los escritos védicos de la India como la representación de la estrella de la mañana, como deidad solar que equilibra el día y la noche, el bien y el mal. Al mismo tiempo, estaría asociado a Varuna, su gemelo,  representando la parte oscura del sol que preside el atardecer y la llegada de la noche. Ambos son señores de los ríos, y son los dioses más frecuentemente invocados para que otorguen las lluvias. Tienen vacas que dan sabrosos jugos y arroyos que fluyen con miel.
Llegados a este punto, podríamos estar ante un ritual de raigambre indoeuropea que respondiese a la concepción del tiempo construido a partir de la repetición eterna del acto de la creación mediante el simbolismo del sacrificio de este animal, que señalaría un cambio de ciclo, todo muy trasformado y adaptado con el peso de los siglos. 

Sea o no su origen tan lejano en el tiempo como lo son los celtiberos de la Edad del Hierro, lo cierto es que se están repitiendo conductas y creencias que han estado vivas en la conciencia del hombre de la tradición hasta hace bien poco, cuyo pensamiento mágico y simbólico debió variar en cuanto a su lenguaje, pero no en cuanto a su significado.

Si bien, desde aquí reivindicamos lo que subyace de todas estas festividades, su concepción mágica y simbólica, junto a la necesidad de su puesta en valor como verdadero patrimonio inmaterial de los sorianos y castellanos. Mantenerlas, recuperarlas y divulgarlas suponen su salvaguarda y con ella la de nuestra identidad, además de la riqueza que puede generar como atractivo turístico de unas poblaciones que se desangran demográficamente.


EL TRONCO SAGRADO DE NAVIDAD: UNA TRADICIÓN PAGANA PARA EL SOLSTICIO DE INVIERNO

Durante el solsticio de invierno, en la noche previa a la Navidad, era costumbre colocar un gran tronco de madera en el hogar familiar para que ardiese durante varios días. No se dejaba que se consumiera del todo y se le cubría de cenizas hasta el día siguiente que volvía a ser encendido, llegando a estar presente hasta el Año Nuevo o Reyes.  
Con este ritual doméstico de fuego se celebraba la fiesta solsticial, que junto con la recolección de plantas mágicas como el muérdago y los festejos bulliciosos con mascaradas, rondas de mozos o aguinaldos, vienen a mostrarnos toda una serie de tradiciones comunes y diseminadas a lo largo y ancho de la vieja Europa.
Estas noches giraban en torno a este pesado tronco previamente seleccionado para la ocasión entre los ejemplares más dignos que se encontraran en el bosque, que  aparte de calentar la casa para la reunión de toda la familia en fechas tan señaladas, servía como acto litúrgico, cuyo origen se remontaría a épocas precristianas, donde la concepción mágica del mundo estaba muy presente.
Es así que el Sol sería el primer dios universal, que como tal moría y resucitaba diariamente, siendo ahora el momento en el que nuestros antepasados observaran su posición más baja, necesitando del empuje y la ayuda de ciertos rituales que le ayudaran a que remontase en su recorrido celeste para hacer llegar, meses después, una nueva y próspera primavera. 
En estos días tan entrañables seguimos sintiendo la necesidad de realizar la magia del rito, así como el guardar sus cenizas para posteriormente esparcirlas bien en los tejados de las casas, como protección de rayos o granizos, bien en los campos y establos para propiciar la fecundidad. De la misma manera el tizón medio carbonizado sobrante sería empleado como talismán y para encender al año siguiente un nuevo “Nochebueno”.

Tengan los ojos bien abiertos, pues seguro que todos conoceréis muchas más tradiciones vinculadas con el solsticio  de invierno que seguramente deban reivindicarse para su puesta en valor, a la par de iniciar su recuperación en el caso de que desgraciadamente se hayan perdido en el olvido de nuestros pueblos. 

Paralelos etnográficos
Hasta el declive definitivo del mundo rural, a mediados del siglo XX, la costumbre del tronco de navidad en sus diferentes manifestaciones estuvo muy extendida.
Así lo podemos ver por zonas de Alemania bajo la denominación de Christbrand; en las islas británicas como Yule log; en la Provenza francesa como Tréfoir, lou cahofio y Cachafuac, mientras que en otras regiones es conocido como Tronche (Alpes), Carigure y Bûche de Nöel, así como Kef de Nedelek (Bretaña) y Souche (Normandía);   el Ceppo en Italia; o el tronco de navidad que honran los búlgaros y que denominan Badnjak.
Y por supuesto en los países nórdicos, donde la Navidad fuera conocida como la fiesta del Jul, Yul o Yule, momento en el que se plantaba el árbol sagrado que era decorado con velas, recibiendo durante 12 días todo tipo de libaciones y ofrendas, para acabar finalmente siendo quemado, propiciando a través de sus cenizas la suerte y salud de la familia.  
Esta festividad, además, estuvo vinculada a la honra de los fallecidos, de ahí que se convocara a la Cacería Salvaje presidida por Wotan/Odin para luchar contra aquellos espíritus que amenazaban con destruir los bienes de la comunidad, creencias de las que quizás deriven muchas de las mascaradas de invierno europeas, las cuales, como veremos, fueron prohibidas o camufladas con el paso del tiempo por el cristianismo.  
Del mismo modo, son comunes las leyendas navideñas de origen pagano en las que se nombran a seres míticos que son usados para asustar a los niños cuyo comportamiento no es el adecuado, como los islandeses Grýla y el gato de Yule o el Jólakötturinn, el Knecht Ruprecht, la bruja Perchta, el Krampus o el Belsnickel de Centroeuropa.  
En la Península Ibérica el tronco de navidad recibe infinidad de nombres como tronca, tizón, tió, troncada, toza, tronc, choca, zoca, pullizo, rabasa, corniza, cabirón, nochebueno, etc. Veamos algunos de ellos.
Entre los mejor documentados están los del País Vasco, donde son denominados de diferentes formas, como subileo, sukilero u olentzero. Este último está asociado a un personaje mitológico, derivado posiblemente del Basajaun, que suele adoptar diversos aspectos como el de un hombre verde, un carbonero, un santo o un ser monstruoso de grandes proporciones que sale del bosque durante la Nochebuena para castigar a los niños malos y premiar a los buenos con regalos que deposita junto al fuego del hogar.
Es así que la tronca de navidad en Euskadi tiene la misma denominación que este personaje que en forma de muñeco suele pasearse y quemarse al finalizar la fiesta, como también se documenta en algunas localidades navarras (donde es común llamarlo battairrekos de Nochebuena y Pullizo).
También, en Asturias tenemos el Nataliegu, cuyo leño de roble se usaban para protegerse de la tormenta. Además, este rito doméstico solía también ir acompañado en el exterior de mascaradas de invierno o “Aguinaldos”, donde los mozos solteros vestidos con pieles y cencerros pedían comida y bebida simbolizando así a personajes oscuros de la naturaleza (El Guirria de San Juan de Beleño (Ponga) o Os Reises de Tormaleo y El Valledor en Ibias y Allande, o los aguinaldos a caballo de Amieva y Ponga).
Igualmente contamos con este tipo de mascaradas en Cantabria, destacando la Vijanera que se festejaba el primer domingo del año en los valles de Iguña, Toranzo, Trasmiera, Campoo y Poblaciones, aunque actualmente solo se ha conservado en la localidad de Silió, así como los Entroidos gallegos, en su mayoría relegados al carnaval.
Es en Galicia donde al tronco de navidad además se relaciona con las almas de los muertos de la familia. Al respecto, Manuel Murguía comentaría a finales del siglo XIX lo siguiente:

“ (…) Era costumbre general en Galicia que, con motivo de la renovación del fuego el primero de año, ardiese en el hogar el gran leño al que daban el nombre de Tizón de Navidad. [Con esta costumbre] se continuaba el culto a los antepasados y asimismo el druídico a la encina (…), al igual que en Normandía”.

Recogida de los canhotos en Ousilhao, Tras os Montes, Portugal
Del mismo modo en Los Ancares, según recogiera Jesús Rodríguez López (Supersticiones de Galicia, 1895)  “el Lume novo” era igualmente encendido la víspera de Navidad para traer la suerte para la hacienda y para sus dueños, hasta que una vez prácticamente consumido se conserva el cepo de Navidad, que volvería a ser encendido si se requiriese en alguna ocasión para ayudar a solventar alguna desgracia.
En nuestra vecina e ibérica Portugal se quema el Madeiro de Natal en los hogares al mismo tiempo que se suelen encender hogueras nocturnas en el exterior, siendo frecuente en la zona de Tras os Montes que fueran acompañadas a su vez por la celebración de mascaradas de invierno (Baçal. Ousilhao, Vilaboa, Salsas, etc.). Asimismo, a este tronco también se le suele denominar canhoto, un árbol cortado y seleccionado por los mozos de algunas aldeas trasmontanas en la misma Noche de Difuntos, como así continúa ocurriendo en Ousilhao, donde se subasta al mismo tiempo que se celebra el Magosto. Especialmente llamativa es la festividad de recogida del canhoto que se celebra la noche del 31 de octubre en la localidad de Cidoes (Festa da Cabra e do Canhoto), donde en resumidas cuentas, un viejo carro tirado por varios mozos ascienden a uno de los montes de la aldea a cortarlo, para posteriormente, mientas se celebra una gran cena comunal en la que se guisa una cabra, hacer aparición con el carro cargado del canhoto que hace las veces de trono a una figura enigmática, trascendente y profética ataviada de una máscara demoníaca con cuernos hecha de madera. Este mismo diablo irá gesticulando y agitando su tridente amenazante, incitando a sus secuaces a proseguir la marcha del carro, provocando a su hueste para que instaurasen el caos en la aldea. De tal modo, este mismo tronco sagrado es el que se reparte entre sus pobladores para ser quemado en sus hogares durante la celebración solsticial.
En la zona del Pirineo aragonés y catalán estarán también, siendo en el monasterio de Casbas (Huesca) donde encontramos su registro más antiguo, datado en el siglo XVII. Allí se le denomina “Tronca de Navidad”, “Tizón de Nadal”, “Tió” al árbol cortado expresamente para la cena de navidad, siendo usual que fuese acompañado de hogueras exteriores en algún lugar significativo del pueblo. Además, en dicha tronca se solía realizar un hueco por el que se introducían aguinaldos y dulces para los más pequeños, quienes tenían que propinarle golpes para “hacerla cagar”. Una vez obtenidos los presentes se dejaba quemar lentamente día tras día hasta Reyes, recogiendo debidamente sus cenizas y el tizón sobrante para emplearlos como talismanes mágicos (colgado de la cocina, puerta de la vivienda o establo) y para propiciar la fertilidad de la tierra y del ganado. 
Por otro lado, este tronco sagrado también está presente en Extremadura (“Leño de Navidad”), Córdoba, Sierra Mágina en Jaén, algunas localidades del litoral levantino y Baleares.
En el ámbito del antiguo Reino de León, la tradición hogareña del tronco de navidad suele ir también acompañada en el exterior de botargas o mascaradas de invierno, muy extendidas en comarcas zamoranas de Aliste, Tábara, Tierra del Pan, Sanabria, Tierra del Vino, o Sayago. Entre todas ellas, mencionar la Visparra de San Martín de Castañeda, la Obisparra de Pobladura de Aliste y Pereruela, el Zangarrón de Sanzoles del Vino y Montamarta, los Carochos de Rio Frío de Aliste, la Vaca Bayona de Almeida de Sayago, las Candelas de Samir de los Caños, Moraleja del Vino, etc.
Por último, no podemos dejar de lado a Castilla, donde contamos con referencias del Nochebueno en zonas montañosas de Segovia, en la Manchuela conquense, Montes de Toledo, Ciudad Real, Ávila, Albacete, Madrid, Huerta del Rey (Burgos), localidades de la comarca de Pinares, Tajahuerce y Barca en Soria o en Tendilla (Guadalajara). No obstante, el “Nochebueno” en Soria también aparece como una torta grande de frutos secos que los ganaderos ofrecían a sus animales de labor (Tradición recogida por la maestra María Loreto Carnicero Díez en el año 1953, Archivo Histórico Provincial de Soria).
Del mismo modo, son muchas las poblaciones castellanas que realizan hogueras o luminarias en mitad del pueblo esa misma noche, acompañadas a su vez de rondas de mozos, como los de la localidad de Barca en Soria, donde antaño se confeccionaba un muñeco o “pericopajas” con el que bailaban sinuosamente las mujeres (hoy prohibido por la Iglesia). No faltarán tampoco las cuestaciones o gallofas en las que se pasaba casa por casa para conseguir alimentos para la merienda, acompañados en algunos casos de zarragones, figuras grotescas con elementos animalescos que asustaban o ejercían de bufones de forma similar al de otras mascaradas invernales. Estas últimas, en la zona de Ávila, aparecen en fechas carnavalescas, como los Zarramaches de Casavieja, los Harramachos de Navalacruz, los Cucurrumachos de Navalosa o los Machurreros de Pedro Bernardo.
A su vez, eran habituales durante estos días de navidad los reinados de mozos, en los que las gallofas, cantar de rondallas y comidas comunales eran presididas por un alguacil, el mozo de menor edad, y un rey o alcalde, el de mayor edad, a quien correspondía mandar durante los 12 días que duraban las fiestas, multando a los desobedientes con dinero en efectivo para las meriendas o con algún que otro latigazo o azote en el culo. Incluso, en el norte de la provincia de Soria fueron habituales también los sorteos de novios donde se juntaba a los solteros para diversión de esos días (Yangüas, Santa Cruz de Yangüas, Arenillas y Matasejún).

Orígenes y significado
Como hemos visto, el solsticio de invierno es el momento en el que se produce el nacimiento del sol y el comienzo de un nuevo ciclo que nos va devolviendo paulatinamente la luz.
Por tanto, la primera connotación que tendrían este tipo de ritos es solar. Es así que en el ámbito indoeuropeo, aunque no exclusivamente, se insiste particularmente en la renovación del mundo por la reanimación del fuego, que a su vez ayudaría a la eliminación individual (“nochebueno”) o colectiva (fogatas exteriores o luminarias) de los males y pecados que quedarían purificados.
Al respecto, mencionar la tantas veces traída a cuenta divinidad irania del cielo y de la luz Mitra, quien tuviera gran devoción entre las legiones romanas que extendieron su culto. Esta deidad cobraría especial auge a partir del siglo III bajo el emperador Aureliano, acabando imponiéndose con el tiempo a las demás divinidades, para desembocar por sincretismo, en una religión monoteísta que a punto estuvo de ser la elegida por el Imperio Romano en lugar del cristianismo.
No obstante el culto al Sol puede rastrearse desde muchos siglos antes en buena parte del mundo, habiendo generando todo una suerte de magias propiciatorias que estarían encaminadas a ayudarle para que volviese a crecer de nuevo a lo más alto.
Este cambio de ciclo, implicaría a su vez, el cese de un intervalo temporal, la abolición del año pasado y del tiempo transcurrido, previo a la inauguración de una era, el Año Nuevo, lo que supone un nuevo nacimiento. Durante dicha interrupción, que vendría a abarcar los 12 días que separan Nochebuena de Epifanía, se permitiría el retorno de los muertos a la vida para visitar a las familias, y en definitiva, la vuelta al caos primordial que antecede simbólicamente a la creación que está por venir.
Vemos como durante este periodo los fuegos se apagan y vuelven a encenderse, se determinan los presagios para cada uno de los meses del año, son tolerados los excesos, se propician casamientos y la iniciación de los más jóvenes, son comunes las inmersiones sociales del orden, etc.
Estamos por tanto, ante un tiempo en el que la fuerza del símbolo y el ritual resultan estrictamente necesarios para propiciar la fertilidad y la abundancia venidera, cuyo reflejo bien pudiera haber quedado impregnado en las mascaradas, gallofas, aguinaldos, rondas, entronizaciones de reyes, etc., que se abren paso en estos momentos en los que no parece haber límites entre lo natural y lo sobrenatural.
Esta renovación equivaldría a recordar una y otra vez diferentes momentos del acto de la creación y para ello se haría necesaria la expulsión de ciertas fuerzas extrañas y difusas por medio de ruidos, gritos o golpes. Es por ello que tanto el Olentzero, como los reyes locos o el “pericopajas”, suelen morir al final de su reinado, al igual que la tronca aragonesa y catalana que como vimos, era y es golpeada por los más pequeños.
En cuanto al simbolismo de los árboles, éstos fueron concebidos desde la prehistoria como arquetipos generalizados que representaban el centro del mundo y la conexión entre la tierra y el cielo (axis mundi). Así, alcanzaron en muchas culturas un carácter sacro, como árbol de la vida y de la renovación cíclica, al que se le trasmite los deseos de prosperidad y abundancia, tal y como lo es el roble de los celtas (del que se apuntara que procediese la palabra “druida”); el tilo de los alemanes; el fresno de los escandinavos, el olivo de los árabes, el banano de los hindúes, el abedul de los siberianos, etc.
Muchos antropólogos vinculan al árbol con un antepasado mítico de la comunidad, cuyo espíritu bajaba a la tierra en momentos concretos como éste, al mismo tiempo que simboliza el crecimiento de una familia y de una comunidad. Tampoco dejamos de lado su enorme fuerza mitológica, tal y como nos lo trasmiten algunos escritos tardíos de tradición céltica, como el atribuido al bardo galés Taliesín, quien nos narra cómo Gwyddyon salvó la vida de un grupo de valientes bretones al transformarlos en árboles, sin impedirles que bajo esta forma pudieran pelear contra sus enemigos.

No obstante y siguiendo a Mircea Eliade, todo símbolo es polisémico, de ahí que nunca acabemos de abordar todos sus sentidos posibles, aunque como símbolo le basta con medios simples y primordiales, que no son otros como el imitar a la naturaleza en su forma de actuar, pues en ella se encuentra ligado el macrocosmos y el microcosmos, sin distinción posible.
Finalizando, sólo nos queda añadir que tales costumbres beben de un origen muy remoto, anterior al cristianismo, quien a través de su Iglesia lucharía incansablemente por erradicarlos o darles un matiz acorde a su sistema de creencias.
Desde el siglo IV ya encontramos múltiples declaraciones en contra de estas prácticas festivo rituales por parte de la Iglesia, desde San Juan Crisóstomo, quien denunciaba las mascaradas, comedias y coros de los primeros días del año, pasando por San Ambrosio, San Agustín, Cesáreo de Arlés, Audoeno de Rúan, San Martín de Dumio o San Máximo de Turín, que llegó a censurar que el pueblo se disfrazara de mujer, animal o seres fantásticos.
Significativos son también los acontecimientos acaecidos en el Segundo Concilio de Braga, celebrado en el año 572, donde fueron denunciados en el Sermón contra las supersticiones rurales, los “inventos del demonio” que mantenían los campesinos de Galicia.
Mascarada de invierno y reinado de mozos, Ousilhao (Foto Mario Díaz)
Del mismo modo son conocidos algunos ejemplos de cómo los obispos, en su afán de frenar los excesos de estas festividades, obligaban a sus feligreses a acudir a las iglesias durante el tiempo que transcurría entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, con el fin de evitar que se ocultasen en casas y haciendas, lugares considerados ideales para la práctica de ritos que poco tenían que ver con el dogma católico que se estaba consolidando en la Península.
Pero los intentos de acabar con estas creencias y tradiciones, o bien de asimilar algunos ritos que habían perdurado y que buena parte de la Iglesia consideraba paganos, fueron habituales en toda la Europa cristiana, como por ejemplo en el Burcado de Worms, donde su obispo en el año 960 se lamenta de estas costumbres de fin de año heredadas de los romanos, o el caso del obispo de Auxerre en 1220, quien tilda de paganas diversiones como la festa stultorum o fattuorum (fiesta de los locos). Un proceso similar viven los fili, druidas cristianizados de Irlanda y Gales, a quienes se acusaría de practicar la brujería, el exhibicionismo y toda una serie de ritos orgiásticos.

En cuanto a la tradición de la quema del tronco de Navidad, encontramos en las Constituciones Synodales del Obispo Guevara del año 1541, las siguientes palabras:


“Item nos contó que la Noche de Navidad echan un gran leño en el fuego que dura hasta el año nuevo que llaman “tizón de Navidad” y dan después para quitar las calenturas y como esto es rito diabólico y gentilicio anatemizamos y descomulgamos y maldecimos (...)”.

En definitiva, en todas estas tradiciones parecen existir elementos de comportamiento que nos remiten a un pasado muy antiguo de origen indoeuropeo que vendría a coincidir con la finalización de los trabajos del campo, tras la siembra, momento en el que la familia campesina podía descansar del esfuerzo cotidiano.

A todo esto se le sumaría el recuerdo de las celebraciones romanas del ciclo de invierno, cuyas similitudes, en muchos de los aspectos anteriormente descritos, resultan notables. Tal sería el caso del desenfreno y la inmersión social del orden que se producía en las Saturnales, justo antes del nacimiento del Sol Invictus; de los festejos de tipo burlesco protagonizados por mujeres en la fiesta de Háloa (26 de diciembre), dedicada a la diosa Ceres; o de las Dionisíacas, que servían para romper con la rigidez de los modales mantenidos durante todo el año.
Para el Año Nuevo, en las Kalendas de Ianuarius, los romanos adornaban las mesas con manjares especiales, ramos y luces, brindaban sacrificios a sus antepasados y ofrecían a Jano una torta hecha de harina de trigo amasada con sal y vino, además de intercambiar obsequios y presentes, y de disfrazarse de figuras monstruosas.
Valga recordar que el origen de que el año empezara en enero se debe a la necesidad de los romanos de llegar a tiempo a su conquista del interior de Celtiberia, cuando los habitantes de Segeda (Mara, comarca de Calatayud, Zaragoza) marcharon a pedir ayuda a los numantinos en el 153 a.C. Fue entonces cuando se adelantaría el nombramiento del cónsul que dirigiría la guerra a las Kalendas de enero, en vez del 15 de marzo (idus de marzo) como era costumbre.
Estamos, por tanto, ante todo un cúmulo de tradiciones atávicas que tienen que ver con el ritual doméstico y comunitario de renovación del mundo por la reanimación del fuego en el momento del solsticio de invierno, lo que dará lugar a un nuevo ciclo que en la actualidad coincide con nuestro Año Nuevo.

Sean felices durante estas festividades y recuerden, si ven, escuchan o tienen ocasión de presenciar alguna tradición ancestral que aún perviva en estas tierras, cada vez más homogéneas y ajenas a sus raíces, no duden en darle el valor que tienen e intenten recuperarlas, si es que ya cayeron en el olvido.
Que el calor del viejo tronco navideño nos ayude a reconciliarnos con nuestros orígenes para inspirarnos en busca de un futuro donde brille la luz de este nuestro Sol renaciente e invicto.

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